Los grandes libros que jamás leerás de Bernard Richards me incentivó a leer R. U. R. (Robots Universales Rossum), una obra de teatro que dio origen a buena parte de la ciencia ficción de mediados del siglo XX. Aparecía mencionado también este libro que sorprende que sea del mismo autor: su estilo versátil es de una frescura inusual para un texto escrito hace casi cien años (sospecho que parte del mérito es de la traducción de 1993 del checo al español de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz).
Va en la línea de los cuentos maravillosos en los que todo es posible, con descripciones kilométricas y en las aparecen animales, magos, bandidos, reyes en tramas clásicas (raptos, confusiones, venganzas). Leyendas que explican el orígen de un personaje, la característica de algún animal o de un curso de agua, por ejemplo. Los hermanos Capek no ahorran en humor, en ironía ni en lucidez. Siento que las ilustraciones de Josef no me sumaron mucho pero tampoco me distrajeron.
Metiéndonos en los cuentos:
El gran cuento del gato: es mi favorito. Las proezas del mago para no dejarse atrapar y la astuta persecución dando la vuelta al mundo en una suerte de Vuelta al mundo en ochenta días son fascinantes.
El cuento de los pájaros: explica por qué las gallinas son las únicas aves que no pueden volar. Y, según esta historia, bien merecido se lo tienen.
Primer cuento de bandoleros: escrito por Josef es interesante por los arquetipos de bandido, el juego de disfraces, los versos que cantan los personajes y una descripción increíble de que el ladrón debe ser “negro de noche, verde sobre el césped, transparente de dia; debe ser más delgado que un cordón flexible como una anguila para poder pasar por el as de una tacita, una cerradura, un agujero en la puerta o una grieta en la pared.”
El cuento de los hombrecillos de las aguas: las andanzas de los herederos de Poseidón. “¡Y qué agua aquélla! Podías cortarla como mantequilla o hacer pelotas con ella, o hilarla para hacer hilos, y hasta hacer cuerdas con ella; era como el acero, y como el lino, y como el cristal, y como la pluma, y era espesa como la crema de nata, y fuerte como el roble, y abrigaba como un abrigo de pieles.”
Segundo cuento de bandoleros: sobre cómo hay oficios que no se pueden heredar y el peligro de desearle lo mejor a nuestros hijos cuando no sabemos qué es lo mejor.
El cuento del vagabundo: “realmente era sólo un trotamundos, que únicamente robaba el tiempo a Dios” y “si le obsequiaban con malas palabras, también se las tragaba; tanta hambre tenía”. Lástima que el juego de palabras es intraducible y pierde bastante el sentido más allá de las notas del traductor.
El gran cuento de los carteros: me gustó por lo abnegado de la tarea, la clasificación de las cartas de frías a cálidas según los sentimientos que portan y cómo los duendes las usan como naipes para jugar.
El gran cuento de los médicos: usa el recurso de Sherezade cuando un brujo se atraganta y suspende el desenlace para introducir nuevos cuentos en boca de otros personajes. Cuando se resuelve, una palabra atragantada literalmente termina saliendo días después y es capaz de partir un árbol.
Algunas frases simpáticas:
“Completa y concienzudamente mugrienta como sólo los niños saben ponerse.”
“Saben hacer una tacitas de té de porcelana tan fina que para hacerlas no hace falta ni porcelana, sólo se coge el dedo pulgar, se dibuja con él una circunferencia en el aire, luego se decora bien, y la tacita está lista.”
“A esas estrellas perrunas que revolotean por el cielo sacudiendo la cola se les suele llamar cometas.”
“Este vestidito está tejido con la luz de las luciérnagas.”
En resumen, son cuentos que pueden disfrutar un chico y un adulto por igual, actuales, que atrapan desde su confección clásica atemporal. Este par de hermanos es muy interesante y los seguiré explorando en sus distintas facetas: curioso cómo funcionan las duplas creativas de hermanos como los Grimm, las Wachowski (Matrix) y los Duffer (Stranger Things).