La inocencia resulta a muchos propia de la persona bonsai que jamás ha traspasado las opacas paredes de plástico del invernadero de su mundo ideal; la inocencia les suena a estúpida inconsciencia más propia de la inmadurez soñadora que de la persona que pisa tierra. Y es que, estamos más cómodos —y tantas veces nos parece que es la única manera de sobrevivir— moviéndonos en dinámicas obsesivas de control y seguridad, en el cinismo de un buenísimo manipulador.
Tanta candidez molesta porque «la palabra más terrible que haya sido pronunciada contra nuestro tiempo es quizá é “Hemos perdido la ingenuidad”», sentencia Lecrerc. Al perder la inocencia, el hombre ha perdido también el secreto de la felicidad. Toda su ciencia y todas sus técnicas le dejan inquieto y solo. Solo ante cada misterio que acompaña la vida, que no son pocos.
José Pedro Manglano es autor de más de veinte libros, algunos de los cuales han vendido más de quince ediciones y se han traducido al inglés, al italiano y al polaco. Ha sido finalista del Premio Espiritualidad de Martínez Roca. Ha impartido numerosas conferencias y cursos en universidades y centros educativos. Impulsor de la Asociación Hakuna.
Al final de este libro me acordé que un verdadero cristiano es una contradicción para el mundo.
Hay mucho de este libro que quiero tener siempre presente en el corazón y vivir así.
Creo que solo aquel que lo lea entenderá que se necesita inocencia en y para el mundo. Y no se refiere a la primera definición de inocencia que se nos viene a la mente, sino a vivir sorprendidos.
Hubo una parte de un capítulo que me hizo pensar un poco y que considero que hay que tratar con delicadeza. Recuerdo y recomiendo a toda persona que lea este libro dos cosas: 1. Pensar no es malo. Hay que aprender a pensar. 2. Rebotar con una persona de confianza, sabia y con olor a santidad las mociones o preguntas que surjan de la lectura.
De este libro me han nacido muchas peticiones. ¡A vivir ligera!