Сейс Нотебоом, выдающийся нидерландский писатель, известен во всем мире не только своей блестящей прозой и стихами - он еще и страстный путешественник, написавший немало книг о своих поездках по миру. Перед вами - одна из них. Читатель вместе с автором побывает на острове Менорка и в Полинезии, посетит Северную Африку, объедет множество европейский стран. Он увидит мир острым зрением Нотебоома и восхитится красотой и многообразием этих мест.
Cees Nooteboom (born Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom, 31 July 1933, in the Hague) is a Dutch author. He has won the Prijs der Nederlandse Letteren, the P.C. Hooft Award, the Pegasus Prize, the Ferdinand Bordewijk Prijs for Rituelen, the Austrian State Prize for European Literature and the Constantijn Huygens Prize, and has frequently been mentioned as a candidate for the Nobel Prize in literature.
His works include Rituelen (Rituals, 1980); Een lied van schijn en wezen (A Song of Truth and Semblance, 1981); Berlijnse notities (Berlin Notes, 1990); Het volgende verhaal (The Following Story, 1991); Allerzielen (All Souls' Day, 1998) and Paradijs verloren (Paradise Lost, 2004). (Het volgende verhaal won him the Aristeion Prize in 1993.) In 2005 he published "De slapende goden | Sueños y otras mentiras", with lithographs by Jürgen Partenheimer.
La primera mitad: espectacular. Un libro buenísimo sobre Menorca. Lástima que Siruela no revise sus correcciones y escriba mal palabras en menorquín :s
Ik ben in Albarracín, Teruel, Aragón (Spanje) wanneer ik dit boek lees. Soms komen boeken op je pad juist op het moment dat je ze nodig hebt, zoals nu. Cees schrijft fijn en herkenbaar, met een pienterheid die ik niet terugvind onder de meeste Vlaamse schrijvers. Het leest vlot, is een kompas tijdens m’n onderzoek naar het leven hier. Als fervente reiziger krijg ik vaak de opmerking dat ik vlucht om één of ander oud verdriet te ontwijken. Nooteboom zegt: “Wie veel reist wordt tot vervelens toe geconfronteerd met de vraag of hij soms voor iets op de vlucht is, maar daar gaat het niet om. Het gaat om het verdwijnen, en er tegelijkertijd te zijn.” Ik ben hier en ik ben er met m’n gedachten bij. Dit is een van de vele citaten die troostend werken. Volgens mij wordt dit een boek dat ik altijd mee zal dragen tijdens mijn volgende verkenningen doorheen de wereld. Bedankt Cees. Op naar die volgende knallers van je, ik ben benieuwd en bewonder je.
Desconocía a este autor (es imposible conocer a tantos como existen), pero aun así he disfrutado de la lectura y del aprendizaje que Lluvia Roja me ha aportado, pues además de empaparme de todo lo que Nooteboom explica sobre su propia experiencia, también desgrané las múltiples capas que pueden extraerse de cada episodio que cuenta. Me encanta cuando una obra ofrece posibilidades que van más allá del contenido que sus autores pretendían plasmar y transmitir. Además, si la prosa es elegante y cuidada, y al mismo tiempo se reserva espacio a la naturalidad cotidiana, el gozo es mayor.
En el primer capítulo y apertura de la obra, Nooteboom renuncia al protagonismo y se lo cede a Murciélago, una gata que, aunque haya tenido varios dueños (considero a Nuria una más, puesto que la alimentó durante mucho tiempo), siempre se ha pertenecido a sí misma; más a la tierra que a una familia humana. ¿Quién sabe si Murciélago tenía más familias en Menorca? El hecho de que Nuria se haga cargo de la alimentación de la gata durante más meses que sus propios dueños, demuestra que es esencial establecer una buena convivencia entre vecinos para que, cuando sea necesario, unos puedan pedir favores de este tipo a otros. Un gran ejemplo de relaciones humanas que abre la puerta a cuestionarse muchas cosas.
