“mi cuerpo está amenazado de desaparecer”
Y aunque su biológica vitalidad ecológica se esfumó, Nicanor Parra sigue y seguirá dando de qué hablar y reflexionar. Este vibrante e inteligente libro de conversaciones antipoéticas, nos da una elocuente efigie sobre cuáles fueron las filosofías que practicó en vida el escritor, así como también cuál es la verdadera esencia que reside en los artefactos y antipoesías.
Antes de abordar de lleno a don Nica, es invaluable el trabajo que rescata María Teresa Cárdenas. Se es plenamente consciente del arduo interactuar, los rechazos constantes de que haya un micrófono grabando el hablar. Cuando se logra un elocuente entrevistar, se ordena cada una de estas experiencias en un orden cronológico a la inversa; es decir, todas las conversaciones brindadas por Nicanor Parra a las páginas de El Mercurio (diario al que le brindó prioridad por las numerosas respuestas a su prensa) están expuestas desde un orden que parte con la última que brindó a sus periodistas (2008) hasta la primerísima, cuando se anuncia la renuncia del profesor D. Nicanor Parra, o más bien del director del Departamento de Física de la Facultad de Filosofía y Educación en el Peda. Esto el año 68’.
Este orden puede ser algo discutible para mostrar una postal; sin embargo, avanzadas las páginas, se muestra una evolución sorprendente del poeta (para adelante y para atrás), como a la vez, existen mayores cauces sobre los planteamientos que en vida creyó férreamente el poeta.
“Una vez que se conquista el habla como instrumento de expresión, se ve que ella es mucho más poderosa que cualquier jerga particular que pueda inventar un poeta particularísimo” (157)
“Lanzado entre las fieras, ésta es la tarea del poeta: integrarse a la comunidad que le ha pedido que hable sin permitirse fallar ni que los asistentes al banquete le abucheen su discurso” (144)
Poeta y/o antipoeta, acribilla los lenguajes de la poesía para bajarse cascando del Olimpo y rescatar el habla chileno. “Claro, hay algunos que no soportan la dimensión popular, la marginalidad en la cultura” (108); sin embargo, el poeta sigue, porque también habla con causa de conocimiento: “El idioma se va debilitando, hasta se habla el idioma patrio con acento” (135). Sin embargo, no es tanto por algo identitario, ya que “la identidad es una cruz, y hay que liberarse de esa cruz” (53). La salvaguarda de tesoros se inclina más bien para cuidarse y mantener cuerdo el equilibrio inestable en pos de la “sobrevivencia mental (…) por muy sobreviviente que sea yo en mi espíritu” (178).
Por lo mismo, Nicanor se muestra (y se conoce también) como un ser contradictorio, como cualquier ser humano de la Modernidad. Sin embargo, lo reconoce con luces propias: “Lo que yo hago es sobrevivir en base a una capacidad negativa. No practico ningún camisetismo, no tomo ninguna bandera ni llamo la atención de alguna verdad. Recurro al expediente de ser un espejo que va por el camino. Vivo en la contradicción sin entrar en conflicto” (66).
Y en la suma y resta de sus palabras, no queda más acceder a ese espacio poético en el que se nos exponen espacios para encontrar aquellas llaves. Deslavarse de esta persona propia y mandarse a cambiar en esa sensibilidad que vaya que abre puertas.