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918 pages, Paperback
First published August 1, 1990
«En el transcurso de la vida, durante la cual traté a menudo de esclarecer ciertos hechos pequeños o grandes de la historia, he ido adquiriendo la firme convicción de que todo cuanto se dice y se escribe sobre los acontecimientos del pasado es falso en parte, incompleto siempre y a menudo amañado...»
«La vida pasada es una hoja seca, resquebrajada, sin savia ni clorofila, acribillada de agujeros, arañada con desgarraduras, que si ponemos a contraluz ofrece todo lo más la red esquelética de su delgadas y quebradizas nerviaciones. Son necesarios ciertos esfuerzos para devolverle su aspecto carnoso y verde de hoja fresca, para restituir a los acontecimientos o a los incidentes esa plenitud que colma a quienes los viven o les impide imaginar otra cosa.»
Hasta bien avanzada la última parte del tercer volumen, Yourcenar misma se describe apenas como un personaje más, de relevancia ni siquiera secundaria sino apenas testimonial, quizá porque esperara centrarse en ella y sus experiencias particulares en un posible cuarto volumen, que ya no llegó a escribir. Eso la distingue de otros libros de memorias de grandes escritores que me han gustado, como la Infancia y Juventud de Coetzee, Informe al Greco de Kazantzakis y Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, que hablan sobre y alrededor de ellos mismos, abriéndonos un tanto más la ventana a su propio interior.
No es que por ello las memorias de la Yourcenar desmerezcan algo, pues al igual que sus grandes novelas están escritas con ese estilo tan dulce, fluido y lúcido, que nos mece entre las palabras y sabe tan bien en qué momento y de qué forma sorprendernos, haciendo nuestras y para siempre unas reflexiones propias de alguien que ha vivido y pensado mucho a lo largo de toda una vida; a final de cuentas, el ser que fue Marguerite Yourcenar se revela en sus mismas palabras, en la forma en que veía el mundo y nos lo cuenta, en sus apreciaciones, particulares puntos de vista sobre esto y aquello, afectos, reproches (explícitos o velados) y en su mirada siempre crítica, penetrante, desveladora, independientemente de que el relato de sus particulares experiencias de vida quedaran en el aire.
No hubo tiempo.