Los dos primeros debates que Lluvia Roja planteó en mi mente fueron, en primer lugar, el de los animales que viven entre la libertad y el pseudo-abandono de unos dueños que no residen junto a ellos. El segundo fue el de la realidad de muchas poblaciones de Baleares, en las que durante el año residen pocos habitantes y en verano se llenan de forasteros que han comprado propiedades y acuden a gozar del buen tiempo. Adoro las obras que me hacen reflexionar sobre aspectos sociales aunque, en principio, esta no fuese la intención de sus autores.
Otro aspecto que he disfrutado en los primeros capítulos ha sido conocer Sant Lluís y sus alrededores a través del autor. El hecho de que Nooteboom solo residiera allí en verano, permite que pueda transmitirnos los cambios en el tiempo de manera distinta a cómo lo haría un habitante que reside todo el año, pues en el día a día los cambios apenas se aprecian, mientras que alguien que visita un lugar pasados varios meses o casi un año, seguramente tenga una visión distinta y note las diferencias de manera más clara. Me detuve en particular en la página en que Nooteboom destaca la casa abandonada en su ascenso hacia Santa Águeda y reconoce cada una de sus partes: la cocina, la chimenea, las paredes descoloridas, etc., y se para a imaginar qué objetos habría colgados en ellas. Muchos nos hemos visto en la misma situación de toparnos con un edificio en ruinas y hemos dejado volar nuestra imaginación; hemos experimentado miedo, tensión y libertad creativa a través de las historias que se han dibujado en nuestras mentes. Mención especial a cuando describe los muros que dividen el territorio y cambia la perspectiva desde tierra hacia el cielo, a vista de pájaro. El mundo se percibe distinto visto desde el suelo que desde las alturas.
Otro método al que Nooteboom recurre para narrar el paso del tiempo es a través de las personas. A lo largo de los años, se cruza con vecinos y habitantes de Sant Lluís que se dedican a varias tareas (cuidar el jardín, entregar correo, llenar de agua la cisterna, etc.). De algunos se acuerda mejor que de otros, y destaca rasgos o comportamientos propios de cada uno. La memoria falla y se activa cuando menos se espera.
Los capítulos Vecinos, Correo y Gallina exploran más en profundidad las relaciones humanas que se establecen en áreas rurales y la cadena de favores a la que se hizo referencia en Murciélago. Peticiones, favores, exigencias, tareas pagadas… a lo largo de los años estas relaciones pueden darse de muchas maneras, de modo en que fortalezcan la unión entre personas o, por el contrario, ocasionen malentendidos y rencillas que nunca se arreglen. A veces surgen anécdotas como la que expone en Freixura, cuando se desata una discusión vecinal acerca de cómo preparar los caracoles.
Destaco sin duda Encuentro con una mayúscula. Me ha encantado la personificación de la L y el juego lingüístico/humorístico que se trae con el autor. Escoger una sola palabra que se ajuste a comenzar por una letra determinada para definir un concepto tan amplio y diverso como «libertad» no es fácil, y creo que Nooteboom hizo bien al tomarse un tiempo de reflexión y dialogar consigo mismo, con la vida y con la tarea que le encomendaron, pues solo así llegó a la conclusión que mejor se adaptaba. Elegir la palabra «LEER» fue una gran idea, pues aúna muchas acciones y actividades. Leer es un acto de rebeldía y de elección que también implica dejar volar la imaginación. ¿Hay algo que entrañe más libertad que imaginar? No se me ocurre nada. Me resultó un capítulo muy ameno de leer, colmado de humor y de referencias culturales, uno de esos que invitan a pensar más allá de lo que estamos leyendo y a aportar nuestro granito de arena, aunque el autor ya haya dejado por escrito lo que él quería transmitir.
