Sócrates exclamó, henchido de buen juicio, “una vida no reflexionada no es propia del hombre”.
La reflexión es un grandioso utensilio humano. Y estoy convencido de que este libro sobre la historia de las soluciones no solo cobija centenares de reflexiones de muy elevado pensar del archivo personal de Marina, sino que además se alumbra en el contexto de toda una vida dedicada a la reflexión filosófica. ¿Existiría la filosofía sin la reflexión?
Una de las mentes más preclaras de nuestra filosofía contemporánea, el profesor Marina, elabora un manual de profunda y expansiva sabiduría. Este manual señala las claves para hacer florecer el talento político. Apunta con precisión y rigor los males que aquejan nuestra sociedad, instituciones y humanidad, tales como la ignorancia, el olvido o el desprecio por los derechos humanos. Y descubre con elegancia cuál es la más elevada capacidad de la inteligencia resuelta: “tratar de convertir los conflictos en problemas, es decir, sustituir el afán de vencer por el deseo de solucionar”.
Solventar, solucionar y resolver. Poner en marcha la inteligencia. Despertarla, refrescarla y arrojar luz sobre ella. De hecho, como recuerda Marina, resolver, ese sentimiento triunfal y eufórico que todos sentimos al despejar un obstáculo, procede de solvere, que significaba “liberarse”, “soltarse de una atadura”, “escaparse de un cepo”.
Dicho esto, quizá nuestro objetivo último pase por alcanzar la felicidad pública. Para ello, este manual nos enseña que a través de la inteligencia resuelta, que avanza con resolución y resuelve problemas, podemos lograr dicha felicidad. Dado que el conjunto de las mejores soluciones posibles para nuestro proyecto vital constituye la definición de la felicidad pública.
Y entre todas las herramientas mentales, ¿cuál es la más esencial? La pregunta. Esta nos permite dirigir nuestro capital cognitivo y humano hacia la búsqueda de soluciones a nuestros problemas sentimentales, profesionales y vitales. Por lo tanto, resultará indispensable formular con sagacidad las preguntas adecuadas. Sin rumiar ni dar vueltas sin progreso, sino madurando los problemas, para albergar diferentes prismas, posibilidades y perspectivas.
Y para resolver, necesitamos hacerlo de manera equilibrada y recta. En consecuencia, hemos de inventarnos algún instrumento. Así nace la Justicia. No olvidemos que, según Marina, los conceptos, por muy grandiosos que sean, son creaciones de nuestra inteligencia. Y que debería haber manuales para el uso de palabras con mayúsculas.
En este punto, como jurista y amante del Derecho, me resulta especialmente certera la apreciación de Marina: la justicia no es un concepto platónico ni un ideal, sino el proceso de solucionar bien los contenciosos, disputas y litigios. Cada día existe una nueva oportunidad para ensanchar la capacidad de la Justicia, dictando fallos para resolver acertadamente cada problema planteado.
No hablamos de un modelo grabado en piedra al que debamos aferrarnos en cada nuevo problema, sino una actividad heurística, ponderada y creadora. Que se pone en evidencia cuando falta a la verdad y es parcial, cuando se desvía del sendero de la rectitud del juicio. Que se justifica así misma cuando logra resolver con empatía, prudencia, rigor y motivación los entuertos cotidianos.
Benditos sean nuestros derechos. O como el profesor Marina los denomina: relación social de cooperación. Estos nos permiten aumentar nuestra capacidad real de acción y libertades, porque suplementan nuestros recursos individuales con recursos simbólicos. No olvidemos que se tratan de una creación social.
En resumidas cuentas, este manual es altamente recomendable para todo aquel que desee aprender sobre la esencia humana y sus creaciones: Historia, Política, Justicia, Guerra, Derecho. Y, sobre todo, para aquel que anhele pasar una mañana espléndida. Para Marina esto se consigue a través de la resolución de un montón de problemas. A lo que añado, que mediante la lectura de un montón de sus páginas también se alcanza el mismo deleite.