Sería prudente alejarnos de cualquier tipo de prejuicios cuando nos adentramos en los terrenos de la fantasmagoría, asumir la propia esencia de las entidades que regresan del más allá y comprender que su presencia no tiene por qué estar asociada a la mera perversidad. El fantasma siempre estuvo acompañando al ser humano como aviso de su porvenir, en una suerte de premonición hacia la cual orientar los pasos inciertos. Nos asusta la idea de ser uno de ellos, nos aterra sentir su presencia, su realidad, la razón por la que regresan a un mundo que nos pertenece. Pero ese temor no tiene por qué suponer una presagio destinado al abrazo de la muerte. En esta colección de relatos de Rubén Mettini la presencia fantasmal se acerca más a su vertiente erótica que danza bajo la penumbra de los secretos. La eterna dualidad del Eros y el Tanatos se materializa entre las sábanas de los personajes que recorren estas narraciones, perpetuando deseos prohibidos entre sus páginas y reclamando un cierto anhelo de justicia. Los fantasmas que nos traer Mettini no son errantes eternos en búsqueda de saldar algún tipo de deuda. Están en paz, han aceptado su esencia, comprenden que su momento ya ha pasado. Sin embargo, miran con deseo aquello que no pudieron obtener en vida. Seres incomprendidos en el tiempo que codician poder mostrarse ante los vivos como siempre quisieron, sin esconderse, sin tener que disimular su propia condición. Espectros del arcoíris que han dejado de aparecer solamente en los días de lluvia. Una celda clausurada dentro de un claustro que reabre sus puertas, un espejo cuyo reflejo arrastra un orgullo arcaico, un combate entre un fantasma y un humano por el dominio de una habitación. Un enamoramiento con un gélido personaje que guarda secretos en su habitación, una traición dolorosa hasta la muerte, unas llaves que abren secretos, seres de la noche que buscan compañía…los relatos que contienen estos espectros del arcoíris están llenos de dolor, miedo y nostalgia, pero también de orgullo y reconocimiento por una libertad que se prolonga mucho más allá de la muerte. Entre ellos sobresale La última cena, un pequeño y delicioso homenaje a una época en la que los fantasmas no necesitaron cruzar el umbral para ser temidos y que tuvieron que soportar el miedo en los ojos de los demás. Uno de esos relatos que emociona desde su sencillez y que estremece desde su realidad. En definitiva, estos espectros del arcoíris suponen un enfoque valiente y necesario a la narrativa de fantasmas que llena cada una de sus páginas de fuegos fatuos y ecos de un pasado que no quiere ser olvidado.