Un testimonio que recoge varios métodos que brindan al ser humano la posibilidad de sanar las heridas y reconciliarse con la vida.
El periodista Adolfo Zableh, con sus propias preocupaciones y dolores por sanar, probó yagé, comió hongos, hizo un retiro de silencio de 12 días, fue a una terapia de movimiento ocular, terapia de sanación budista, acudió al yoga, al biofeedback, a la carta astral, a las constelaciones familiares, a los registros akáshicos, a la terapia de ángeles, para buscar respuestas o sus preguntas. Este libro es ideal para quienes, al igual que al autor, están mirándose, cuestionándose e intentando hacer las paces con la vida. Un testimonio personal pero claramente universal.
Adolfo Zableh Durán es un escritor y columnista barranquillero. Estudió Periodismo en la Universidad Javeriana. En 2010 dio sus primeros pasos con el blog La copa del burro. Desde entonces ha colaborado con medios como Soho, El Tiempo, Fucsia, El Espectador, El Heraldo, Pacifista, El Locutorio y Vice. En 2016, Planeta editó su primera novela literaria, Todos tenemos una historia que olvidar. Su pasión por el fútbol lo llevó a escribir con Carlos Alberto Sánchez Amor a la camiseta - Las historias del uniforme de nuestra selección.
Leer este libro me ha traído una sensación de contento, alivio, cariño, entre otras emociones y pensamientos, pues este personaje a quien he amado por escribir como lo hace, que inspira aunque no lo crea, me abrió (nos, pero digo a mi porque es una relación de esta lectora con este escritor) su corazón y vulnerabilidad y para mí no hay más hombría, y valentía que esa, por encima y superiormente de aquellos hombres que van por la vida simulando tener algo resuelto. Muchos abordan la sanación y el camino del auto conocimiento desde aristas específicas y especialidades , pero Adolfo hizo una tarea personal que finalmente se convierte en un menú para conocer todas las técnicas y herramientas de autoconocimiento disponibles y su experiencia personal con cada una de elllas.
Recomiendo mucho su libro, rápido de leer y cómo siempre no decepciona jamás en lo sabroso de su escritura, aunque esta vez sea desde un enfoque tranquilo y pacífico y de gran conexión con el ser, y distante a lo que estamos acostumbrados en sus columnas.
Me gustó mucho. Al principio pensé que era de superación personal, pero en realidad es más como si fuera su “diario” personal. Hay cosas muy relatables, que se pueden transpolar an mis procesos de vida entonces, de pronto, por eso me enganche tanto…
A Zableh lo empecé a leer hace muchos años con su blog “la copa del burro”. Yo era adolescente y él lo parecía, aunque ya fuera un adulto. Escribía con odio y rabia visceral, lo cual me encantaba. Ahora, el paso del tiempo y de la vida misma lo han hablando.
Este Zableh se nota más alegre y dispuesto, lo cual se nota a su vez en su forma de escribir, lo que literariamente tiene tiene mucho mérito.
Este libro va de lo que todos queremos y no hacemos: trasegar un camino de la mano de las mil y un posibilidades que la ciencia y la mística nos ponen para encontrarnos a nosotros mismos.
Cada capítulo es una terapia diferente, descrita con facilidad y suficiente información de lo que le sirvió, sintió y le pareció.
Excelente libro para un fin de semana tranquilo y para los días en que la vida se pone difícil.
Ojalá pudiéramos obtener los contactos de sus terapeutas.
Encontrarse a uno mismo: la identidad como relato en tiempos de obsesión por el “yo”
En Adolfo Zableh, la pregunta por “encontrarse” no conduce a una revelación íntima ni a una receta de autenticidad. Conduce, más bien, a algo más inquietante: descubrir que eso que llamamos “yo” está hecho de capas de memoria, familia, país, silencios y versiones cambiantes de nuestra propia historia. El libro se presenta como un recorrido personal, pero termina funcionando como un espejo cultural para cualquier lector contemporáneo que, en medio de redes sociales, genealogías, terapias y discursos de autoafirmación, intenta responder quién es realmente.
