Me resulta imposible negar el embeleso y el influjo que la obra de Marco Tulio Aguilera Garramuño ejerce sobre mí: desde mis años impúberes su prosa irreverente, bordada de erudición y aderezada con tintes de cruel humor, me ha subyugado. “Mujeres amadas” no es la primer obra que leí de él, pero sí una de mis favoritas. Y ahora que conseguí la más reciente edición, que ha sido corregida y abundantemente modificada, decidí releer este maravilloso “tratado de erotismo burlesco-trascendental”. El protagonista de la novela, quien aquí aparece como Ventura (en la primera edición era un personaje identificable sólo como autobiográfico, pero no en literal relación con Ventura, figura principal del proyecto “El libro de la vida”: novelas seriadas comparables con “En busca del tiempo perdido” o “La crucifixión rosada”), es un escritor sátiro y donjuán, que busca seducir a Irgla, su musa. “Una presencia avasalladora, el modelo de una escritura furtiva, asombrosamente eficaz”, afirmó Jorge Rufinelli; “‘Mujeres amadas’ escapa a cualquier molde genérico. Con esta novela Aguilera ha inventado la antinovela del amor”, certificó Enrique Serna. Y José Homero apunta que, gracias a esta narración, “Aguilera puede sentarse a la mesa de la familia a la que siempre deseó pertenecer: Cervantes, Rabelais, Swift, Miller, Joyce”. Semejante aseveración podría ser calificada de exageración, una excesiva adulación. Pero, al degustarla nuevamente, me doy cuenta de que la obra aguileragarramuñiana bien merece un asiento en dicho festín: así sea en una orilla, pero manducando gustoso con las grandes plumas de la sátira y del erotismo literarios.
La relación entre la fantasía, el amor y la literatura. Una mujer que se cierra ante un Don Juan lleno de poesía y letras, quien toda mujer cae rendida sus pies excepto por una. Así, esa mujer que rehúye del amor carnal y del deseo, se transforma en la musa del escritor para albergar pequeños cuentos, o anécdotas, eróticas. Esperaba algo más del libro, pero al final puedo decir que me gustó.