2.5 ⭐
Escribo esta reseña aún con el desazón que me dejó esta lectura. Emociones mixtas, porque el libro cargaba una gran premisa, pero cerré sus páginas sintiendo que el título era más marketing que una historia cuidada y bien construida.
El inicio es potente, te engancha rápido y la descripción de la persecusión es magistral, así como toda narración que involucra su entorno y la naturaleza. La forma de tratar el duelo en la infancia también está muy bien logrado y me reconfortó poder encontrar esa temática en una lectura. Sin embargo, la historia pierde potencia en el camino y se diluye al final.
Pero si hay algo que no me permitió conectar con la lectura, e incluso, me descompuso completamente, fueron las evidentes marcas de clase y el poco cuidado con el que se trataron ciertas temáticas, como la ayuda doméstica, la drogadicción y la indigencia. No se lo acepto a todas las manos editoras que pasaron por el texto y, sobre todo, a la mano escritora.
Desde un inicio te sitúa mencionando que tiene un mayordomo y dos empleadas. La más cercana de ellas, Catalina, es presentada así:
“Llegó corriendo Catalina, la empleada que nos ayudaba en la casa. Su cara era del color de las noches sin luna, sus manos callosas (…)”. Unas páginas más tarde, reitera: “Entonces vi cómo ese rostro oscuro, que había visto tantas veces en mi vida, se puso pálido como una hoja en blanco, vi cómo sus ojos tristes se volvían aún más tristes” y luego: “Se llamaba Catalina y era del color del cuarto sin ventanas en el que se acostaba a dormir después de acostarnos a nosotros”.
Me pregunto ¿no había otra manera de describir, físico y emocionalmente, a la empleada más que como “negra y triste”? No solo una, sino TRES VECES al inicio de la lectura. Por muchas metáforas y poesía que Sara le ponga a sus palabras, no deja de ser lo que es: marcas de clase poco cuidadas, que solo refuerzan estereotipos.
Es triste, porque el personaje de Catalina tenía un gran potencial, a ella le entregan de las primeras la noticia del asesinato del padre, pero en el funeral su rol se reduce a servir jugo y limonada a los asistentes. ¿Cómo vivió el duelo Catalina, quien prácticamente era una integrante más de la familia?
Desde ahí, la inconsciencia de clase solo va de mal en peor. Las siguientes menciones de Catalina son únicamente para sospechar de ella como ladrona. Por otro lado, cuando habla de la drogadicción del hermano, sin pudor alguno dice: “Eso pasa en otros barrios, a otra gente, no a uno” y para referirse al desamparo y la miseria de su tío, narra desde una superioridad moral, donde se le hace fácil calificar que los indigentes no son humanos, pero tampoco son dignos de ser llamados animales: “Sonreír ya no es para ellos, han perdido uno de los pocos rasgos que los hacen humanos, no obstante, tampoco llegan a ser animales, ningún animal se esfuerza en infligirse daño, ninguno se degrada con tanta saña, ni uno solo”.
Llega a ser doloroso de leer y no me parece perdonable. Aunque no podamos culpar a Sara Jaramillo Klinkert de que aún no se levante una lucha de clases, creo que su esfuerzo por atenuar las palabras indulgentes que carga y frases aburguesadas que arma, fue nulo. Por eso me sorprende el éxito de este libro y que estos evidentes desaciertos hayan pasado por alto para tantos editores y, en especial, tantos lectores.
Y vuelvo a reiterar, no perdono, porque los escritores de clase alta tienen una responsabilidad única de cuestionar la clase en su escritura. Puede que este libro se trate de su padre, pero también de sus hermanos, su madre, sus amores, su tío y su empleada. Y si tuvo el cuidado de entregar sensibilidad a esos personajes, incluso dándole un cierre y reflexión al hermano drogadicto ¿Por qué no hacerlo también con la empleada, tan presente en la historia? Hacerlo un personaje unidimensional, sin matices y como un mero accesorio útil en la vida de los personajes de clase alta, como lo son la protagonista y toda su familia, es cuestionable, y todo eso no me hace dejar pasar este libro como una buena lectura.