El texto no propone una teoría explícita de la identidad, pero encarna una intuición muy potente: no somos una esencia, somos un relato. Esta idea dialoga con la tradición que va desde John Locke, para quien la continuidad personal depende de la memoria, hasta miradas más recientes como la de Michel Foucault, que entienden al sujeto como una construcción histórica y cultural. Zableh no teoriza estas ideas; las muestra en acción a través de recuerdos, episodios familiares y reflexiones que revelan cómo la identidad se arma y se desarma con el tiempo.
Uno de los ejes más sugerentes del libro es el papel de la memoria. Recordar no aparece como un acto fiel al pasado, sino como una relectura constante desde el presente. En ese sentido, el texto roza una preocupación literaria que recuerda a Marcel Proust: el pasado no es algo fijo al que regresamos, sino algo que reconfiguramos cada vez que lo evocamos. Si el pasado cambia, también cambia la historia que nos contamos sobre quiénes somos. La identidad, entonces, no es una verdad estable, sino una narración en permanente edición.
El trasfondo cultural latinoamericano atraviesa silenciosamente la obra. La familia, el apellido, las expectativas heredadas y la relación con el país muestran que el “yo” no nace libre, sino profundamente condicionado. Aquí resuena la intuición existencialista de Jean-Paul Sartre: no elegimos las circunstancias en las que llegamos al mundo, pero sí qué hacemos con ellas. La tensión entre herencia y elección aparece como uno de los motores del relato.
En contraste con la cultura contemporánea del “sé tú mismo”, el libro funciona como una crítica implícita a la idea de que existe una identidad auténtica esperando ser descubierta. Lo que aparece, más bien, es un proceso lleno de dudas, revisiones y zonas grises. No hay revelación final ni esencia encontrada. Hay, en cambio, una toma de conciencia de cómo se fue construyendo la idea que tenemos de nosotros mismos.
El valor del libro está, en buena medida, en su forma. Zableh escribe desde la experiencia, no desde el concepto. La filosofía entra por la vida cotidiana, por anécdotas y recuerdos concretos, lo que permite que el lector se reconozca sin sentir que está leyendo un tratado. Es un ensayo literario que abre preguntas filosóficas sin nombrarlas como tales.
Su límite está precisamente ahí: plantea interrogantes profundos —¿existe una identidad auténtica?, ¿podemos desprendernos de lo heredado?, ¿hasta qué punto somos dueños de nuestra historia?— pero no los desarrolla de manera sistemática. Para un lector que busque argumentación filosófica explícita, puede quedar la sensación de que el libro sugiere más de lo que profundiza.
Encontrarse a uno mismo no ofrece respuestas, sino una mirada honesta sobre el proceso de construir una identidad en un mundo que insiste en que deberíamos tenerla clara. Más que decirte quién eres, el libro muestra cómo llegaste a creer que eres quien eres. Esa diferencia, sutil pero decisiva, es lo que convierte esta obra en una lectura filosóficamente sugerente y culturalmente muy actual para cualquier lector que quiera pensar, con calma, la obsesión contemporánea por el “yo”.
Me gustó mucho el libro. Más allá de las 12 formas de curación, la historia de la evolución de su trauma, de su perspectiva personal, y como lo ha llevado a hoy es apasionante. Cuanta con mucha valentía y a la vez vulnerabilidad lo que sus años más oscuros le trajeron. Es un relato totalmente honesto, con las luces y las sombras de un ser humano que solo quiere estar mejor.
“Y con ello llega la aceptación, que no es lo mismo que la resignación. Aceptar es entender que nada está bajo nuestro control, y aunque tal concepto pueda parecer pavoroso, es al final una liberación si se pone en práctica; cuando entregas el control de aquello que nunca fue tuyo, la vida se hace mucho más llevadera. Aceptar es entender y acoplarse, puro instinto de supervivencia, y no es lo mismo que resignarse. Mediante vipassana aceptas las contrariedades, pero no te rindes ante ellas, más bien buscas la manera de sortearlas. Cuando hablo de esto pienso en un vaso que cae al piso y se rompe. Resignarse sería lamentarse por el hecho, maldecir a la vida, renunciar a lo que ibamos a tomar e incluso negarnos a recoger los pedazos rotos; la claudicación definitiva. Aceptar es entender que a veces fallamos, que los objetos se nos resbalan de las manos y que el vidrio se quiebra con facilidad. Luego de esto, reparamos el daño, sacamos otro vaso de la alacena, calmamos nuestra sed y pasamos al siguiente asunto.”