Juan Carlos Garay narra desde su primer encuentro con "KInd of Blue" de Miles Davis en una cava que en vez de vinos conservaba vinilos, hasta sus conclusiones al acompañar con el disco las distintas etapas de la seducción.
Periodista, escritor y traductor. Estudió periodismo en la Universidad Javeriana de Bogotá, después cursó estudios de posgrado en periodismo cultural en American University de Washington. Durante ese tiempo (1996-1997) trabajó como corresponsal del Magazín Dominical de El Espectador y fue traductor y realizador de espacios musicales para la Voz de América. Entre 2004 y 2009 fue miembro del consejo editorial de la revista Rolling Stone. Actualmente se encarga de la sección de música de la revista Semana y presenta todas las mañanas el programa "La onda sonora" en Radio Nacional de Colombia. Es colaborador habitual de las revistas El Malpensante y Ñ (del diario Clarín de Buenos Aires). En 2008 ganó el Premio de Periodismo Simón Bolívar por sus escritos sobre música. Es autor de dos novelas: “La nostalgia del melómano” (Alfaguara, 2005) y “La canción de la luna” (Icono, 2011), así como coautor -junto con otros tres investigadores- del libro “Jazz en Bogotá” (Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, 2010).
Cuando tenía 20 años estaba desesperada por aferrarme a la vida de alguna manera. Ya había coqueteado con la muerte en una ocasión, eso es algo que nunca se olvida, algo que sucede más veces en la vida; es un ir y venir, una especie de baile en el que hay que seguir el compás con tranquilidad pero con extremo cuidado. Estaba frustrada al perseguir a un dios que parecía enojado todo el tiempo, mientras que yo intentaba hacer de aquella deidad una figura paterna que no pudo ser. Era de una denominación sectaria muy radical en la que me habían aislado del mundo por completo: estaba prohibido ir a cine, escuchar música secular y decir malas palabras, eso entre muchas otras cosas. Así que ya muy cerca de terminar mi pregrado, cuando apareció la asignatura Apreciación del jazz dentro de la parrilla de asignaturas, no me lo pensé dos veces. ¡Era un pequeño acto de rebeldía!
Era un secreto, mi pequeño secreto, pues me adentraba al mundo musical -una vez más luego de haberlo abandonado en mi adolescencia- sabiendo que estaba prohibido para mí, que aquellos cantantes y músicos que vivían vidas bohemias, permeadas por las drogas y el racismo, no iban precisamente a acercarme a dios. Pero bueno, dios ya estaba lejos, ¿qué demonios importaba? Lo que sucedió fue mágico. Aprendí que hay un dejo en la voz de aquellos que han sufrido, y que del alma brotan las melodías más profundas cuando hay dolor. Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, John Coltrane, Miles Davis y tantos otros intérpretes del jazz me guiaron en ese swing que parecía hacerme olvidar de todas las dicotomías que tenía instaladas en mi interior y que me susrraban al oído que me rindiera en el simple hecho de existir. Fue un semestre de dicha, de calma en el pecho, eso solo cada martes cuando entraba a aquel salón lleno de estudiantes de música y solo me dedicaba a escucharles hablar.
Años más tarde, me topé con un melómano. El primero que había conocido de aquella especie era mi papá, pero se marchó muy pronto y nunca pude aprender de ello. Al conocer a Juan Carlos Garay, amante de la música, el cine y la literatura, me recordó mis años de universitaria donde sentía que la melodía se me metía bajo la piel y me hacía vibrar. Sus libros -todos inspirados en la música- me fascinaron y se estableció una especie de cordialidad alimentada por el amor a la literatura. Para cuando se lazó su último libro, Kind of blue, yo estaba muy lejos de ser la que era en mis primeros pasos hacia el jazz. Lo recibí de sus propias manos, pidiéndome que lo leyera y hablara de él en mis redes. Yo, dichosa pero sin decirle mi secreto amor por el jazz, lo recibí y lo devoré en apenas unas horas.
Me sumergí en la lectura con facilidad mientras de fondo sonaba So what, Blue in green, All blues y la melancolía del pasado. Hay una doble connotación en el título del disco: Kind of blue. Blue significa en inglés triste; si se escucha el disco puede ser algo melancólico, sí. A mí, en particular, me evocó una época de mi vida algo triste, algo difícil, algo extraña. Supongo que es este disco la banda sonora de aquella época, de aquel momento superado, de aquella pequeña batalla ganada. También el título -según el autor- significa que esto es jazz, pero no completamente. Lo es sin serlo, es su naturaleza.
Juan Carlos comenta este disco, explica particularidades del mismo y lo articula con experiencias propias. ¡Una delicia de leer! Es como escuchar a un amigo hablando de una banda que le gusta, solo que Juan Carlos lo hace con un lenguaje delicado y a la altura de la música de Miles Davis. La única queja que tengo es que este ensayo tiene apenas 67 páginas en las que el escritor lo único que logra es antojar mucho más al lector, seducirlo y llevarle al deseo irrefrenable de permitir que las melodías invadan cada centímetro del alma. Creo yo que era ese el objetivo de Juan Carlos, ¡y vaya si lo logró!
Me parece bastante sorprendente como se puede llegar a estudiar una obra, no por su construcción o por su significado, si no más bien por su impacto.
Pero me resulta más sorprendente como un album de 5 tracks, una obra por así llamarla "sencilla" en su realización y concebida hace casi 70 años, trasciende en el tiempo casi de forma intacta en los corazones y oídos de las personas.
Desde citas de diferentes tipos de personas en el medio, lecturas no tan obvias a simple vista pero bien argumentadas y anécdotas íntimas, son los ingredientes perfectos que ayudan a entender por qué la experiencia es un factor importante en el acto de la creación.
Me recuerda mucho a una pequeña película japonesa de 1985 llamada "Tampopo" dónde se exploraba como el acto de comer representa en si la conexión inevitable entre el arte y la existencia humana. Es ahí donde la experiencia juega un papel importante, porque somos seres nacidos para experimentar, para poder sumergirnos en el hechizo hipnotizante de un plato de comida, de una pintura, de una película, de la textura de un árbol y por supuesto, un hermoso album de Jazz.
Tomé la grandiosa decisión de terminar de leer este libro mientras volaba de regreso a casa, a altas horas de la noche con Kind of Blue sonando de fondo.
Tengo que admitir, que casi lloro. Amo la música maldita sea.
Sentido homenaje a un disco clave de la historia del jazz, un buen repaso por todos sus secretos que nos permite entrever las bases de lo que fue la composición de este album fundamental.