Todos sabemos si algo tiene alma o carece de ella. Y, al mismo tiempo, casi nunca somos capaces de explicar por qué. Sencillamente, lo entendemos. Y es maravilloso así.
Al final de nuestras vidas solo prevalecerá aquí lo que hicimos cuando fue auténtico. En esa búsqueda nace mi espacio sagrado, donde casi siempre me encuentro solo, conmigo y lejos del ruido. Y, allí, nace esta obra.Manos frías.
Un conjunto crudo y sin filtros de las creaciones más íntimas de Zetazen. Sumérgete entre sus poemas, reflexiones y letras inéditas, que trazan un viaje introspectivo y transformador del alma.
«Manos frías» como poemario es demasiado comercial para mi gusto, advierte más a la lógica de las frases hechas que a la sensibilidad del poeta, así como a su necesidad de mostrar un sentimiento que ha estado mudo durante mucho tiempo y ahora necesita mudar la piel y exponer esa muda a ese mundo herido en el que nos hemos convertido.
Como cantante, Zetazen traspasa fronteras, rompe corazas, acompasa el llanto como si de un metrónomo se tratara su voz y de una guitarra, las lágrimas del receptor. En este caso, yo que me siento un ser despreciable respirando, me pongo los cascos y rompo a llorar como un niño que se ha quedado sin Navidad. No hay más miedo en mi miedo que el que me da no ser suficiente para otra pieza rota de este puzzle al que tantos hipócritas llaman vida.
«Llórame» es una de las canciones más bonitas que he podido escuchar a lo largo de toda mi vida.
La voz de Zetazen me pide permiso para entrar a través del sentido auditivo a moldear la aptitud con la que me enfrento a los días, se cuela cuando corre la brisa de frente como mota de polvo, en mis ojos para hacerlos sentir; algo que ya estaba roto se rompe un poco más dentro de mí. Es como contarle a un amor que se marchó hace tiempo que me va bonito sin él, que no le quiero llamar para no hacerle sentir mal cuando en lo más profundo de mi alma hay un atisbo de comprensión de la cruda realidad a la que me enfrento que no es otra que hacerme cargo de ese recuerdo en toda su magnitud, porque sólo yo me he quedado a vivir en él, ese amor del que hablo intentando consolarme, me olvidó.
Un fragmento de una pieza clásica de piano que se utiliza de base en el comienzo de la canción, se sabe pudiente y omnipresente en mi metro cuatro de habitación y se atreve a descolocar los recuerdos que creí haber guardado en el cajón de los traumas que no hacen daño. ¡Cuánta valentía hay en aquel fantasma que apostilla una nueva estrofa que escucharé sujetándome el corazón! ¡Cuánta cobardía hay en mí para inventar excusas en vez de echarle de mi habitación! De nuevo, vuelvo a equivocarme y a sobreestimar la cordura de la que carezco. De repente, me encuentro revelando imágenes de los momentos que no son tan mágicos como idealicé; pero suena su voz diciendo que la echa de menos y yo la hilo delicadamente con el recuerdo de la risa de la que yo echo de menos y sin quererlo, vuelvo a amarla más de lo que la amé.
Me gustaría hallar ese sentimiento tan profundo en este poemario al pasar las páginas y, sin embargo, me siento insensible y traidor de mi propio pensamiento que se caracteriza por confuso, antagonista y bipolar y en vez de convivir con el dolor crónico del existir sin saber por qué, se asemeja a la hiperestesia, la agorafobia y la acrofilia que alardeo sin miedo a que todas me embistan a la vez; o me desvistan; —asustadizo ser el que vea la desgracia que enmascaro con sensibilidad. Olvido la nostalgia que me produce su voz y qué lágrima rompe el estribillo de otra pegadiza y extasiada canción. Paso las páginas y me desconozco en ellas, sufro de amnesia selectiva y le meto mano a mi corazón sin sentir dolor por la hemorragia que estoy causando conscientemente separando sin anestesia el epicardio del miocardio, por querer llegar el primero al endocardio para revolcarme en la sangría provocada y al vértigo que me provoca la pérdida de sangre que voy a lamer como una alimaña hambrienta cuando llegue la noche, me despierte del vahído y necesite llorar, como si fuera carroña y este libro, mi propio cuerpo cadavérico a medio destripar. No temo a la muerte ni al monstruo que estoy haciendo de mí, sólo quiero despedazar, engullir y saborear la angustia que congestionaba mi pecho para volver a sentir.
