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El invitado amargo
El invitado amargo empieza con el anuncio de la muerte del padre en una escena de cama de su hijo, y termina, al cabo de más de tres décadas, el mismo día del año y en la misma casa, donde la entrada de unos ladrones hace salir de una caja negra el pasado de dos amantes. En el transcurso, no siempre lineal, de ese tiempo iniciado por el encuentro de un escritor de treinta y cinco años y un joven estudiante que escribe versos, el libro se despliega como una novela de la memoria, un recuento verídico tratado con los dispositivos de la ficción. Pero también como un ensayo narrativo sobre las ilusiones y los resentimientos del amor, y como un doble autorretrato con paisaje –el de la España cambiante de los años 1980– y con figuras, una rica galería de personas reales, algunas sobradamente conocidas, tratadas como personajes o testigos de una tragicomedia de la felicidad, la infidelidad, las búsquedas personales y el anhelo de lo que pudo ser.
Luis Cremades y Vicente Molina Foix han escrito de un modo singular pero separadamente este libro sin precedentes. En la libertad mutua de rememorar por separado, en la importancia dada a lo que pusieron por escrito mientras se amaban y se traicionaban, los autores reencuentran el territorio común de la palabra para mirarse desde el presente tratando de recuperar con desnuda autenticidad, sin nostalgia, lo que esos espejos contuvieron en su día y han dejado como poso. Y lo han hecho, como ellos mismos señalan irónicamente, siguiendo el patrón del «folletín» en el sentido original del término: cada capítulo, firmado en alternancia por ambos, se escribía sin previo acuerdo y le llegaba al otro manteniendo la intriga, como en las novelas del siglo XIX. Con la diferencia de que en ese feuilleton en 64 capítulos los dos protagonistas-lectores sabían el final, pero no las sorpresas y revelaciones que su propia historia les podía deparar. En este libro, que no dejará indiferente a ningún lector, asistimos a la demostración de la probada maestría de Molina Foix y a la revelación narrativa de un poeta, largo tiempo en silencio.
Luis Cremades y Vicente Molina Foix han escrito de un modo singular pero separadamente este libro sin precedentes. En la libertad mutua de rememorar por separado, en la importancia dada a lo que pusieron por escrito mientras se amaban y se traicionaban, los autores reencuentran el territorio común de la palabra para mirarse desde el presente tratando de recuperar con desnuda autenticidad, sin nostalgia, lo que esos espejos contuvieron en su día y han dejado como poso. Y lo han hecho, como ellos mismos señalan irónicamente, siguiendo el patrón del «folletín» en el sentido original del término: cada capítulo, firmado en alternancia por ambos, se escribía sin previo acuerdo y le llegaba al otro manteniendo la intriga, como en las novelas del siglo XIX. Con la diferencia de que en ese feuilleton en 64 capítulos los dos protagonistas-lectores sabían el final, pero no las sorpresas y revelaciones que su propia historia les podía deparar. En este libro, que no dejará indiferente a ningún lector, asistimos a la demostración de la probada maestría de Molina Foix y a la revelación narrativa de un poeta, largo tiempo en silencio.
416 pages, Paperback
First published May 30, 2014
About the author
Vicente Molina Foix
69 books10 followersNació en Elche (Alicante), en 1946. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Posteriormente se trasladó a Londres, dónde vivió ocho años, para obtener el graduado en Historia del Arte por la Universidad de Londres. Durante tres años ejerció como profesor de literatura española en Oxford. A su regreso a España, impartió clases de Filosofía del Arte en la Universidad del País Vasco.
Fue uno de los seleccionados por el editor y crítico catalán José María Castellet, en 1970, para la obra "Nueve novísimos poetas españoles”.
Ha recibido los premios Barral, Azorín, Herralde y en el 2007 el Premio Nacional de Literatura Narrativa. A partir de 1985 empezó a colaborar con el periódico "El País". Para la revista "Fotogramas" escribe críticas sobre cine y televisión.
Debutó en la dirección cinematográfica, con el largometraje "Sagitario" (2001), protagonizada por Ángela Molina y Eusebio Poncela. Su segunda película, “El dios de madera”, se estrenó en el verano de 2010.
Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer si cabezas y El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002).
Fue uno de los seleccionados por el editor y crítico catalán José María Castellet, en 1970, para la obra "Nueve novísimos poetas españoles”.
