Miguel Delibes Setién was a Spanish novelist, journalist and newspaper editor associated with the Generation of '36 movement. From 1975 until his death, he was a member of the Royal Spanish Academy, where he occupied letter "e" seat. Educated in commerce, he began his career as a cartoonist and columnist. He later became the editor for the regional newspaper El Norte de Castilla before gradually devoting himself exclusively to writing novels. He was a connoisseur of the flora and fauna of Castile and was passionate about hunting and the countryside. These were common themes in his writing, and he often wrote from the perspective of a city-dweller who remained connected with the rural world. He was one of the leading figures of post-Civil War Spanish literature, winning numerous literary prizes. Several of his works have been adapted into plays or have been turned into films, winning awards at the Cannes Film Festival among others. He has been ranked with Heinrich Böll and Graham Greene as one of the most prominent Catholic writers of the second half of the twentieth century. He was deeply affected by the death of his wife in 1974. In 1998 he was diagnosed with colon cancer, from which he never fully recovered.
Leer a Miguel Delibes se siente como cortar un buen queso, abrir una lata de sardinillas a la 1 del mediodía y acompañarlo de varios peñascos de una buena hogaza de pan.
En “Un mundo que agoniza”, Delibes nos habla directamente a diferencia de en sus libros anteriores, donde Daniel El Mochuelo, El Barbas, Pedro, El Tio Ratero… ponen voz a sus palabras.
“Un mundo que agoniza” es una obra preciosa que recoge la visión de Delibes. Se trata de una visión enterada, justa y sincera del mundo. Es interesante leer algunos datos que sobresaltaban a Delibes a finales de los 70 y compararlos con lo interiorizados que los tenemos a día de hoy, o leer otros como si fuesen profecías que un viejo cascarrabias lanzaba a los aires y que a día de hoy, por desgracia, ya se han cumplido.
Delibes coloca como protagonista al humanismo y a la naturaleza y no le es difícil imaginar un futuro, o más bien un presente donde ambos convivan. Y esto no quiere decir que Delibes rechace el progreso como tal, si no al retroceso que este trae consigo. Como él bien dice “el progreso ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón”
En mi opinión este es un libro que ha sufrido el paso del tiempo. Es cierto que algunas partes me han resultado interesantes (por ejemplo, lo relativo al éxodo a las ciudades y el abandono rural). Pero hay bastantes capítulos que tienen datos ya desfasados o predicciones que, incluso siendo acertadas, ya no sorprenden ni aportan gran cosa. En todo caso, la esencia del mensaje es ahora incluso más actual que en 1979, año en que se publicó este ensayo. Y eso hay que reconocérselo al autor. Además del mensaje, también me ha gustado que este ensayo permite conocer mejor a Delibes, los orígenes de sus temas recurrentes, el traslado de sus vivencias al papel. Esta parte resultará especialmente entretenida para aquellos que quieran conocer mejor a este escritor irrepetible.
Resulta fascinante cómo muchas de las palabras de Delibes podrían ser escritas a día de hoy. Unas palabras que, escritas desde el pesimismo, supieron describir el progreso tecnológico y el enriquecimiento de unos pocos en detrimento de la Naturaleza y la Humanidad.
Un libro que te deja pensando en el daño que le hacemos a la naturaleza (mezclado 100% con la política) pero al ser del año1975 se queda a medio camino de todo el daño que hemos causado.
Es un libro que si bien para algunas cosas ha quedado desfasado (en referencia a cómo se afrontaba la crisis climática en los 70) tiene una píldoras filosóficas incalculables. Delibes es un autor que tiene mucho que decir en nuestros días y sobre todo en nuestros debates, es por eso que creo que es recomendabilísimo.
“No basta que nadie no quiera hacer la guerra, si se quiere poder hacerla.”