También disfruté el capítulo anterior, Jardinero sin jardín, en el que el autor retoma la cuestión del paso del tiempo y habla de las diferencias que se aprecian en el entorno según la época del año y cuando ya ha transcurrido un tiempo desde que se visitó por última vez. Uno de los pasajes que más me enternecieron fue el que menciona el agave, pues en él se hace referencia a la capacidad de asombro que los seres humanos estamos perdiendo, quizás debido al ritmo frenético de la vida actual. Nooteboom se detuvo a observar la planta y se permitió maravillarse con el episodio inusual que le regaló la naturaleza. Pocas veces podemos gozar de momentos de asombro y el autor supo retratarlo tan bien que al leerlo sentimos la emoción de ver la planta y creernos partícipes del momento, aunque haya pasado bastante tiempo desde el día en que se produjo y pese a que nunca estuviéramos presentes.
El siguiente tramo de relatos, titulado HUELLAS, comienza con Lluvia roja, que da título a la obra y responde a un fenómeno atmosférico bastante frecuente en el Mediterráneo. Una vez más, el autor aprovecha para hilar la narración con la exploración de la memoria. Un simple acto de la naturaleza como una hipotética lluvia de barro despierta recuerdos en el autor. La lluvia conecta con el barro, el barro con el Sáhara, el Sáhara con Marruecos y este país se vincula a un viaje que Nooteboom realizó junto con una mujer que murió tiempo atrás. Como los pasos que damos en cada viaje, una pregunta lleva a otra. ¿Cuándo se hace uno mayor? La cuestión se plantea varias veces y recibe respuestas distintas, lo cual denota que no existe solo una manera de abordar el tema, y que este se afronta de modo distinto según la persona a la que inquieta y el momento en que cada cual se encuentre en su vida. Me recordó a una reflexión que hizo Iñaki Gabilondo, la cual citaré de memoria y probablemente no le haga justicia: «envejecer es un juego de despedidas, de capacidades físicas que se van perdiendo, de amigos y de gente que ya no forman parte de nuestras vidas… de la capacidad de fascinación». Quizás por eso me emocionó que Nooteboom se asombrase tanto con el agave y con su jardín como para dedicarle unas páginas e inmortalizarlo. La escritura hace magia.
En el relato que sigue, Primeros viajes, Nooteboom también se despide de rostros que no logra recordar, aunque al mismo tiempo vuelve a darles la bienvenida a través de los episodios que recuerda. Algunos rostros se desvanecen, pero los recuerdos ligados a esas personas se resisten a borrarse. Otros rostros permanecen y son los recuerdos los que se esfuman. Curiosa es la memoria. Subrayo dos párrafos en particular por todo lo que entrañan: «Sus rostros, restregados contra el muro del tiempo, han desaparecido, la memoria los ha borrado, no veo a ninguno de los dos» (¿Quién era Arthur Edell?) y «A veces desearía uno volver a verlos a todos, a los otros, a todas esas personas que ha conocido a lo largo de la vida de manera casual o menos casual, los rostros olvidados o recordados» (Sí, Eminenza).
Reencontrarse con algo escrito por uno mismo hace años siempre resulta chocante, pero toparse con un diario de adolescencia detallado debe ser una experiencia asombrosa. No he tenido el placer ni la desgracia de hacerlo, pero alguna que otra vez me he reencontrado con dibujos, anotaciones o escritos de hace bastantes años y comparto la sensación de familiaridad y extrañeza que Nooteboom comenta en su relato. Es extraño, porque uno no se reconoce y al mismo tiempo sí. Recuerda un viaje en particular que hizo en bicicleta desde Holanda hasta Bélgica y Luxemburgo y muchas de las cosas que aprendió. Otras vivencias las ha olvidado, y siempre duele no acordarse de algo que hemos vivido, y más cuando otra persona lo vivió junto con nosotros. ¿Hacer memoria en estos casos es un acto de traición? ¿Cuánto de lo que creemos recordar sucedió realmente y de la manera en que lo recordamos? ¿Forzar la memoria rescata los recuerdos reales o los va maquillando a medida que los acercamos al presente desde el pasado remoto? ¿Hemos idealizado algún pasaje de nuestras vidas? Adoro la capacidad que tenemos los humanos de hacernos preguntas que no podemos responder o que pueden responderse de tantas maneras que ninguna y todas ellas son fiables.