Ha recibido los premios Barral, Azorín, Herralde y en el 2007 el Premio Nacional de Literatura Narrativa. A partir de 1985 empezó a colaborar con el periódico "El País". Para la revista "Fotogramas" escribe críticas sobre cine y televisión.
Debutó en la dirección cinematográfica, con el largometraje "Sagitario" (2001), protagonizada por Ángela Molina y Eusebio Poncela. Su segunda película, “El dios de madera”, se estrenó en el verano de 2010.
Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer si cabezas y El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002).
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Displaying 1 - 9 of 9 reviews
March 8, 2022
“Lest jealousy, that sour unwelcome guest” said the bard William Shakespeare in his poem, Venus and Adonis.
What is love? And jealousy? Is jealousy that sour uninvited guest? Do love letters reveal our love for each other? Or are they signs of love falling apart? Or are they the battlefield that we bare our love, our battles, only to be lost? Or found?
This was a truly unique book. This is the first time that I had two authors tell one story. In the early 1980s, Vicente Molina Foix (1946) a Spanish writer and film director met the student and young poet Luis Cremades (1962). They had an intense but short relationship.
Over the course of the next three decades, we get a glimpse into their relationship, relationships with others, their writer careers and personal life. Each writer alternates their view of events in separate chapters using letters written to the other as support.
This kind of bare faced honesty is like sitting in at a counselling therapist session but getting both sides of the story. You might say, well that is kind of weird, but it wasn’t at all like that.
At a base level, you had the power struggle of the older lover-younger lover issue. Molina Foix was good friends with a variety of well known writers including the Nobel Prize winner (1977) Vicente Aleixandre and Javier Marías. No small company. Cremades was part of the Five Poets of 1962. He struggled to find his footing.
The book openly deals with homosexuality. Molina Foix kept a low profile unlike Cremades, who one might say had “in your face” sexuality. One must consider the times, the 1980s was when everything was out in the open. Andy Warhol, David Bowie, Bryan Ferry - all of this was a time of sexuality, whether gay or straight, was in your face. A lot of partying and being wild (I remember those years, ha ha). Cremades enjoyed the bar scene; Molina Foix, who also wrote for Spain’s national paper El País, wrote about opera and the arts.
In some ways it was easy to understand that this couple would have relationship challenges, even over thirty years. And they dealt with it in the old fashioned way of writing letters.
Or perhaps it is summed up by Fernando Pessoa, that other elusive bard, Álvaro de Campos, “only the creatures that have never written love letters are the ridiculous ones?”
This book was far from ridiculous.
What is love? And jealousy? Is jealousy that sour uninvited guest? Do love letters reveal our love for each other? Or are they signs of love falling apart? Or are they the battlefield that we bare our love, our battles, only to be lost? Or found?
This was a truly unique book. This is the first time that I had two authors tell one story. In the early 1980s, Vicente Molina Foix (1946) a Spanish writer and film director met the student and young poet Luis Cremades (1962). They had an intense but short relationship.
Over the course of the next three decades, we get a glimpse into their relationship, relationships with others, their writer careers and personal life. Each writer alternates their view of events in separate chapters using letters written to the other as support.
This kind of bare faced honesty is like sitting in at a counselling therapist session but getting both sides of the story. You might say, well that is kind of weird, but it wasn’t at all like that.
At a base level, you had the power struggle of the older lover-younger lover issue. Molina Foix was good friends with a variety of well known writers including the Nobel Prize winner (1977) Vicente Aleixandre and Javier Marías. No small company. Cremades was part of the Five Poets of 1962. He struggled to find his footing.
The book openly deals with homosexuality. Molina Foix kept a low profile unlike Cremades, who one might say had “in your face” sexuality. One must consider the times, the 1980s was when everything was out in the open. Andy Warhol, David Bowie, Bryan Ferry - all of this was a time of sexuality, whether gay or straight, was in your face. A lot of partying and being wild (I remember those years, ha ha). Cremades enjoyed the bar scene; Molina Foix, who also wrote for Spain’s national paper El País, wrote about opera and the arts.
In some ways it was easy to understand that this couple would have relationship challenges, even over thirty years. And they dealt with it in the old fashioned way of writing letters.
Or perhaps it is summed up by Fernando Pessoa, that other elusive bard, Álvaro de Campos, “only the creatures that have never written love letters are the ridiculous ones?”
This book was far from ridiculous.
