en su momento me gusto mucho este libro e hice una reseña para una clase de primer semestre, a mi mejor estilo lo cual el profesor tildó de literatura barata y que esto no era una clase de escritura creativa y mucho menos una clase barata.
Aquí va mi reseña:
¿Dónde está la franja amarilla?: Un exorcismo nacional con tintes de comedia trágica
¡Ah, Colombia! Esa nación que parece empeñada en ser la eterna adolescente rebelde de la historia, siempre buscando su identidad en el fondo de un aguardiente o en las páginas de un manual extranjero. Y justo cuando uno cree que ya lo ha visto todo, llega William Ospina con su "¿Dónde está la franja amarilla?" y te restriega en la cara que no, que apenas estamos calentando. Este ensayo, más que un libro, es un grito ahogado de frustración, una carcajada amarga disfrazada de análisis sesudo. Ospina, con la delicadeza de un elefante en una cristalería, nos revela que este país no es que esté mal, es que es una joya de la negligencia, una obra maestra de la tragedia repetida.
La premisa, tan simple como un billete de cien mil pesos para un político, nace de la pregunta de un forastero. "¿Y dónde está la franja amarilla?", dice el pobre ingenuo, esperando quizás un arcoíris en el horizonte, cuando lo que tenemos es un pantano de promesas incumplidas. A partir de ahí, Ospina se lanza a la yugular con la vehemencia de un poeta borracho declamando versos en una plaza pública: "El proyecto nacional tantas veces postergado tiene que volver a alzarse". ¿Alzarse? Mi querido William, si este país se alza es para tropezar con la misma piedra por quincuagésima vez. Parece que hemos importado todo, desde modelos económicos hasta los complejos de inferioridad, pero se nos olvidó importar la brújula para encontrar nuestro propio camino. Y ahí reside la gracia, o la desgracia, de la obra: somos expertos en el autoengaño, en el arte de tapar el sol con un dedo mientras la casa se nos viene abajo.
Un viaje al abismo de nuestra propia estupidez
Página tras página, Ospina, cual arqueólogo de la miseria, desentierra las causas de nuestro estancamiento. Se apoya en hechos históricos, sí, y en "fuentes verídicas", supongo que para darle un aire de seriedad al desastre. Pero uno, que ya tiene el ojo entrenado en el arte de la ironía, sabe que lo que Ospina busca es "abrir los ojos de los colombianos". ¡Qué ingenuo! Como si los colombianos no tuviéramos ya los ojos tan abiertos que nos duelen de tanto ver la misma novela de terror repetirse. Su narrativa, expositiva y reflexiva, es como un espejo que te obliga a mirarte al alma y decir: "Sí, soy cómplice de este circo sin carpa". La intención, me explico con un cinismo digno de un maestro, es que "hagamos algo al respecto". ¿Hacer qué? ¿Montar un circo más grande? ¿O quizás dejar de repetir los errores del último siglo, que han convertido a esta nación en algo muy parecido al infierno, pero con mejor café?
Ospina, en su delirio de grandeza, anhela que el país trascienda, que sea "algo más". Y hasta se atreve a soñar con esa "nueva república" que Gaitán mencionaba en sus discursos. Pobre Gaitán, si viera hoy el país, seguramente se volvería a morir, pero de la risa. Es hora, dice Ospina, de dejar de ser ese "dilatado desastre en cine mudo". Y yo me pregunto: ¿y si nos gusta ser ese desastre? ¿Y si nuestro encanto reside precisamente en nuestra incapacidad de aprender?
El sueño de un país... o la pesadilla de una realidad
El tono de Ospina es directo, preciso y sincero, como un médico dándote un diagnóstico terminal sin anestesia. Cada pregunta que formula es un puñetazo en el estómago, un "¿en serio no te habías dado cuenta?". Y al final, ¡oh, sorpresa!, el tipo se pone sentimental. Las últimas páginas son una oda al optimismo, un "yo sueño un país..." que resuena con el famoso discurso de Martin Luther King. Causa y efecto distintos, sí, pero la intensidad es la misma. Uno casi se lo cree. Casi. Porque, seamos honestos, el deseo de Ospina por ver progresar al país es tan palpable como la escasez de agua en La Guajira. Su narrativa te llega, te hace pensar dos veces, te revuelve las tripas y, lo que es peor, te hace "doler la patria". Y eso, mis queridos lectores, es más doloroso que una patada en el trasero.
En cuanto a la temática, el libro es una línea de tiempo del desastre. Desde la Colonia, cuando nos inventaron como productores de materias primas para potencias, hasta el inicio de un gobierno inepto con Santander a la cabeza. Luego, la Violencia, esa guerra de pobres contra pobres que desmembró el país, y la muerte de Gaitán, que no solo mató a un líder, sino que le arrancó el sueño a un pueblo. Y finalmente, la joya de la corona: el Frente Nacional, esa maravillosa idea que nos dejó las guerrillas, el narcotráfico, la delincuencia común y más injusticia de la que se puede digerir. Y eso, amigos míos, es solo la punta del iceberg de nuestra propia ineptitud. Al final, Ospina nos invita al cambio, al "proyecto nacional" tan pospuesto, con argumentos tan fuertes y verdaderos que uno se queda sin excusas. Solo hay que mirar por la ventana para darse cuenta de que tiene razón.
La catarsis de la ironía: ¿Y ahora qué?
Para concluir, debo confesar que este libro me ha emocionado. ¡Yo, el cínico de turno! Uno pasa la vida engañándose, afirmando que todo "está bien" cuando, en realidad, estamos bailando sobre un volcán. Ospina, con su prosa ácida y sus verdades incómodas, me ha abierto los ojos. Y eso, en este país, es casi un milagro. Es interesante cómo un simple ensayo puede crear una opinión más crítica, más dolorosa, sobre la problemática colombiana.
¿Recomiendo leer esta obra? Sí, con los ojos bien abiertos y una buena dosis de humor negro. No harás un cambio significativo para el país, no nos engañemos, pero harás una diferencia en ti mismo. Y, como dice Ospina, el acceso a la educación y a la cultura es la verdadera vía para el desarrollo. Así que, ahora que el rojo y el azul han dejado de ser un camino, y que la esperanza parece un chiste de mal gusto, la pregunta sigue en el aire, flotando como un fantasma en el éter de nuestra mediocridad: ¿Dónde diablos está la franja amarilla?