[3.5/5]
Para ser mi primer acercamiento a Jack London debo reconocer que esperaba menos de esta pequeña historia, pero claramente me ha dejado sorprendido para bien, y lo he disfrutado mucho de principio a fin, aunque reconozco que más el inicio y el medio que el final.
En La peste escarlata nos encontramos con un hombre y un niño caminando cerca de unas vías de tren, en lo que parece ser un mundo muy distinto al que conocemos (por cierto, por un momento sentí como si estuviera leyendo La carretera de Cormac McCarthy, que aunque no he leído se dice que es acerca de un mundo apocalíptico donde también un hombre y un niño son los protagonistas; ya me tocará tener esa experiencia lectora), cuando de pronto se cruzan con un oso y es ahí cuando el hombre —quien se revela como el abuelo del niño— recuerda momentos de su pasado, de cómo era el mundo antes de que la peste escarlata viniera a cambiar la humanidad para siempre.
A través de su relato, Smith (el abuelo) comparte la travesía que vivió sesenta años atrás, en 2013, el año en que la enfermedad apareció y el cómo logró sobrevivir ante tal calamidad. Creo que es a partir de que el abuelo comienza a hablar y a contar su experiencia a sus nietos que esta novela me atrapó para no soltarme hasta el final, y es que la manera de relatar su historia, así como las descripciones tan puntuales y que se sienten de cierta manera realistas, me hicieron sentir la angustia y la incertidumbre que nuestro protagonista experimentaba ante un evento de tal magnitud y que ante todo, era desconocido para todos.
La narrativa de London me pareció muy adecuada y muy bien ejecutada, con un ritmo ligeramente acelerado que trasmite las emociones de Smith, así como la atmósfera del lugar desconocido al que está por enfrentarse, esto es, las consecuencias de la enfermedad. También me gustó el papel que desempeñaban los nietos de Smith, los oyentes del relato, personajes que nunca vivieron en un mundo poblado de gente y por ende, carecen del conocimiento para entender cómo se comportaba una sociedad, y dado que tenían que cuestionar muchas cosas que podrían parecer obvias, es ahí cuando se revela la falta de humanidad en ellos, esa humanidad que no desarrollaron dadas las circunstancias en las que viven, así como la nostalgia por un mundo que fue y que ya no será en los pensamientos del abuelo.
Una historia corta, bien escrita y con un final, que si bien siento que le faltó profundizar más, así como ciertos detalles que no me terminaron de gustar, es un final que cumple con lo necesario para cerrar el relato. En general, lo recomendaría, y además de que se tarda nada en leerlo, se hace una lectura entretenida.
Todo desaparece. Solo permanecen las fuerzas cósmicas y la materia, que fluctúa constantemente, actúa y reacciona y produce los eternos tipos: el clérigo, el soldado y el rey. De las bocas de los bebés surge la sabiduría de todas las edades. Algunos lucharán, otros reinarán, otros orarán. El resto trabajará y sufrirá mientras en sus carcasas sangrantes se yergue de nuevo la belleza asombrosa y la maravilla increíble que es la civilización.