«Oh, Alejandro, señor de la Hélade, conquistador de Persia, vencedor del Indo. Oh, Alejandro, es tal la fuerza de tu esplendor, que has eclipsado el brillo de tu padre».
Y es que en esencia, esto es lo que le ha pasado a Filipo II de Macedonia, que tuvo un hijo que, al lograr lo inconcenible, ocultó el minucioso trabajo con el que llevó un pequeño reino periférico a ser la primera potencia de Grecia. Por eso, hay muchos por ahí que aseguran que no habría existido el Magno si no hubiese sido por los sólidos cimientos que plantó Filipo.
Sea como fuere, la figura del gran Filipo II ha llegado hasta nuestros días muy distorsionada. No solo por los pocos datos que podemos extrear aquí y allá de las fuentes escritas, sino porque muchas veces esos datos son escasamente fiables, cuando no abiertamente falsos. Porque no nos engañemos, la clásica frese de «la Historia la escriben los vencedores» no es aplicable a Filipo, pues casi todo lo que sabemos de él nos ha llegado a través del interesado tamiz de sus enemigos derrotados y en especial de las Filípicas del ateniense Demóstenes. Filipo es, por resumirlo rápidamente, una figura vilipendiada y demonizada por la Historia, y solo en los últimos tiempos está comenzando a recibir la atención que en realidad merece.
Y ese es, precisamente, el motivo que impulsa esta obra: dar a conocer al gran público quién fue Filipo II y qué hizo para que a su muerte su hijo Alejandro pudiese conquistar todo aquello que conquistó. El problema es que, como ya he dicho, de Filipo sabemos poco, y ese poco no es fiable, de modo que la escasez de datos obliga al autor a dedicar más tiempo a exponer el contexto en el que se movió que al personaje en sí. Algo, por otro lado, inevitable cuando se pretende realizar la biografía de cualquier figura de la Antigüedad. Si hay lagunas en la vida de Julio César, ya os podéis imaginar los océanos que hay en la de Filipo II.
Aun así, estas dificultades no frenan a Mario Agudo Villanueva para abordar tal labor, comenzando esta obra precisamente con una introducción sobre la visión que nos ha legado la Historia sobre Filipo y cómo sus enemigos consiguieron distorsoniar la realidad de tal forma que su visión se convirtió en la preponderante hasta nuestros días. Así, de Filipo nos ha llegado que bebía más de la cuenta, que era irascible, irracional y cruel, y que era un gobernante tiránico, entre otras lindezas. Y si bien es cierto que no podemos conocer la verdad, llama la atención que nadie se haya parado a intentar explicar cómo pudo ser que un borrachuzo de mal genio lograse hacer del irrelevante reino de los macedonios la potencia más importante de su tiempo, que es, precisamente, en lo que se centra gran parte de esta obra.
En efecto, poco podemos saber del propio Filipo en sí, pero gracias a un grandísimo trabajo de documentación Agudo Villanueva se lanza a desentrañar los pormenores del pueblo macedonio: su idiosincrasia, sus tradiciones, su realeza o sus enemigos, para luego abordar las fuentes e intentar explicar los pasos que lenta pero inexorablemente fue dando Filipo para conseguir que Macedonia fuese la voz cantante en la Grecia del siglo IV a. de C. Algo que, entenderemos, no estaba al alcance de cualquiera.
Desde la relación con sus vecinos hasta sus costumbres, desde su poder militar hasta sus intentos de legitimación ante el resto de griegos, lo que brota finalmente entre líneas es un hombre muy diferente a lo que nos ha llegado. Un hombre que heredó un reino insignificante, sumido en profundas luchas intestinas y con numerosos enemigos a las puertas, que no solo logró poner orden en sus dominios y eliminar la disidencia, sino que aprovechó su agudo sentido político para buscar alianzas cuando las necesitó y sacar las armas cuando lo consideró. Surge así un animal político que supo aprovechar sus fortalezas y explotar las debilidades de sus enemigos, jugando bien sus cartas en una Grecia sumida en el atomismo y el enfrentamiento.
Pero a la política, Filipo supo sumarle una gran visión de futuro al iniciar unas profundas reformas políticas y militares que culminaron en la poderosa falange macedónica, que tan bien lucharía bajo el mando de su hijo a lo largo y ancho del mundo conocido. Y es que como militar, Filipo también parece haber destacado, aunque irremediablemente quedase eclipsado por las capacidades de Alejandro. No en vano era temido por los griegos de su tiempo, que se afanaron por ello en denostar su figura con más que notable éxito.
Así que en vez de ese borrachuzo irascible, Filipo parece haber sido una figura bien distinta, lo que no quiere decir que algunas cosas que se dijeron de él no sean ciertas, porque al éxito y la ambición van irremediablemente asociados algunos vicios de los que no todos saben escapar. Pero nada de esto debería eclipsar el hecho de que Filipo fue la figura más relevante de su tiempo, y solo los dioses saben qué habría pasado de no haber sido asesinado. Quién sabe, quizá hablaríamos ahora de Filipo Magno. O no. Porque de nada sirve entrar en discusiones bizantinas.
Por todo esto, «Filipo de Macedonia» es un libro más que interesante, que nos habla de una figura poco tratada en la historiografía y que merecería mucha más atención. Sin embargo, la escasez de datos sobre el propio Filipo obliga al autor a centrarse en diferentes acontecimientos que nos alejan del foco de ineterés, el propio Filipo, y que, sin embargo, y aunque parezaca paradójico, al final lograrán acercarnos más a la posible realidad del rey macedonio. Por eso su lectura tiene altibajos, aunque el resultado final es más que gratificante, y por eso cuando acabemos nos preguntaremos por qué no hemos oído hablar más de Filipo II de Macedonia.