Con 12 años, cuando nos obligaron a leer El camino en clase, me pareció un absoluto bodrio. Pero, ay, cómo cambia la vida cuando creces (o, al menos, cuando tienes un par de neuronas más amuebladas). Después de leer este discurso de Delibes, me estoy planteando seriamente darle otra oportunidad al libro.
Hay cosas en este texto que están desfasadas. Y no, Delibes no va a revelarte ninguna verdad que en pleno 2025 te deje con la mandíbula desencajada. Pero eso no quita que leer sus reflexiones sea un auténtico placer. Este hombre tenía una capacidad única para expresar lo que muchos pensamos, pero con un estilo tan impecable que hasta los temas más trillados parecen nuevos.
Y hablando de temas trillados, aprovecho para decirlo: ojalá toda la fachoesfera que actúa como si la Agenda 2030 hubiera sido diseñada exclusivamente para fastidiarles la vida se dignara a leer esto.
Han sido suficientes cinco lustros para demostrar lo contrario, esto es, que el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia.
No obstante, todo progreso, todo impulso hacia delante comporta un retroceso, un paso atrás, lo que en términos cinegéticos, jerga que a mí me es muy cara, llamaríamos el culatazo. Y la Física nos dice que este culatazo es tanto mayor cuanto más ambicioso sea el lanzamiento. Esto presupone que tanto la técnica como la Química, como muchos remedios de botica, sabemos lo que quitan pero ignoramos lo que ponen, siquiera no se nos oculta que, en muchas ocasiones, el envés de aquéllas, sus aspectos negativos, se emparejan, cuando no superan, a los aspectos positivos.
La pregunta irrumpe sin pedir paso: ¿va a dar para tantos la despensa? Si este progreso del que hoy nos jactamos no ha conseguido atenuar el hambre de dos tercios de nuestros semejantes, ¿qué se puede esperar el día, que muy bien pueden conocer nuestros nietos, en que por cada hombre actual haya catorce sobre la Tierra? La Medicina ha cumplido con su deber, pero al posponer la hora de nuestra muerte, viene a agravar, sin quererlo, los problemas de nuestra vida. La Medicina, pese a sus esfuerzos, no ha conseguido cambiarnos por dentro; nos ha hecho más pero no mejores. Estamos más juntos —y aún lo estaremos más— pero no más próximos.
Lo que no se presta a discusión es que el «estar bien» para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos, consiste, tanto a nivel comunitario como a niveles individuales, en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es posible «estar bien» en nuestros días. El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquieren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir, de tal modo que en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteligente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que nos son necesarios.
Simultáneamente, el desarrollo exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecanismo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a comprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas:«Este traje le enterrará a usted», «Tenga por seguro que esta tela no la gasta»
Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación en el hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría.
Fue, quizá, nuestro Carlos III quien descubrió, con el célebre motín de Esquilache, que los adultos eran «como niños pequeños que lloran y protestan cuando se les limpia y asea». Desde entonces, mayor preocupación que hacer justicia ha sido para los gobernantes buscar la manera de entretener al pueblo para que no la pida, esto es, para que «no de guerra».
En este mismo sentido actúa la organización del trabajo a que antes aludía. La rutina laboral genera el gregarismo en los ocios, de forma que todos los hombres se procuran análogas distracciones y unos mismos estímulos, por lo general, no fecundadores, ni liberadores, ni enaltecedores de los valores del espíritu. El hombre, de esta manera, se despersonaliza y las comunidades degeneran en unas masas amorfas, sumisas, fácilmente controlablesdesde el poder concentrado en unas pocasmanos.
[...] pero como dice Marías no basta con que nadie quiera la guerra, si «se quiere poder hacerla». Porque, si bien se considera el problema, a la guerra fría' de ayer ha sucedido una paz fría, casi más negativa que la situación anterior, ya que esta paz congelada demuestra nuestra incapacidad, o sea que, en vista de que una fraternidad cálida y universal parece fuera de nuestro alcance, nos resignamos a aceptar el miedo como garantía de supervivencia.