April 7, 2024
Aunque tanto Molina como Cremades tienen una prosa bastante prolija, en general quedé decepcionado por la novela. Hay un sinnúmero de novelas autobiográficas, pero casi siempre adoptan las características del género para contar los hechos. Con esto me refiero a que tienen un arco argumental dividido en partes, con dosis adecuadas de información, clímaxes debidamente preparados y temas centrales que hacen que la historia justifique el haber sido escrita. En este caso, por el contrario, nos encontramos con una especie de novela epistolar, en el sentido más estricto de la palabra: desarrollos de la trama aparecen y luego resultan no ser importantes, eventos destacados son contados en unas cuantas oraciones mientras que otros más bien olvidables reciben numerosas páginas, personajes reciben poca caracterización para quienes no los conocieran, etc.
En todo caso, considero este libro valioso por el retrato del mundo gay de la España de principios de la década de los 80 que incluye. El romance entre ambos protagonistas, aunque limitado por los problemas ya señalados, despierta también interés en las figuras de ambos escritores.
En todo caso, considero este libro valioso por el retrato del mundo gay de la España de principios de la década de los 80 que incluye. El romance entre ambos protagonistas, aunque limitado por los problemas ya señalados, despierta también interés en las figuras de ambos escritores.
October 2, 2021
El invitado amargo es un relato escrito a cuatro manos entre Vicente Molina Foix y Luis Cremades. Ni juntos ni separados, ambos autores lían y deslían sus encuentros a lo largo de ese camino llamado vida vivida en un libro luminoso, lleno de un lenguaje como el de antes (el de ayer, no el de antes de ayer, aunque a veces nos llegan ecos que bien pudieran parecerlo), ya en desuso y por tanto ignorado, cuajado de inflexiones que son reflexiones y de evocaciones que son puñaladas y puñaladas que son recuerdos cuyo peso ha sido aligerado por el paso del tiempo.
Es un libro que comienza a trompicones, como casi toda obra literaria. Pocas veces, incluso en las consideradas joyas maestras, un autor escribe con fluidez desde el inicio: toda obra nace entre balbuceos y crece y tropieza hasta que consigue alcanzar un ritmo, una fluidez casi perfecta. En El invitado amargo, hasta a Vicente Molina Foix parece atragantársele el recuerdo, porque no es nada fácil dibujarse, ni retratar al Otro, con trazos reales. Pero poco a poco ambos autores se acomodan, se dejan llevar por ese río que les ha unido y separado, y comienzan las imágenes, las memorias, las razones razonadas y las incomprendidas también, y el relato crece hasta alcanzar lo inconmensurable.
En un libro sobre el amor. Y sobre el desamor. Y la amargura, el encuentro y la pérdida. Y quizá por encima de todo, sobre la decepción, el orgullo y el individualismo, y de resultas, sobre la falta de caridad ya no sólo con el amado, si no con nosotros mismos. Es un libro lleno de corazón.
Oímos claramente las dos voces del relato: Luis Cremades y Vicente Molina Foix se entremezclan, se aclaran uno al otro y también se justifican con un lenguaje riquísimo que casi raya en la pedantería, lleno de referencias culturales que no sólo retratan la España de estos últimos cuarenta años, si no la Francia, la Inglaterra, los Estados Unidos, la Cuba, la Italia: paisajes arrebatados en constante ebullición que los empapan, entre celuloide, vinilos y literatura, y los inflaman de sueños y veleidades. Estamos, pues, ante dos hombres vividos, que se sopesan, se saborean y se conocen muy bien, y que plantean un ejercicio de individualismo y de maridaje asombroso por infrecuente y arrebatador por su resultado.
El invitado amargo es el autorretrato de cada autor, es la fotografía de una época de la que sólo quedan rescoldos, por no decir cenizas: la España posfranquista y recién democrática; la España pre-Movida y posmoderna; el Madrid subterráneo donde el deseo pierde a veces el buen gusto; el encuentro de un hombre ya formado pero apenas enamorado y un jovenzuelo aturdido pero valiente que todo lo quiere probar. Es la fotografía de vidas demasiado teñidas de literatura, de preocupaciones profundas y reflexiones reverberantes, cosmopolitas, un tanto rurales, un tanto salvajes, hedonistas, casi perfectas y llenas de claroscuros. Y sedientas de amor.