La segunda mitad de la obra expande horizontes en el espacio y en el tiempo. En primer lugar se abre al mundo entero, geográficamente hablando, y además retrocede y avanza en el tiempo para trasladarnos a diferentes episodios de la vida del autor. Qué mejor manera de hacerlo para un nómada como Nooteboom que mediante experiencias y anécdotas que mueven la narración a través de viajes tan distintos entre sí. En avión, en barco, en coche o a pie; el medio de transporte es lo de menos cuando la idea de desplazarse por el mundo se instala en la mente del autor.
Me ha gustado mucho el capítulo dedicado al herbario, pues aunque Nooteboom no se traslada de lugar y solo pasa páginas, viaja por su propia memoria. A veces, explorar hacia el interior de uno mismo puede constituir un viaje tan intenso y enriquecedor como el hecho de viajar a cualquier parte del planeta. Como bien dice Nooteboom, viajar solo o acompañado puede, en ocasiones, marcar la diferencia, y casi seguro el mismo viaje se entenderá como experiencias dispares. En los viajes en pareja o en grupo, el lugar al que se viaja es el mismo para todos, pero las sensaciones y experiencias que cada viajero obtenga siempre serán diferentes. Es lo que hace mágico el acto de viajar. Destaco en este punto la reflexión que Nooteboom hace (de nuevo) acerca de la memoria. Cuando esta falla, no queda más remedio que fiarse de lo que otra persona nos cuente, aunque la memoria de esa persona pueda también fallar o idealizar algo que no ocurrió del modo en que relata. A veces pienso que, en ese sentido, los diarios de viaje no fallan y logran transportarnos de manera bastante fidedigna a un momento casi olvidado. Como bien dice Nooteboom: «Releyendo mis palabras soy capaz de sentirlas literalmente».
Recordé algún que otro viaje. En concreto me sucedió en el capítulo en que el autor rememora su viaje en barco, cuando observa desde la popa las estelas que se dibujan en el mar. En un viaje a Oulu (Finlandia), me pasé largo rato en el vagón de cola, contemplando a través de la ventanilla de la puerta trasera del tren, los raíles que iban quedando atrás, arropadas por los árboles nevados que había a ambos lados de la vía. Del mismo modo que Nooteboom, también tuve una experiencia rara en un avión. Volviendo de Helsinki un mes de diciembre, hice testamento durante unas turbulencias —que obligaron a toda la tripulación a sentarse y abrocharse los cinturones— mientras el avión sobrevolaba el macizo central francés. Ahora me río y lo recuerdo con cariño, pero en aquel momento, con el avión medio vacío y las alas cubiertas de hielo, vi toda mi vida pasar por delante.
Del tramo final del libro me quedo sin duda con el capítulo titulado Un encuentro en Recanati. Adoro las historias que se desarrollan dentro de otra historia y nos permiten conjeturar quién es el protagonista real de dichas vivencias, si el personaje o el propio autor. En este caso, Nooteboom se pone en la piel de Krueger, un poeta y editor alemán, que pasea por las calles de Recanati, cuna de Giacomo Leopardi, a quien Krueger admira. Al igual que le sucedió al autor con Pier Angeli en el capítulo Primeros viajes, en este caso Krueger (o el propio Nooteboom) también hace un viaje y recorre un lugar gracias a la admiración que siente por otra persona o por su obra. Este relato me transportó a otra ciudad y pude sentir la fascinación por descubrir nuevos rincones y secretos asociados a un artista al cual se admira. Al final del capítulo la imaginación de Krueger (y de Cees) vuela y se produce la magia. Krueger se reúne en la calle con la estatua de Leopardi, que ha cobrado vida, le habla y se acompañan mutuamente en un paseo irrepetible.
