Como una sábana en el cordel volando. Wet Floor, de Beatriz Aragón. Reseña.
Se ven ejemplares de kellys por casi todos los espacios. Se las reconoce por la faena de la que se ocupan. Por las calles estrechas y recién regadas de los barrios gentrificados, algunas mujeres avanzan con la voz temprana y un olor industrial y penetrante tatuado en la ropa. Empujan un carro preñado de sábanas blanquísimas a primera hora de la mañana, con un manojito de llaves cantarinas bailando al compás del vaivén de sus pasos. A veces son ellas mismas las que limpian sus propios hogares, convertidos en apartamentos turísticos, y sienten culpa y abandono cuando exprimen las lágrimas de la fregona.
Recuerdo en L’Assommoir a todas esas mujeres arrodilladas lavando la ropa, golpeando con fuerza las prendas; el agua, en principio limpia, adquiriendo poco a poco toda la suciedad; las manos agrietadas y las voces hablando en su propia jerga parisina, contando a veces confidencias a sus compañeras, peleándose otras, siempre bajo el cielo plomizo. Y entre todas ellas, la desafortunada Gervaise. Zola, una de esas plumas literarias con el don de saber captar el movimiento de las multitudes, lleva a esa mujer por los senderos de la precariedad y la pobreza. Si lo recuerdo es porque el poemario que acabo de leer de Beatriz Aragón, Wet Floor, hunde su mirada en ese mismo tipo de mujeres, solo que en este caso no son lavanderas en plena calle, sino limpiadoras explotadas en casas, hoteles y apartamentos turísticos. No estamos en el siglo XIX sino en el XXI. No recorren el cielo plomizo de París, sino que son hijas del sol y la sal, siempre con su carro de limpieza a cuestas, inconfundibles en su vestimenta, agotadas físicamente y con sueldos precarios e inestables. Las que solemos nombrar como «kellys».
La playa entera se barre en las habitaciones. Huele a protector solar por todas partes. Tu uniforme y las toallas embeben el cloro impertinente de la piscina del hotel que una y otra vez rodeas con la jaula de la ropa sucia. Hace calor, mucho calor por fuera de la carne, cuando llego a casa. Hace frío, mucho frío por dentro de la carne. Me habré enfriado en la piscina o barriendo la playa entera, me digo antes de tomarme el ibuprofeno. Mañana será otra playa.
Es el poema “Temporada alta”, situado aproximadamente a mitad del libro. Hay cosas en este poemario tremendamente acertadas. Primero, una toma de conciencia y dignidad que no suele ser común en la literatura. Luego, una percepción sensorial adaptada al oficio que se desempeña: se perciben la lejía, el sudor, el amoníaco, el cansancio de la jornada laboral, los dolores, la precariedad, la uniformidad de la vestimenta. Todo ello se articula desde distintos prismas. Quién no ha estado trabajando alguna vez y ha observado el ritmo de la gente y la circulación desde su puesto. Así se ve la vida, en este caso, desde una limpiadora:
Maletas, la gente, los trenes, los trenes, la gente y más maletas. Todos pasan corriendo mientras friego tranquilamente el andén.
También hay una limpieza aséptica en el estilo literario. Da la sensación de que la autora ha querido limar los versos, dejándolos muchas veces casi en aforismos. Porque el poema no solo se detiene en la precariedad y las exigencias de «las kellys», sino que se interroga sobre su propia vocación creativa: “El suelo del poema resbala siempre / y no se seca nunca”, o “Ser la que limpia / y ser la poeta / es ser casi la misma cosa. / Pequeñas revoluciones cotidianas”. Y este poema es especialmente contundente:
Limpio y escribo indistintamente. Las manos y la cabeza son herramientas complementarias. Escribir me mantiene en un estado de alergia continua. Limpiar me mantiene en un estado de alergia continua. Fui al médico, pero ya es tarde. No es posible saber cuál es la naturaleza del oficio que me intoxica.
No es el primer poemario de Beatriz Aragón —creo que ya es el cuarto, si no me equivoco— y hay en él una madurez que no solo es vital, sino también estilística: ir hacia lo hondo desde el terreno de lo cotidiano, extrayendo una poesía de la experiencia que, cuando es lograda y certera, nos atraviesa con su verdad. Porque no es lo mismo nombrar “la chica que limpia” que “la limpiadora”, y porque estas mujeres, muchas veces, tras sus extenuantes jornadas laborales, se ven obligadas también a limpiar sus propias casas. Todo por un sueldo que apenas permite salir adelante:
El cuerpo se acostumbra al dolor y a lo que sea necesario. La carencia es lo que te pone de rodillas para arrancar la cal de la placa de ducha. La pobreza sin disfraz, su daño.
El libro puede encontrarse en Libros de la Herida, dentro de su colección Poesía en Resistencia. Os dejo con “Conciencia”, un poema corto —como la mayoría de los incluidos en este poemario—, pero que dice mucho. Hasta otra.
La revolución está en nuestras manos. Cabeza alta y la dignidad posada en el pecho. En esta lucha la toalla no se tira; se recoge, se lava y se dobla. El pulso de agua limpiado es capaz de transformarlo todo. El frotar no se acaba nunca. Pensaban que limpiaba de rodillas, pero limpiaba siempre de pie.