En esta obra he encontrado un tesoro literario que, sin duda, recomendaría a todo aquel que desee disfrutar de una novela amena y sin complicaciones, pero, al mismo tiempo, bellísima y llena de pensamientos de lo más profundos y comunes a muchísimas personas, ya que habla de una etapa tan importante en la existencia de todos nosotros como es la adolescencia y la llegada de la madurez.
La caracterización de los personajes y sus mentes, más o menos jóvenes según se encuentran en un momento u otro de su vida, está llena de hermosura y riqueza. Anastasio, el verdadero protagonista de la obra, me conmovió como lector, con su personalidad tan buena, sensible, inocente y especial, desde el mismísimo comienzo de la historia. También Enrique, aunque presenta un fondo personal turbio, es un personaje verdaderamente cautivador con esa fuerza y ese carisma únicos. Y es que éste llega a crear en el lector el mismo efecto que él asegura producir, en distintos momentos de la novela, sobre algunos personajes: “Lo que a ti te pasa es que estás enchulada conmigo. ¡Confiésalo!”. También el personaje de Celia es de una finura y encanto de verdad apreciables. Aunque las tres etapas vitales descritas en los tres libros de la obra (barbecho, siembra y recolección) presentan por igual un desarrollo completamente maravilloso, creo que sobre todo me quedo con la más puramente adolescente: siembra. En ella hay algunos capítulos que retratan la adolescencia de una manera muy directa y conmovedora, como, por ejemplo, el dramático capítulo de “El Escondite a Oscuras”, el rompedor episodio de “Quincepesetas” o el hermosísimo capítulo llamado “La Primavera Ha Venido”, del que sobre todo me han marcado estas grandes palabras del Padre Usoz que, incluyendo la cita literaria de Antonio Machado, tanto me habría gustado escuchar, o al menos leer, en mi adolescencia:
“Tienes una bendita enfermedad, hijo mío, una bendita enfermedad… «La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido…» Todo eso que sientes dentro de ti, hijo mío, es la buena tierra que se mueve porque se sabe en sazón para recibir las semillas. Pero ¡ay de ti si lo que siembras no es bueno! Crecerá igual, ¡demontres!, que eso es lo malo a tu edad. Recibe lo que se le echa y cría igual lo santo que lo perverso. Aprovecha este momento, muchacho. Siembra ahora cosas buenas, propósitos santos, decisiones heroicas. Hazme caso: más adelante ya es tarde”.
En definitiva, he hallado en esta novela, y sobre todo en los viajes en el tiempo maravillosamente realizados a través de las vidas de sus personajes, grandes e importantísimas experiencias y reflexiones que creo que emocionarán a cualquier lector que quiera volver a lo que supuso ser adolescente o, mejor aún, a cualquier joven que se encuentre en la actualidad pasando por esta frágil pero bonita etapa y quiera encontrar un apoyo en este maravilloso libro, cuyo precioso mensaje, a más de medio siglo de la publicación original de la obra, sigue manteniéndose completamente vigente. Podría estar hasta la eternidad describiendo cuáles son los aspectos de la obra que más me han emocionado, pero es mejor que cada lector reciba y descubra un libro como éste por sí mismo. Así, dejo ya de desvelar puntos de la novela aplicándome, como si fuese Anastasio, aquella orden tan directa de Enrique: “¡Oye, tú…! Y de lo que has visto hoy…, como si fueras ciego”.