El enamorado no sabe qué es el Amor, sólo puede sentirlo. En la vida, apenas un encuentro vale para definir el trazado de una existencia. No importan la edad o la experiencia, la aptitud o la ignorancia: cuando el Amor llega todo se ilumina y todo se apaga, y el mundo es una revolución además de un revolcón y se magnifica, erupciona, enloquece y hiere. Entre Molina Foix y Cremades ese encuentro es un maridaje y una lucha, una laceración profunda, una amarga desdicha, una interrupción constante, un descubrimiento y una pérdida: el amor que brota en ellos, más que la pasión también y más que el acíbar de lo que no acaba nunca, los transforma para siempre y les deja una huella indeleble que sólo ahora, en la distancia, pueden no ya apreciar, si no aceptar.
El invitado amargo está escrito en papel cebolla. Es una historia transparente, que no clara, sólo iluminada al contraluz y por tanto llena de descubrimientos, los que encontramos al leerlos y los que ellos mismos hallaron al escribirla. Hay mucha melancolía contenida en sus páginas, una tristeza sagazmente escondida y una sabiduría alejada de la culturalidad que ambos poseen: el mundo del Arte puede llegar a ser tan agobiante como el de la Ciencia o la Tecnología: todo ambiente cerrado acaba siendo un estorbo para la evolución; un lastre para remontar el vuelo de la libertad y a veces una angustia para el alma.
Yo era así con veinte años. O pude llegar a serlo. Como ellos, leía libros rimbombantes, poesías cargadas de simbolismo; adoraba a autores que me enamorasen con su prosa y me hiciesen pensar; asociaba al lenguaje un poder de seducción quizá más poderoso que el de una mirada o un roce. Asistir a la intoxicación de cultura y pasión, de amor mal entendido (ahora lo sabemos) y orgullo oculto; de individualismo acérrimo e inmovilismo personal que encierra El invitado amargo, hace que piense en cómo era yo a la edad de Luis Cremades y cómo hubiera reaccionado de haber tropezado con alguien como Vicente Molina Foix. Almas atormentadas que la literatura no hacía más que ahondar en su tortura; hombres cuyo sino se hallaba anclado en el día a día, en las pieles y los olores y la creación, perfumes que iban desde Aleixandre hasta Benet, de Warhol a Cabrera Infante; de la sensualidad insaciable al miedo a ser contagiable, de la facilidad del enamoramiento al infierno del abandono… Yo pude haber sido como ellos, reaccionado igual, equivocarme igual, sentirme igual de herido… Y aún añorarlo.
Cuando pasa el tiempo y se posa el tiempo y la vida nos pone en muchos sitios y nos agita como en un acceso y nos premia o nos regaña, somos capaces de valorar y de encontrar el tesoro que se nos ha regalado: el valor de lo perdido recobrado es tan inmenso y nos da tanta paz… Y también nos llena de melancolía del deseo, de lo que pudo ser y nunca será… De todo esto hay en El invitado amargo. Notamos, sabemos, que ambos autores, pese a que quizá no cambiarían ni una coma de lo que ocurrió en los años transcurridos, fantasean con lo que pudo haber sido: si se hubiesen tenido más paciencia, o escuchado más, o hubieran sido más flexibles, o hubiesen destruido al orgullo insaciable y amado mejor… La vida soñada pasa sobre sus páginas como un espejismo y sin embargo está presente en cada línea, en cada inflexión del lenguaje, en cada justificación (oh sí, hay muchas) y en cada explicación negada. Es un libro cuya reflexión llega quizá algo tarde, pero llega, y puede que con ella, algo de la paz que los autores necesitan para volver a ser, entre ambos, ellos mismos.
Es un libro que comienza a trompicones, como casi toda obra literaria. Pocas veces, incluso en las consideradas joyas maestras, un autor escribe con fluidez desde el inicio: toda obra nace entre balbuceos y crece y tropieza hasta que consigue alcanzar un ritmo, una fluidez casi perfecta. En El invitado amargo, hasta a Vicente Molina Foix parece atragantársele el recuerdo, porque no es nada fácil dibujarse, ni retratar al Otro, con trazos reales. Pero poco a poco ambos autores se acomodan, se dejan llevar por ese río que les ha unido y separado, y comienzan las imágenes, las memorias, las razones razonadas y las incomprendidas también, y el relato crece hasta alcanzar lo inconmensurable.
En un libro sobre el amor. Y sobre el desamor. Y la amargura, el encuentro y la pérdida. Y quizá por encima de todo, sobre la decepción, el orgullo y el individualismo, y de resultas, sobre la falta de caridad ya no sólo con el amado, si no con nosotros mismos. Es un libro lleno de corazón.