No me da miedo entregarme al abismo y lanzarme corriendo a él porque sé que siendo este libro metáfora de ese abismo y la carretera, una lanzadera por la que voy corriendo y puedo alcanzar al viento sin apenas esforzarme, no veo el momento de derrapar y romperme los ligamentos cruzados al parar en seco antes de llegar a ese vacío del que hablo, porque es inexistente. Y así de vacío siento mi llanto al no identificarme con estas palabras huecas, como si en vez de un poemario estuviera leyendo una revista de peluquería en un ruidoso vagón de tren.
Qué difícil resulta decir en voz alta que me gusta romperme, sentir los huesos crujir, las heridas abrirse, las cicatrices descoserse y no me importa las veces que tenga que cosérmelas si es Zetazen quien me hace llorar el amor que le falta a mi cama y el dolor que obligo a vivir a mi insomnio, porque desde lo más profundo de mi alma, siento que no hay ni un sólo músico que me haga sentir lo que me hace sentir él: entiendo por un momento el sinsentido que tiene la existencia del ser humano en este mundo inmundo y doy gracias al mismo tiempo, por la existencia de personas como él. Su voz es el audífono de este mundo medio sordo en el que vivimos los poetas y sus letras son las ventanas de emergencia de este tren en el que no cabemos todos pero todos nos empeñamos en caber, porque seguimos viviendo en una realidad que tapa las grietas en vez de arreglarlas, creyendo que así podemos sobrevivir hasta que llegan personas que nos tocan con su voz y nos acompañan con su llanto; entonces nos toca entender que para reconstruir un corazón herido, hemos de coser la herida y dejarle que pase el duelo, en vez de ponerle una tirita y obligarle a levantarse nada más caer.
Y este poemario, a mi parecer, ha dictado su propia sentencia: la caída de un ser que no se ha permitido tener un duelo después.
Sigo la música de Zetazen desde 2018, un año que emocionalmente fue devastador y creo que, precisamente por eso, encontré en sus canciones "medicina para el alma".
Estaba esperando "Manos frías", así que lo cogí con ganas y lo leí de una sentada. Sin embargo, aunque ha habido muchos textos como "No hay deudas", "El proceso" y "Disfrutar las vistas" que me han llegado porque me siento identificada, la gran mayoría me han sabido a poco. Quizá las altas expectativas me han afectado.
Hace aproximadamente nueve años que escuché por primera vez a Zetazen y, automáticamente, sentí una extraña conexión con su música y sus letras. He visto los grandes pasos que ha dado y los cambios que ha ido haciendo con el paso del tiempo y, aun así, en ningún momento sentí que había perdido esa conexión. Tras leer este libro, ya no sólo siento eso por el artista, sino que va más allá, incluyendo a la persona o lo que nos ha dejado ver de ella en estas líneas. Me he tomado mi tiempo para, en primer lugar, sentir cada una muy dentro y, después, animarme a analizarlas buscando la justificación al por qué, a qué es lo que hay en su cabeza y cómo tiene la capacidad para sacarlo así. Antes admiraba a Rubén por el arte que crea, y ahora le admiro además por lo que hemos podido ver de él en este libro. Resulta difícil explicar cómo una persona que desconoces, tiene la capacidad para hacerte sentir acompañada, abrazada y comprendida, pero eso es lo que Rubén consigue y ahora estoy aún más segura de ello. Es realmente una medicina para el alma.
Hace muchos guiños a letras de sus canciones. En algunos momentos parece que es una forma de "rellenar" el libro, y en otros momentos simplemente parecen guiños. En mi opinión, algunos poemas son potentes y muy interesantes, pero son el 30% del libro. Se nota muchísimo que Zetazen es cantante y no escritor (que esto no es malo, al fin y al cabo él escribe sus canciones y sus canciones a mí personalmente me gustan), pero sí es cierto que hay fragmentos que pegan completamente para una canción, pero que como poema no encajan para nada (ejem, "flex el alma", ejem). En resumen, me ha dejado una sensación agridulce, ya que me ha gustado, pero me esperaba menos musicalidad