Ensayo General es un libro que bien merecería las 5 estrellas si en la contracubierta se nos dijera que la novela es el diario de una mujer frívola y cosmopolita, una heredera y burguesa escritora por la gracia de Dios que no para de echarse flores en capítulos que no llegan a la página y media. El diario o las anécdotas de alguien que no caga, si no que defeca, y que no se masturba, se hace el amor o practica el onanismo más puro y místico.
Me he reído muchísimo con este libro y con estas perlas que ahora comparto con todos vosotros:
A la escritora que lleva dentro: "Muchos días no logro sentar a la escritora a la mesa, intento seducirla con mil artimañas, velas, bolis de colores, libros geniales, amenazas de ruina, de pobreza y de vida debajo de un puente, té francés, café del bar de la esquina, luz natural, paz, tranquilidad, ocho horas de sueño, viajes y regalos maravillosos una vez el libro esté acabado y, sin embargo, a la mínima señal de pereza, de nerviosismo, de falta de concentración o de entrega, a la mínima interrupción del mundo exterior (tengo que ir al súper, tengo que renovar el carnet de conducir, tengo que dejar a este hombre), la escritora se esconde y desaparece. Se puede follar con alguien sin estar ahí, pero escribir sin estar ahí es imposible"
¿Qué pobreza? Nunca lo sabremos.
A su niña interior: "«El Pequeño Príncipe» fue el primer libro del que me enamoré. Lo leí sentada en la alfombra del salón, rodeada de las altas estanterías de libros meticulosamente ordenados de mi madre. Si en algún momento de mi vida decidí que quería escribir (no fue así, no fue una decisión cabal, simplemente ocurrió y ocurre), fue después de leer «El Pequeño Príncipe»."
A su niña interior: He vuelto a ir al Liceo. De niña me llevaban a las representaciones de ballet. Mi madre reservaba uno de los palcos de platea y lo llenaba de amigos. Cada palco tenía su antepalco, un salón pequeño como un camarote de barco donde dejábamos nuestras cosas, comíamos canapés y charlábamos durante el entreacto."
A su yo más progre: "Marisa fue mi niñera, mi canguro, mi tata o como se llame ahora (seguro que alguien ha inventado una palabra más igualitaria y justa), pero ninguno de esos términos abarca lo que representó realmente para mí. Tampoco puedo decir que fuese como una segunda madre, sobreviví a la primera por los pelos."
Su yo menos irritante: "Las ostras, escribir, el sexo, la muerte, Dios, Rembrandt, Ingmar Bergman, Shakespeare, el Cap de Creus. Entre el souflé de chocolate y Dios no hay nada que me interese."
A ella misma: "Me gusta el cashmere más caro porque es el más ligero, todas las otras lanas me irritan la piel y me hacen sentir encarcelada, casi nunca llevo jerséis. Me gusta que me cojan de la mano, pero me gusta más que me la rocen. Me gustan los mechones de pelo revoloteando alrededor del rostro. El maquillaje ligero, la CocaCola light, la brisa en Cadaqués a punto de convertirse en viento."
No copio el capítulo en el que cita a por lo menos veinticinco escritores franceses (de los cuales ha aprendido mucho porque ha estudiado en el Liceo Francés y a los que empezó a leer imaginamos que con dos años, mucho antes de aprender su lengua materna) porque no sé si está permitido copiar capítulos enteros de un libro (aunque los capítulos no lleguen a la página de word).
Recomiendo encarecidamente la lectura de este libro, un gustazo leerlo si piensas que la narradora es un personaje de ficción. Lamentablemente es la puerta de entrada al alma de Milena Busquets (un alma de cashmere, por supuesto) y un ejercicio de peloteo supremo hacia uno mismo.
Ole tu coño, Milena.