Oímos claramente las dos voces del relato: Luis Cremades y Vicente Molina Foix se entremezclan, se aclaran uno al otro y también se justifican con un lenguaje riquísimo que casi raya en la pedantería, lleno de referencias culturales que no sólo retratan la España de estos últimos cuarenta años, si no la Francia, la Inglaterra, los Estados Unidos, la Cuba, la Italia: paisajes arrebatados en constante ebullición que los empapan, entre celuloide, vinilos y literatura, y los inflaman de sueños y veleidades. Estamos, pues, ante dos hombres vividos, que se sopesan, se saborean y se conocen muy bien, y que plantean un ejercicio de individualismo y de maridaje asombroso por infrecuente y arrebatador por su resultado.
El invitado amargo es el autorretrato de cada autor, es la fotografía de una época de la que sólo quedan rescoldos, por no decir cenizas: la España posfranquista y recién democrática; la España pre-Movida y posmoderna; el Madrid subterráneo donde el deseo pierde a veces el buen gusto; el encuentro de un hombre ya formado pero apenas enamorado y un jovenzuelo aturdido pero valiente que todo lo quiere probar. Es la fotografía de vidas demasiado teñidas de literatura, de preocupaciones profundas y reflexiones reverberantes, cosmopolitas, un tanto rurales, un tanto salvajes, hedonistas, casi perfectas y llenas de claroscuros. Y sedientas de amor.
El enamorado no sabe qué es el Amor, sólo puede sentirlo. En la vida, apenas un encuentro vale para definir el trazado de una existencia. No importan la edad o la experiencia, la aptitud o la ignorancia: cuando el Amor llega todo se ilumina y todo se apaga, y el mundo es una revolución además de un revolcón y se magnifica, erupciona, enloquece y hiere. Entre Molina Foix y Cremades ese encuentro es un maridaje y una lucha, una laceración profunda, una amarga desdicha, una interrupción constante, un descubrimiento y una pérdida: el amor que brota en ellos, más que la pasión también y más que el acíbar de lo que no acaba nunca, los transforma para siempre y les deja una huella indeleble que sólo ahora, en la distancia, pueden no ya apreciar, si no aceptar.
El invitado amargo está escrito en papel cebolla. Es una historia transparente, que no clara, sólo iluminada al contraluz y por tanto llena de descubrimientos, los que encontramos al leerlos y los que ellos mismos hallaron al escribirla. Hay mucha melancolía contenida en sus páginas, una tristeza sagazmente escondida y una sabiduría alejada de la culturalidad que ambos poseen: el mundo del Arte puede llegar a ser tan agobiante como el de la Ciencia o la Tecnología: todo ambiente cerrado acaba siendo un estorbo para la evolución; un lastre para remontar el vuelo de la libertad y a veces una angustia para el alma.
Yo era así con veinte años. O pude llegar a serlo. Como ellos, leía libros rimbombantes, poesías cargadas de simbolismo; adoraba a autores que me enamorasen con su prosa y me hiciesen pensar; asociaba al lenguaje un poder de seducción quizá más poderoso que el de una mirada o un roce. Asistir a la intoxicación de cultura y pasión, de amor mal entendido (ahora lo sabemos) y orgullo oculto; de individualismo acérrimo e inmovilismo personal que encierra El invitado amargo, hace que piense en cómo era yo a la edad de Luis Cremades y cómo hubiera reaccionado de haber tropezado con alguien como Vicente Molina Foix. Almas atormentadas que la literatura no hacía más que ahondar en su tortura; hombres cuyo sino se hallaba anclado en el día a día, en las pieles y los olores y la creación, perfumes que iban desde Aleixandre hasta Benet, de Warhol a Cabrera Infante; de la sensualidad insaciable al miedo a ser contagiable, de la facilidad del enamoramiento al infierno del abandono… Yo pude haber sido como ellos, reaccionado igual, equivocarme igual, sentirme igual de herido… Y aún añorarlo.
Cuando pasa el tiempo y se posa el tiempo y la vida nos pone en muchos sitios y nos agita como en un acceso y nos premia o nos regaña, somos capaces de valorar y de encontrar el tesoro que se nos ha regalado: el valor de lo perdido recobrado es tan inmenso y nos da tanta paz… Y también nos llena de melancolía del deseo, de lo que pudo ser y nunca será… De todo esto hay en El invitado amargo. Notamos, sabemos, que ambos autores, pese a que quizá no cambiarían ni una coma de lo que ocurrió en los años transcurridos, fantasean con lo que pudo haber sido: si se hubiesen tenido más paciencia, o escuchado más, o hubieran sido más flexibles, o hubiesen destruido al orgullo insaciable y amado mejor… La vida soñada pasa sobre sus páginas como un espejismo y sin embargo está presente en cada línea, en cada inflexión del lenguaje, en cada justificación (oh sí, hay muchas) y en cada explicación negada. Es un libro cuya reflexión llega quizá algo tarde, pero llega, y puede que con ella, algo de la paz que los autores necesitan para volver a ser, entre ambos, ellos mismos.
