María Gainza en Hotel Jorge Juan mencionaba La radio puesta, un librito muy breve de su amigo Javier Montes. Hablaba con tanto entusiasmo de él que, a pesar de que yo no soy una gran amante de la radio, me interesó tanto como para buscarlo en Wallapop y comprarlo. Lo leí según me llegó y no me gustó nada. Es repetitivo, con 2 ó 3 ideas interesantes, pero insuficientes para sostener las 96 páginas del libro o mi interés. Yo no soy ni he sido nunca una gran escuchante de radio, no tengo recuerdos asociados a ella más allá de las mañanas de mi infancia durante los 80, en las que de camino al colegio escuchaba Los Porretas en el coche de mi padre. Eran otros tiempos, mi hermana y yo compartíamos el asiento del copiloto mientras mi hermano iba detrás, mi padre fumaba apoyando el codo en la ventanilla abierta y donde ahora están las espantosas Torres Kio había un tiovivo.
«La radio es café sonoro: poco a poco, con cada sorbo, aviva la conciencia, reanima la memoria, despierta el sentido del humor, la imaginación, la capacidad y las ganas de hacerse ilusiones o desesperar de la vida: nos sitúa de nuevo en ella y la ancla a nosotros».
A lo mejor a alguien muy enamorado de la radio le encanta, pero tengo mis dudas. Como he dicho antes, hay dos ideas buenas y mucha nostalgia.
«La radio acompaña. Como acompaña el fuego de una chimenea, como el ruido de la lluvia en el tejado o del río frente a la casa aquel día en que el ruiseñor vino de visita. Radio, fuego, río, lluvia: esas cuatro cosas tienen en común que no necesitan nuestra atención: suenan, arden, fluyen solas. Sabemos que podemos desatenderlas sin miedo a no encontrarlas luego en su sitio, desengancharse y reengancharnos a ellas a voluntad».