3,5. A mitad de camino entre el ensayo y la crónica, “El hechizo del verano” está formado por los pensamientos, sentimientos e impresiones que la autora fue escribiendo en sus diarios mientras vivía en Estocolmo. Por motivos laborales, su marido tuvo que mudarse, y Virginia no dudó en abandonar su Argentina para seguirlo a este helado país que le resultaría tan diferente al suyo y sin saber que justo estas diferencias le resultarían las más atractivas y destacables de su estancia allí.
La verdad es que no estoy muy acostumbrado a leer ensayos o crónicas, y, por regla general, no suelen ser libros que llamen mi interés lo suficiente como para que me anime con ellos. Sin embargo, desde la primera vez que vi la cubierta de esta obra de Virginia Higa y leí brevemente sobre que trataba, llamó mi atención. Tenía ese algo que te hace querer probar algo diferente, y aunque puedo afirmar que no es el género que más disfruto, por una serie de motivos muy subjetivos, sí que me he llevado una grata sorpresa con Virginia Higa.
Lo primero y lo que más me ha hecho disfrutar es la prosa de la autora, no solo su escritura es preciosa, está llena de reflexiones y metáforas muy bien traídas y transmite su buena dosis de humor, sino que además esta es enigmática y capaz de transmitir al lector sus sensaciones, haciendo que esté pueda sentirse trasladado a la mismísima Estocolmo para ponerse en el lugar de ella. Es un relato muy evocador, y se siente casi como una oda al país, tanto es así que ha despertado mis ganas de visitarlo en algún momento del futuro.
Me parecen especialmente interesantes las continuas reflexiones que la autora hace en relación al frío clima de Estocolmo, y como el trato de los suecos es frío entre ellos y con los foráneos, en sintonía con este. Al igual que la autora, los lectores como yo, cuyos países tienen un clima cálido, donde el trato entre personas también es cálido y cercano (habitualmente), potencia ese mensaje y la sensación de estar en otro planeta o, como bien dice la autora en el propio libro “Qué maravilla estar entre humanos y no entender nada”. Refleja a la perfección esa sensación de estar en un sitio increíble, pero del que nunca terminas de formar parte.
De entre todas las cosas sobre la que la autora se para a pensar a lo largo de “El hechizo del verano”, de todas aquellas señas de identidad que definen al país y que ella encontró más destacables en su momento, me ha gustado especialmente el estudio que hace del lenguaje. Independientemente del tipo de historia que tenga entre manos, siempre me atrae descubrir como se forman las palabras, no solo en lo referente a conocer el origen de estas, sino también la pronunciación, los vocablos que las personas usan en las diferentes partes del mundo según su procedencia y como el lenguaje surge de la necesidad de los seres que lo hablan y marca como estos se relacionan. Disfruto mucho cuando leo sobre la comunicación entre cualquier tipo de ser y también de la limitaciones de la misma. Por este detalle y por lo deliciosa que son la escritura y las reflexiones en relación a la comunicación que hace la autora, me ha recordado a “La clase de griego” de Han Kang, y para mí esa autora son palabras mayores.
Para concluir diré que, pese a que no deja de ser un crónica sobre una mujer que pasa una temporada de su vida en un país extranjero y escribe en su diario las impresiones que tiene sobre este, y que no creo que sea un libro que me vaya a dejar una huella imborrable, sí que es un libro muy entretenido, que se lee con mucho gusto, y que cuenta con una voz narrativa que, en lo particular, me ha fascinado, dejándome un sabor de boca muy bueno y muchas ganas de descubrir que más nos puede ofrecer la autora. Ahora tengo la necesidad imperiosa de leer su primera novela, “Los sorrentinos”. Caerá prontito.