La Unesco recomienda, es verdad, a los Estados, la asunción de unas normas base para la formulación de un código internacional que proteja el derecho a la vida privada. Pero uno se pregunta, lleno de zozobra y ansiedad: ¿no serán los Estados los primeros interesados en tolerar tales aberraciones si el uso de las técnicas mencionadas viene a consolidar su autoridad y su poder? Y ante esta posibilidad estremecedora se abre la gran interrogante: ¿nose nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?
La Naturaleza so convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfaoción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder, encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después». He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.
La Naturaleza ya está hecha, es así. Esto, en una era de constantes mutaciones, puede parecer una afirmación retrógrada. Mas, si bien se mira, únicamente es retrógrada en la apariencia. En mi obra El libro de la caza menor, hago notar que toda pretensión de mudar la Naturaleza es asentar en ella el artificio, y por tanto, desnaturalizarla, hacerla regresar. En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder. Empero, el hombre se obstina en mejorarla y se inmiscuye en el equilibrio ecológico, eliminando mosquitos, desecando lagunas o talando el revestimiento vegetal.
Y ya que, inexcusablemente, los hombres tenemos que servirnos de la Naturaleza, a lo que debemos aspirar es a no dejar huella, a que se «nos note» lo menos posible. Tal aspiración, por el momento, se aproxima a la pura quimera. El hombre contemporáneo está ensoberbecido; obstinado en demostrarse a sí mismo su superioridad, ni aun en el aspecto demoledor renuncia a su papel de protagonista.
Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planeta Tierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale a reconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una, cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, que puede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo del hombre, en cierto modo, una humiIlación, pero también una toma de conciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecida que quiera estar, siempre será limitada. Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Merced al perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.
De aquí que, más que el gasto de metales y recursos no recuperables, a mí, personalmente y en líneas generales, me alarma el despilfarro de aquellos que pueden recuperarse y, sin embargo, no se recuperan. Gastar lo que no puede reponerse puede obedecer a una exigencia de un estadio de civilización voraz, que a nosotros mismos, sus autores, nos ha sorprendido, pero terminar con aquello que nos es imprescindible y cuyo final pudo preverse, revela un índice de rapacidad y desidia que dicen muy poco en favor de la escala de valores que rige en el mundo contemporáneo.
De la contaminación se habla mucho, como digo, pero la amenaza que comporta, salvo en casos aislados, no cala, no empuja a la acción. Por el contrario, cada país, por su cuenta y riesgo, sigue soñando con incrementar la renta nacional bruta y el nivel de vida de sus habitantes. El problema se estanca, pues, en la pura retórica. Las palabras no concuerdan con los hechos: digo que quiero limpiar pero en realidad lo que hago es seguir ensuciando.
Empero, algo hay aprovechable en el citado Congreso de Estocolmo: por primera vez se acepta que las posibilidades de regeneración del aire, la tierra y el agua, aunque grandes, no son ilimitadas; por primera vez se acepta la posibilidad de que nuestro mundo se vuelva inhabitable por obra del hombre. El hombre, desde su origen, guiado por unas miras que pretenden ser prácticas, ha ido enmendando la plana a la Natu- raleza y convirtiéndola en campo. El hombre, paso a paso, ha hecho su paisaje, amoldándolo a sus exigencias. Con esto, el campo ha seguido siendo campo pero ha dejado de ser Naturaleza. Mas, al seleccionar las plantas y animales que le son útiles, ha empobrecido la Naturaleza original, lo que equivale a decir que ha tomado una resolución precipitada porque el hombre sabe lo que le es útil hoy pero ignora lo que le será útil mañana.
Mas la sola sospecha ya es turbadora, con mayor motivo cuando sabemos que el futuro nos reclamará dosis de pesticidas cada vez más elevadas, ya que aunque los países desarrollados consigan fármacos menos persistentes pero más tóxicos que los actuales, los países pobres seguirán con los no degradables cuya fabricación es más barata.