Otro capítulo que me gustó fue Entre mañana y ayer, el relato de Tonga, lugar desde el que es posible contemplar lo vasto que es el océano. Un ser humano es pequeño e insignificante en comparación con el mundo que lo rodea y, sin embargo, forma parte del todo. Una vez más, el autor se mueve por el entorno y acaba visitando Samoa, un lugar especial vinculado a otro autor al que admira, en esta ocasión Robert Louis Stevenson. Me recordó a cuando en una excursión del instituto que hicimos a Francia, visité la tumba de Antonio Machado en Collioure. Son momentos de conexión entre lector y autor que enriquecen nuestras vidas y trazan una línea que desafía al tiempo. En Pastor alemán, Nooteboom me ofreció otra perspectiva acerca del Mont Ventoux, montaña que he visitado únicamente gracias al Tour de Francia (solo cuando el trazado de la competición ha incluido alguna etapa que pasase por allí o finalizase en su cumbre). Es terrible que la acción humana impacte negativamente en la naturaleza desde hace tantos siglos hasta el punto de transformar el aspecto de una montaña entera. En otro orden de cosas, me llamó la atención que el autor supiera que Fula era hembra pero siguiera refiriéndose a ella como macho. Me invitó a reflexionar acerca de un hecho común en literatura de viajes y en prensa: «lo que no se nombra no existe». Si un autor miente en su descripción de algo o de alguien, puede llegar a invisibilizar la realidad. Ocurre lo mismo con las traducciones. Si un traductor se empeña en borrar referencias que existen en la obra original o decide interpretar algunos fragmentos a su conveniencia (o a conveniencia del editor), dichas referencias no llegarán a los lectores. Me pasó hace poco, mientras leía Los miserables, que tomé consciencia de la cantidad de versiones abreviadas, censuradas y recortadas que pueden existir de una misma obra. Por suerte leí una buena traducción de la obra íntegra, lo más fiel posible a cómo la escribió Víctor Hugo y tuve oportunidad disfrutar de la obra al completo, con todos los pasajes que no aparecen en otras versiones retocadas y con todas las implicaciones que conlleva cada párrafo.
De vuelta a Nooteboom, diré que Lluvia Roja ha sido una lectura agradable y de la que he aprendido muchas cosas, como siempre me ocurre con los libros de viaje.
Een drie, maar sommige essays zijn zeker een vier waard. Een aantal heel mooie beschouwingen over het leven (van alledag) en de natuur. Ik vond het essay ‘Rode regen’, waar het boek naar genoemd is, een van de mooiste, over oud worden. ‘Een van de eigenaardigste dingen aan het oud worden is dat ongeveer alles een herinnering oproept.’ Dat is ook de rode draad doorheen de essays: herinneringen ophalen.
Deze had ik al lang liggen van de boekenmarkt, lijkt mij gesigneerd door Cees zelf in 2008 te Edegem; eronder tekende dezelfde pen een lezende smiley, onverwacht speels, zoals het boekje zelf.
Het komt allemaal wat traag op gang, maar gaandeweg wordt duidelijk dat Nooteboom zijn hulpeloze tuinieren in zijn Menorca als metafoor uitwerkt voor hoe hij op zijn 75e omgaat met zijn herinneringen. Het resultaat daarvan is veel minder afstandelijk dan de journalistieke reisverslagen die ik van hem ken. Je krijgt meer biografische context bij zijn allereerste reizen en de ontstaansgeschiedenis van zijn romans. In het laatste essay komt het hoe en waarom van de reiziger Nooteboom helemaal samen en dat heb ik dan ook ademloos uitgelezen.
Es mi primer libro de este escritor, me ha encantado mucho Lluvia Roja, la primera mitad me fascino, y la segunda mitad del libro me la bajó un poco, sin embargo seguiré leyendo más de él.
he disfrutado mucho su lectura, los paisajes y recuerdos que va tejiendo en su relato. Ojalá se haga más conocido el autor, definitivamente merece mas reconocimiento.
Mooi boek. Reisverhalen van de grote reiziger - en grote schrijver- Nooteboom. Niet zomaar reisverhalen maar terugblikkend op een al lang leven, beschouwend. Bijzonder: Langzaam voorgelezen.