A veces sucede que un libro llega a nuestras manos por razones desconocidas; nadie nos lo recomendó, no hemos leído una reseña edulcorada de él, quizá ni hemos leído antes ningún otro libro del mismo autor, pero en alguna librería lo tomamos y algo nos dice que lo llevemos con nosotros. No siempre el resultado es gratificante, pudiendo ser una lectura poco agradable o no necesariamente extraordinaria. Pero, en cambio, hay ocasiones afortunadas en las que ese algo que nos decía que nos lleváramos ese libro era acertado. Así me ha pasado con este libro de Roberto Merino, el que no dudo en decir que es el mejor libro de crónicas que he leído y de los mejores libros en general que he leído en mi vida. Agradezco que ese algo indefinible me dijera en la librería del Centro Cultural Gabriela Mistral, en Santiago de Chile, que llevara conmigo este libro extraordinario.
Crónicas breves y variadas. Me gusta más la relación de Merino con la ciudad que en este ejercicio de columnista regular de un cuanto hay. Me pareció un libro un tanto disparejo. La edición original era más breve. Quizá aquí el aumento en la extensión jugó en contra.
la narración digresiva de merino es siempre digna de aplausos, pero cuando estoy lista para juntar las manos enérgicamente surgen pasajes que me recuerdan que él es un... hombre.