February 18, 2021
Libro extraño, a veces tierno, otras duro, siempre desafiante.
Distingo tres ámbitos en el libro, con interés decreciente para mi gusto. El primero sería el descubrimiento de un mundillo literario de los 80 y 90 en España desconocido por mí hasta ahora. El libro está plagado de anécdotas sobre este aspecto cuyos protagonistas son autores de primera línea como Javier Marías, Vicente Alexandre, Álvaro Pombo, Fernando Savater, etc. No sé cómo se habrán tomado su aparición estos autores en el libro, pero desde luego aportan y mucho a conocer más de esta época.
El segundo ámbito sería la forma, el molde, el libro en si. Me ha parecido interesante, tanto Vicente como Luis -sus autores- escriben muy muy bien y es un placer leerlos. Mi única pega aquí es mi desconocimiento de la poesía en la que ellos son Maestros, alguna vez reconozco que no he sabido valorar tanta belleza escrita junta. La prosa de Vicente es muy buena, la de Luis es más normal. Poesías sólo aparecen de Luis -creo- y siento decir que de tan bellas que son a veces no las he entendido. No es Luis, soy yo (el que no está a la altura).
Y el tercer aspecto del libro que menos he disfrutado ha sido el relacionado con la sexualidad de sus protagonistas: el hexágono amoroso Vicente-Luis-Mario-Leopoldo-Aliaga-José María y algún que otro electrón libre más (Luis A. de V., Jaime G. de B., etc.), la gonorrea, las ladillas, el aquí-te-pillo-aqui-te-mato como norma de conducta habitual, el VIH, etc. me parece que no ayudan a normalizar este colectivo.
Lo que sí nos reconcilia con el mundo es ver cómo sus dos protagonistas han sido capaces de superar altibajos y traiciones (nunca entenderé lo de “no te traicioné con esa persona: fue solo sexo, y a ti te amo, y a esa persona no la amo, sólo fue sexo ¿?”) y treinta años después de iniciar su relación, escribir un libro juntos. Bravo por ellos!
Distingo tres ámbitos en el libro, con interés decreciente para mi gusto. El primero sería el descubrimiento de un mundillo literario de los 80 y 90 en España desconocido por mí hasta ahora. El libro está plagado de anécdotas sobre este aspecto cuyos protagonistas son autores de primera línea como Javier Marías, Vicente Alexandre, Álvaro Pombo, Fernando Savater, etc. No sé cómo se habrán tomado su aparición estos autores en el libro, pero desde luego aportan y mucho a conocer más de esta época.
El segundo ámbito sería la forma, el molde, el libro en si. Me ha parecido interesante, tanto Vicente como Luis -sus autores- escriben muy muy bien y es un placer leerlos. Mi única pega aquí es mi desconocimiento de la poesía en la que ellos son Maestros, alguna vez reconozco que no he sabido valorar tanta belleza escrita junta. La prosa de Vicente es muy buena, la de Luis es más normal. Poesías sólo aparecen de Luis -creo- y siento decir que de tan bellas que son a veces no las he entendido. No es Luis, soy yo (el que no está a la altura).
Y el tercer aspecto del libro que menos he disfrutado ha sido el relacionado con la sexualidad de sus protagonistas: el hexágono amoroso Vicente-Luis-Mario-Leopoldo-Aliaga-José María y algún que otro electrón libre más (Luis A. de V., Jaime G. de B., etc.), la gonorrea, las ladillas, el aquí-te-pillo-aqui-te-mato como norma de conducta habitual, el VIH, etc. me parece que no ayudan a normalizar este colectivo.
Lo que sí nos reconcilia con el mundo es ver cómo sus dos protagonistas han sido capaces de superar altibajos y traiciones (nunca entenderé lo de “no te traicioné con esa persona: fue solo sexo, y a ti te amo, y a esa persona no la amo, sólo fue sexo ¿?”) y treinta años después de iniciar su relación, escribir un libro juntos. Bravo por ellos!
