En este ensayo se parte de una tesis -las políticas de memoria no generan de forma directa sociedades más pacíficas y tolerantes- repetida continuamente a lo largo de los capítulos, pero desigualmente resuelta. Se ofrecen ideas muy interesantes: los límites de las políticas de memoria; las dificultades en contextos de previa socialización extremista de modificar conductas; la eclosión y mercantilización de los "negocios" de la memoria -por ejemplo, el "dark tourism"-; la vertiente despolitizadora de las comisiones de memoria; o las limitaciones de la escuela ante la socialización primaria del alumnado. El prisma politológico y sociológico con el que se aborda -con una redacción no siempre clara en el uso de términos y en la progresión de las argumentaciones, y con la generalización de las conclusiones a partir de casos muy particulares- no termina por ser funcional cuanto a propuestas reales. Sí: se señala que las políticas de memoria, para ser orientadas con efectividad, deben contar con espíritu crítico y tener en cuenta el complejo mundo de las relaciones sociales. ¿Y eso cómo se hace? Falta mucho por explicar ahí y, humildemente, considero que haber leído y aportado algo más desde la historia y la didáctica de la historia -obviamente también con estudios de caso en la mayoría de las ocasiones (¿o no hacen lo mismo las autoras?)- o haber dialogado con casos más diversos -el español está absolutamente ausente- podría dar mayor contenido propositivo al ensayo. Un ensayo que, curiosamente y siendo escrito por especialistas en ciencias políticas y sociología, omite absolutamente cualquier referencia a la calidad (o la falta de ella) de las democracias occidentales en relación con las políticas de memoria. También he de decir que animarme a escribir una pequeña reseña del ensayo -que me ha enfadado en algunas de sus afirmaciones- ya es sinónimo de que ha cumplido sus expectativas.