Este azote de la contaminación, que estoy tratando de concretar en unos ejemplos ilustrativos, asume tonalidades aún más sombrías en el mar, donde, por diversas vías—ríos, lluvias, barcos— confluyen todos los elementos contaminantes que el hombre ha puesto en circulación: residuos radiactivos, detergentes, petróleo, fosfatos, mercurio, plaguicidas, etc. Ciertamente las posibilidades de recuperación del mar son muy crecidas, pero a estas alturas del siglo XX, el hombre puede también vanagloriarse de haberlas rebasado.
Mas el daño de la contaminación no es sólo directo. Sus efectos son muy complejos. Del Cañizo subraya la relación de la contaminación del medio y el hacinamiento con el desarrollo de ciertas afecciones psíquicas como la ansiedad, la angustia, la tensión, el erotismo y la agresividad.
Los hombres debemos convencernos de que navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo.
Se aducirá que soy pesimista, que el cuadro que presento es excesivamente tétrico y desolador, y que incluso ofrece unas tonalidades apocalípticas poco gra- tas. Tal vez sea así: es decir, puede que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, yo. las veo de esa manera.
Pero a lo que iba, mi actitud ante el problema —actitud pesimista, insisto— no es nueva. Desde que tuve la mala ocurrencia de ponerme a escribir, me ha movido una obsesión antiprogreso, no por que la máquina me parezca mala en sí, sino por el lugar en que la hemos colocado con respecto al hombre
Y empecé a darme cuenta entonces de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero, y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillos y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y, con los años, no quedaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras- el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.»
Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: «iQue paren la Tierra, quiero apearme!»
Es de todos conocida la figura de Miguel Delibes como uno de los autores más prolíficos de la literatura española y presentarle sería dar por hecho que nadie conoce quién es, porque o nos suena de oída o nos han obligado a estudiar su figura en el instituto. Miguel Delibes era un humanista y soñador que intentaba transmitir con sus obras un sentimiento de amor hacia el entorno rural y el medioambiente. De forma directa o indirectamente, los personajes de sus novelas expresaban el horror que les producía el entorno urbano y en cierta parte las máquinas. Pero este sentimiento no nace de la nada, sino que nace del propio Delibes.
Esta obra muestra una conferencia que dio el autor en 1975 inaugurando su entrada a la Real Academia Española. En ella aprovechó para hablar de un tema que para él era de vital interés, el mundo se estaba muriendo. La mecanización y los avances tecnológicos los consideraba como el retroceso de una pistola que, al ser disparada, te da en la cara. Su posición no era reaccionaria, sin embargo, muestra un alto escepticismo en que los avances tecnológicos sean beneficiosos en gran medida. Creía que estábamos expoliando al mundo de sus recursos naturales y que, si eso era progreso, todos los personajes de sus escritos se posicionaban en contra de ese progreso.
El consumo exacerbado de cosas inútiles, el abandono del entorno rural para engordar a la metrópoli, las crisis energéticas… Eran cosas que preocupaban sobremanera a Delibes. Su perspectiva catastrofista, como él la define, le hacía llegar a la conclusión de que esto no iba a durar mucho, que el mundo estaba tocando techo. Deforestaciones, escasez del petróleo, zonas verdes inhabitables, un futuro no muy lejano según el autor. Pero, después de casi 50 años de estas palabras de Delibes -y de muchos otros que auguraban que habría ciudades e islas inundadas, glaciaciones, calentamiento global…- podemos ver cómo ese futuro distópico sigue sin llegar.