December 14, 2022
Lo llamativo de esta novela no es conocer desde el principio cuál es el final de la historia, pues es bien sabido que Molina Foix y Cremades no mantienen relación, por lo menos amorosa, en la actualidad; y para aquellos que no lo sepan o que desconozcan de qué trata el tema, el propio argumento de la editorial en la contraportada nos ponen sobre aviso.
Lo llamativo no está tampoco en encontrarnos ante una novela que hable sobre las relaciones homosexuales de forma tan clara y sencilla, ni buscando una defensa sobre este tipo de relaciones. Afortunadamente, parece que cada vez es más fácil hablar abiertamente sobre estos temas y que ellos puedan demostrar en público sus sentimientos.
Lo llamativo, lo realmente fascinante y maravilloso, es su prosa, la forma en la que está narrado. Es un libro que sorprende, cuya lectura resulta gratificante, que te sumerge en sus páginas y en la profundidad de las reflexiones y de los recuerdos de ambos autores. Como quien no lo quiere, acabamos leyendo una página y otra, sin darte cuenta, sin darte cuenta del calado que va quedando.
Lo llamativo no está tampoco en encontrarnos ante una novela que hable sobre las relaciones homosexuales de forma tan clara y sencilla, ni buscando una defensa sobre este tipo de relaciones. Afortunadamente, parece que cada vez es más fácil hablar abiertamente sobre estos temas y que ellos puedan demostrar en público sus sentimientos.
Lo llamativo, lo realmente fascinante y maravilloso, es su prosa, la forma en la que está narrado. Es un libro que sorprende, cuya lectura resulta gratificante, que te sumerge en sus páginas y en la profundidad de las reflexiones y de los recuerdos de ambos autores. Como quien no lo quiere, acabamos leyendo una página y otra, sin darte cuenta, sin darte cuenta del calado que va quedando.
September 14, 2021
Escrita junto el poeta Luis Cremades (cada uno escribe, alternativamente, un capítulo), relata la relación sentimental que ambos hombres mantuvieron en la década de los años 80. Aunque se aprecia diferencia en la calidad literaria de los capítulos que cada uno escribe, el conjunto es sobresaliente. Y el final desmoralizador. Muy recomendable.
December 21, 2017
Muy interesante el ejercicio de dos memorias contrapuestas en el que muchas veces, una voz desacredita a la otra. El vínculo romántico entre los dos autores tensa las versiones que cada uno recuerda de episodios que los dos vivieron. La mirada poética de Luis Cremades es conmovedora.
January 31, 2026
Un interesante ajuste de cuentas, el amor y el desamor en toda su crudeza
August 26, 2016
Como un voyeur que retira un cuadro de la pared para mirar por un agujero oculto, así me siento al leer “El invitado amargo”, en la habitación anexa se encuentran Vicente Molina Foix y Luis Cremades, ambos desenterrando, con una precisión erudita, lo que fue su relación amorosa veinte años atrás. Debido a un hecho azarosos -unos ladrones entraron a robar en su casa dejando las cosas desparramadas por el suelo- Vicente descubre las cartas que le envió Luis durante varias décadas; ya con los años pasados, con el tiempo transcurrido, en ese momento dónde lo que ocurrió ocurrió y por tanto se pueden extraer certeras conclusiones de aquella experiencia, Vicente retoma el contacto con Luis para proponerle escribir una novela sobre lo que fue la relación entre ambos reflejada a través del intercambio epistolar. Luis aceptó el reto, y el resultado, este “Invitado amargo”, es una novela original y brillante escrita a dos voces y a cuatro manos.
Yo asisto como espectador, no puedo dejar de mirar por ese agujero oculto bajo el cuadro, como aquella película de Woody Allen -“Otra mujer”-, en la que un hombre escuchaba a través de la pared las conversaciones de su vecino psicólogo con una paciente, y escuchándolos a ellos también se escuchaba a él mismo. El análisis que realizan Vicente y Luis de aquellos sentimientos convergentes y divergentes -de qué cristalina manera se desnudan- es encomiable y poco usual (me recordaba a la intensidad de “El Alexis o el tratado del inútil combate”, de Marguerite Yourcenar -que de hecho es nombrada en un pasaje del libro-). Ya lo avanza Luis en las primeras páginas: “tengo la costumbre de hablar conmigo, de interpelarme frente al espejo, de decirme a las claras lo que soy y lo que no, de ponerme en mi lugar frente a las fantasías aprendidas en lecturas o conversaciones, es una manera de encarar mi propia imagen para disolver las ilusiones, y sobre todo, los conceptos, las ideas, los prejuicios, como formas más estables, más rígidas y peligrosas que las propias fantasías”. Con ese planteamiento sobre uno mismo sólo podría salir un libro como este.
