Año 2010, Chile. Un gran terremoto sacude el país. El desastre se expande entre la población. Y en medio del caos, algunos anotan, atesoran recuerdos. En una suerte de exorcismo de arte, suceden las crónicas, apuntes en que los habitantes fijan sus experiencias, acaso para guardarlas como un testimonio o recuerdo para los que vendrán, o como una forma de acrecentar en sí mismos la voluntad de vivir. Elisa Echeverría hace una “novela gráfica”, aunque es más bien una crónica personal de esos aciagos días. Una crónica que lejos de la espectacularidad del desastre, nos revela el sentimiento de un alma juvenil. Intensamente reflexiva y atenta, muestra los ecos estoicos de su mundo interior, convertidos en un documento en sordina, que expresa en su técnica de elaboración gráfica -un blanco y negro a punta de lápiz, grisalla, en dónde campea el grafito y sus veladuras- tanto su subjetiva factura, como las condiciones de su narratividad.
Cuando ocurrió el 27F yo estaba en Punta Arenas. Mi única conexión con el evento fue que teníamos a mis primos y tíos en Concepción, y que habíamos dejado a mi papá en esa ciudad un par de días antes. Incluso teniendo familiares cercanos que vivieron el terremoto, y de vivir la angustia de no saber cómo se encontraban en realidad, nunca he podido empatizar realmente con todo lo que ocurrió, ni siquiera con relatos de mi familia ni mis amigos años después. Creo que se debía principalmente a que se debía a algo lejano, extraño para mí. La sensación de fatalidad e incertidumbre nunca fueron mías, ni lo serían. Pero gracias a este libro pude realmente empatizar y entender. El terremoto y sus consecuencias no se ven simplemente como algo que ocurrió, la narración y las viñetas te envuelven al punto de sentirse transportado a ese ambiente. Logras vivir la incertidumbre, la apatía para enfrentarla, la cotidaneidad de no tener una normalidad. El dibujo a lápiz se mueve con la narración, crea imágenes irreales y logran capturar el movimiento de la tierra y los sentimientos de la narradora de forma fascinante. Los sutiles cambios de los trazos, la nitidez de las imágenes, incluso de la claridad de las imágenes, cuentas su propia historia, que acompaña a la narración, que es simple, cotidiana, honesta y viseral. No puedo dejar de recomendar este libro, extremadamente poderoso, y con grandes lecciones de vida para quienes no vivimos "la tragedia".