Pese a las erróneas expectativas de Delibes, no se le puede quitar razón donde la tiene. Es cierto que no se va a conseguir nada si las grandes contaminadoras no van a esas reuniones con sus jets privados también. También es cierto que tampoco se va a conseguir nada si los políticos siguen haciendo ver que es un tema de interés general cuando, a la hora de la verdad, es un tema que no interesa a la mayoría de las personas. Y, dejando las críticas irónicas, es cierto que un consumismo exacerbado puede causar más mal que bien y que el Carpe Diem no es una forma de vida inteligente. Lo inteligente es prever, mirar hacia el futuro y conservar.
Aunque no esté de acuerdo con la mayoría de cosas que expone Delibes en esta conferencia, no puedo hacer otra cosa que no sea recomendar esta lectura y el ver de dónde nace realmente la genialidad de este autor.
El libro habla de la preocupación por el progreso del siglo 20 para el escritor Miguel Delibes y como ha plasmado en sus obras ese mismo pensamiento. Son las mismas inquietudes a las que llega cualquier persona analítica cuando mira de cerca el capitalismo. El problema del sistema capitalista es que nunca esta conforme, siempre hay mejores formas de producir más y no importa todo lo que se lleve a su paso(Aunque esto ha cambiado ligeramente en los últimos años, algunas empresas intentan producir menos plástico y adoptan procesos más sostenibles). Por eso se dice que el capital esta por encima del hombre, cuando debería ser el hombre quien estuviese por encima del capital.
Entiendo que a muchas personas les cae mal la actitud de Miguel Delibes de pensar en una consciencia universal responsable por el medio ambiente y los recursos cuando él en vida se dedicaba a cazar perdices. Pero en este caso creo que las personas que viven en el campo tienen otro concepto de la vida, no se trata de no cazar, sino de ese consumo voraz del capitalismo de literalmente arrasar en beneficio de la producción. Esto me hace recordar algunas reflexiones de Frank Cuesta que decía que a veces la caza es necesaria para crear un balance en el propio ecosistema, algo difícil de entender para los ecologistas. Como cuando irónicamente un citadino intenta explicar a un campesino que ha vivido en el campo toda su vida, que cuide el campo.
El libro hace una reflexión del progreso encaminado a una distopía, donde la tecnología cruza el límite de la privacidad. Al punto de convertirse en un panóptico y es allí donde se empiezan a dar tintes del dataísmo en donde se almacenan tantos datos de las personas, que incluso ellos saben más de nosotros, que nosotros mismos.
También menciona como algunos países hacen caso omiso de leyes internacionales en beneficio de la naturaleza. Por ejemplo la pesca indiscriminada de países asiáticos, sin importar que muchas especies estén en peligro de extinción.
Por último el autor hace un repaso por la manera en que ha escrito sus personajes en sus diferentes obras. Casi siempre con un profundo respeto hacia la naturaleza, y apegados al campo viendo inviable el progreso de la ciudad. Esto lo manifiestan en su lenguaje, casi siempre simple y como único recurso de supervivencia en un mundo que no les entiende, para no aislarse por completo.
Lo habia leido hace como 15 años en el instituto, no recordaba mucho.
Se escribio en 1979, por lo tanto han pasado 46 años. Lo que nos dice Delibes en este libro es actualisimo, hay algunos vaticinios que no han ocurrido, pero estamos en camino de ellos. Coincido en un 80% con lo que cuenta. Empero, también hay algunas partes con las que difiero mucho. Por destacar, hace 40 años nadie se esperaba que hubieramos casi triplicado la población mundial y estemos "merjor que nunca" respecto a la calidad de vida. Pero tambien hemos llegado a un punto en el que vivimos pero tampoco aportamos mucho al mundo.
Me gusta su reflexion final, ya en los años 70 se veia que el campo estaba desapareciendo y ahora en el 2025 sigue languideciendo, estoy de acuerdo en que en el campos se vive mejor, y tampoco digo que nos tengamos que ir a una aldea a vivir como hace 200 años, pero los pueblos tienen calidad de vida y se esta mucho mejor que en las grandes ciudades.