Vicente tiene 35 años y Luis 19 cuando se conocen e inician esa relación. Vicente es el hombre maduro, cuenta con la ventaja sobre Luis, como él mismo escribe, de sus muchas lecturas (me encanta esa frase, la formación de cada uno en función de lo que ha leído -una imprescindible actitud vital-). Luis, en cambio, presenta más dudas, normal con 19 años, lo que no es normal a esa edad es la precisión de los sentimientos expresados en esas bellísimas y sorprendentes cartas que escribe. Vicente responde con solvencia: “cualquier amor adulto entre seres inteligentes será conflicto y difícil. Toda felicidad es una inocencia. Sé muy bien que sólo escribiendo uno llega a decirse las cosas que, pensadas o dichas, son más fugitivas”.
Ambos son dos hombres de letras, la novela es también un escaparate de lo que fue el mundo de las letras en el Madrid de los años ochenta, y como dos hombres de letras que son, el resultado es la altísima calidad de su literatura: la prosa, el vocabulario rico y preciso, el ritmo de narración, el enfoque escogido de tal manera que cada uno aporta su particular punto de vista sobre hechos comunes. En definitiva, que agradezco a los ladrones que haya cometido aquel robo si ello supuso el inicio de esta novela (¿podemos catalogarla como tal?, ¿crónica, autobiografía?) que me ha encantado, este libro sobre -copiando palabras de Cremades- el sexo y el amor, el deseo y la lealtad, el desahogo y el compromiso.
www.pablomartincarbajal.com
Yo asisto como espectador, no puedo dejar de mirar por ese agujero oculto bajo el cuadro, como aquella película de Woody Allen -“Otra mujer”-, en la que un hombre escuchaba a través de la pared las conversaciones de su vecino psicólogo con una paciente, y escuchándolos a ellos también se escuchaba a él mismo. El análisis que realizan Vicente y Luis de aquellos sentimientos convergentes y divergentes -de qué cristalina manera se desnudan- es encomiable y poco usual (me recordaba a la intensidad de “El Alexis o el tratado del inútil combate”, de Marguerite Yourcenar -que de hecho es nombrada en un pasaje del libro-). Ya lo avanza Luis en las primeras páginas: “tengo la costumbre de hablar conmigo, de interpelarme frente al espejo, de decirme a las claras lo que soy y lo que no, de ponerme en mi lugar frente a las fantasías aprendidas en lecturas o conversaciones, es una manera de encarar mi propia imagen para disolver las ilusiones, y sobre todo, los conceptos, las ideas, los prejuicios, como formas más estables, más rígidas y peligrosas que las propias fantasías”. Con ese planteamiento sobre uno mismo sólo podría salir un libro como este.
Vicente tiene 35 años y Luis 19 cuando se conocen e inician esa relación. Vicente es el hombre maduro, cuenta con la ventaja sobre Luis, como él mismo escribe, de sus muchas lecturas (me encanta esa frase, la formación de cada uno en función de lo que ha leído -una imprescindible actitud vital-). Luis, en cambio, presenta más dudas, normal con 19 años, lo que no es normal a esa edad es la precisión de los sentimientos expresados en esas bellísimas y sorprendentes cartas que escribe. Vicente responde con solvencia: “cualquier amor adulto entre seres inteligentes será conflicto y difícil. Toda felicidad es una inocencia. Sé muy bien que sólo escribiendo uno llega a decirse las cosas que, pensadas o dichas, son más fugitivas”.
Ambos son dos hombres de letras, la novela es también un escaparate de lo que fue el mundo de las letras en el Madrid de los años ochenta, y como dos hombres de letras que son, el resultado es la altísima calidad de su literatura: la prosa, el vocabulario rico y preciso, el ritmo de narración, el enfoque escogido de tal manera que cada uno aporta su particular punto de vista sobre hechos comunes. En definitiva, que agradezco a los ladrones que haya cometido aquel robo si ello supuso el inicio de esta novela (¿podemos catalogarla como tal?, ¿crónica, autobiografía?) que me ha encantado, este libro sobre -copiando palabras de Cremades- el sexo y el amor, el deseo y la lealtad, el desahogo y el compromiso.
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