si alguna vez viste a un artesano trabajar en una pieza desde el principio, sin saber qué hacía, sin saber qué mirabas, como puesto el ojo por accidente en esas manos, y, con la intriga mordiéndote los ojos te quedaste allí, a la espera de la revelación, como si supieras que al final la habría aunque no te hubiera sido prometida, y mientras la pieza tomaba forma sabías que no importaba su utilidad, sino la belleza; aún más, que el solo hecho de mirar el proceso y esperar su conclusión sería suficiente belleza y suficiente revelación, y entonces podrías seguir tu camino, ya no como el mismo sujeto, sino como alguien que de pronto descubre algo que siempre estuvo allí, a la vista, pero el trabajo del artesano le hizo patente desde otro ángulo del mundo, y ya no te preguntas por la tarea final del objeto, porque sabes que no hay tal, que podrias incluso estar en desacuerdo con el artesano y su labor calma, cauta, casi obsesiva, meticulosa, y aún así no negarias la prístina claridad que irradia su creación a quien le pone el ojo encima, así sea brevemente. un trabajo hecho no para el deslumbre, sino únicamente por la necesidad de crear. así me parece que me siento cuando leo un poema de Fabricio Gutiérrez, así me siento leyendo ese tejido de poemas que es el poemario que tuvo a bien obsequiarme hace unos días