Conjunto de reflexiones y consideraciones en torno a cómo se ha establecido la relación entre la humanidad y la naturaleza, y los efectos que tiene la idea imperante de progreso y desarrollo sin freno sobre el futuro del planeta. Incluye, además, el discurso que pronunció con motivo de su entrada en la RAE. Delibes vuelca en este libro-ideario su percepción, a todas luces visionaria, sobre el futuro, no solo del planeta, sino de nuestra civilización. Asusta que sus previsiones y análisis, profundamente contrastados (abundan las referencias a estudios y personalidades de diferentes campos científicos y académicos) sean, desgraciadamente, tan actuales.
Es una recopilación de ensayos en favor de la naturaleza y en contra de una sociedad voraz y 'cegada' por el consumismo y beneficio a corto plazo, sin tener demasiado en cuenta los efectos colaterales sobre nuestro planeta. Siendo un tema tan candente y aunque el libro se publicase en 1979, no está tan desfasado como cabría esperar. Lectura recomendada tanto para los que les interese el tema, como para aquellos que quieran profundizar sobre la personalidad del autor vallisoletano.
La lúcida visión de quién, desde su atalaya de Sedano, vio un mundo sumergirse en la oscuridad del progreso para no despertar. Este discurso es una lección magistral de las varias que nos dejó Delibes, pero desde una órbita ensayística, en forma de crónica y reportaje, en la que nos advierte del caos al que nosotros mismos, como especie, nos dirigimos. Una señal de advertencia, de tantas, que no supimos o quisimos escuchar a tiempo.
Breve e interesante ensayo sobre la conservación de nuestro planeta, escrito con la maestría propia de Miguel Delibes. Contiene importantes reflexiones a tener muy en cuenta. Ilustrado con bonitos dibujos del pintor José Ramón Sánchez.
pese a que ciertos aspectos no se ajustan a nuestra realidad actual (ensayo ecologista que escribió delibes en los 70), siempre esa lucidez en la mirada y el pensamiento y diciendo verdades como puños, hay que amarlo a este hombre
Un ensayo que ha envejecido tan bien que parece escrito de hoy mismo. Escrito con pesimismo, y no le faltaba razón. Seguimos igual o peor. Recomendable.
Me ha gustado tanto como sobrecogido. Se trata del relato del autor con motivo de su ingreso en la Real Academia. En él se pone de manifiesto cómo los seres humanos nos estamos encargando de destruir el planeta. La obra está plagada de datos de diferentes investigaciones e incluye temas que van desde la contaminación hasta las relaciones humanas. Su lectura nos hace más conscientes todavía de que el tiempo juega en nuestra contra, que sólo de nosotros depende (o dependía) salvar nuestro planeta. Un planeta hermoso, lleno de contrastes y de posibilidades que estamos destruyendo. Resulta sorprendente que, a pesar de estar escrito en 1979, siga siendo un reflejo de nuestra triste realidad. Mejor no pensar que, los datos que ahí se refieren, pueden ser extremadamente peores en nuestros días. Para ensalzar aún más la obra, diré que incluye ilustraciones preciosas.
En este libro Delibes hace un canto a la naturaleza y la necesidad de preservarla, prácticamente recoge su discurso de entrada en la Academia, basándose en diferentes de los personajes creados en sus muchos libros escritos. Al igual que en muchos otros libros hace tanto tiempo que lo leí que no puedo tampoco aquí acordarme de muchos detalles, pero tengo una baga idea que me gusto y ademas de la critica que hace a la vida en las ciudades con su desarrollismo irracional, la descripción de la naturaleza típica del autor siempre es insuperable.
Es un libro para pensar en qué demonios estamos haciendo con el planeta, y a pesar de compartir casi la misma visión del mundo con el autor, había varias cosas sobre las que no me había parado a pensar.
[1979] El mundo lleva agonizando desde antes de mi misma existencia, que desasosiego el mío. Este Miguel Delibes contra el mundo moderno es obligatorio conservar.