¿Hay que derribar las estatuas? ¿Debemos eliminar todos los vestigios de regímenes pasados ya superados?
Vivimos tiempos de iconoclasia; pretendemos ajustar las cuentas con el pasado derribando estatuas de órdenes caducos. Pero ¿es este el mejor camino para alentar una verdadera cultura democrática? ¿Debe imponerse la memoria histórica sobre la preservación del patrimonio histórico?
Eliminar símbolos del pasado, ¿no puede convertirse en una forma de negacionismo, de falsificación u omisión de realidades que, aunque no nos gusten, existieron?
A partir del examen de los vestigios franquistas, el autor reflexiona sobre cómo relacionarnos con el pasado a través de sus monumentos más incómodos.
Daniel Rico (Barcelona, 1969) es profesor de Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Barcelona. Suele escribir sobre arte medieval y poesía epigráfica, y en ocasiones sobre patrimonio y museología. Ha publicado la edición bilingüe del poema carolingio Hortulus, de Walafrido Estrabón (Pre-Textos) y, en Anagrama, ¿Quién teme a Francisco Franco?
El núcleo del libro en sí me parece muy interesante: ponderar intereses de patrimonio histórico (conservación de elementos históricos en su lugar y condiciones de origen, en la medida de lo posible) y memoria histórica. Aun así, creo que pasa de puntillas al valorar política y socialmente el legado de la dictadura en la sociedad actual y despacharlo como algo pasado, sin influencia en el presente y por tanto inofensivo. Entiendo que no es un ensayo que tenga ese enfoque, pero ese argumento de valoración política lo utiliza varias veces para indicar que lo que es pasado merece consideración y conservación patrimonial etc. No creo que el vínculo con el franquismo esté tan superado como para considerarlo absolutamente inofensivo y sin influencia. Me gusta mucho además, las críticas a las leyes de memoria histórica/democrática en lo relativo a patrimonio y conservación de monumentos.
Por otro lado, no cubre un aspecto que me resulta importante como es el uso del espacio público como recurso limitado. Por ejemplo, una gran estatua ecuestre en un lugar central en una ciudad puede tener relevancia desde el punto de vista del patrimonio, ¿pero al ser un lugar tan preeminente no podemos considerar también el uso que no se da a ese limitado espacio?
No le doy más nota, por cierto, a pesar de que me ha gustado, porque tiene un estilo innecesariamente farragoso y lioso que dificulta mucho su lectura.
El tema en si mismo me parece interesante, tratar la eliminación de monumentos o símbolos en general y del franquismo en particular. El autor a grandes rasgos destaca su eliminación como la peor de las soluciones, abogando por su conservación añadiéndole de un modo u otro una contextualización propia de la época que vivimos.
La baja valoración es, principalmente, por dos motivos. El primero es que, aún teniendo estudios relacionados con lo expuesto, me ha costado no perderme en una prosa demasiado enrevesada. Entiendo que es un ensayo no destinado a profanos pero, aún así, considero que no hay razón para no escribir de la forma más sencilla posible sin por ello renunciar a la calidad del texto. La segunda razón es que, aunque es un libro muy corto, me parece que se alarga en exceso yéndose por las ramas en lo que podría ser un excelente artículo de unas, por ejemplo, 30 páginas. Si te interesa el tema y esto no es obstáculo para ti, puede ser un buen libro.
Un libro interesante en el que el autor comete un gran error: menospreciar el auge de la ultraderecha. Lo estamos viendo, lo estamos sintiendo, y aunque los monumentos no son culpables, creo que no se puede hacer un ensayo sobre su importancia historica sin tener en cuenta la realidad en la que vivimos.
Provocador, adogmàtic, il·lustrat. Fa que pensar i incomoda per igual. L’autor aposta per la contextualització dels monuments de glorificació del feixisme i una actualització del seu significat per desterrar-ne el valor commemoratiu. Daniel Rico aposta per deixar que “la discòrdia” d’aquests monuments provoquen un debat democràtic que permeta construir millor la democràcia. Això sí: parteix de la idea que el sistema democràtic espanyol està suficientment madur i que la nostàlgia del franquisme és irrellevant. Una cosa que m’ha fet pensar és la incoherència que senyala amb la Llei de Memòria Democràtica de 2022, que persegueix objectes amb actes de retirada, però no “actes amb objectes”, en al·lusió a les manifestacions i encontres de filofranquistes impunes. En resum, Rico fa un esforç de pensament molt interessant i útil per qüestionar la manera en què el passat ens ha de servir al present.
Le doy un cuatro porque me parece que está muy bien documentado y que plantea temas muy interesantes, como hablar del valor artístico e histórico desde un punto de vista teórico en la primera parte o plantear soluciones en la segunda y la tercera.
No estoy de acuerdo en algunas cosas y no se lleva un cinco porque, como ya he leído en otros comentarios, pasa de puntillas por la herencia social que ha tenido y tiene el franquismo en España. Por desgracia, aún no se puede decir que sea algo del pasado. Hay mucho trabajo todavía para poder pasar página, en mi opinión. ¿Ese trabajo pasa por quitar monumentos y estatuas franquistas? Pues no tiene por qué. La contextualización de estos monumentos desde un punto de vista histórico (y con una mano creativa, a ser posible) podría resultar muy educativo para las nuevas generaciones, que parece que se están olvidando de lo que fue la dictadura.
El tema del libro me ha hecho profundamente reflexionar respecto a la gestion que se da en monumentos históricos actualmente y personalmente creo que el punto de vista del autor es sumamente interesante. Apostar por un pensamiento crítico es tan necesario sobretodo en la sociedad actual que se encuentra adormecida por las resdes sociales.
Por contraparte no me gutó tanto la forma en la que se redacta el libro, me ha hecho desconectar en varias partes y perderme en otras. Frases inmensas y a veces muy enrevesadas no me han permitido conectar con partes de este.
Se trata de una lectura donde separar el interés general del ensayo y mi grado de acuerdo personal con su perspectiva no es tarea sencilla. Y eso que es una lectura que da de pensar, lo que siempre es positivo.
Por un lado, su tesis central, en su faceta histórico-crítica, guerreando con las leyes de memoria histórica y democratica, está bastante bien fundamentada: los monumentos franquistas no debieran ser eliminados o censurados, sino descontextualizados, revisitados, inutilizados y didacticamente presentados al ciudadano con fines pedagógicos. Los ejemplos alemanes e italianos ponen la guinda a dicho discurso.
Pero hay varios problemas. Para ser historiador del arte, su posicionamiento es excesivamente historicista. No tiene en cuenta la ambigüedad (histórica y mítica, estética e histórica, etcétera) propia de lo artístico, ni tampoco ciertas dimensiones estéticas. ¿Quizás sea pedirle mucho, y éste señalamiento no es fundamental para sostener su núcleo argumentativo?
Precisamente esa falla se une a dualismos excesivamente marcados (memoria contra historia, religión contra historia...), lo que me provoca interferencias con sus frecuentes anotaciones retóricas.
No puedo, por ejemplo, estar de acuerdo en que el peso del franquismo y su legado estén tan muertos como él pretende. Basta leer el voluminoso compendio de "En el combate por la historia" (Angel Viñas, editor) para entender que seguimos inmersos en multitud de falacias y leyendas acerca del pasado reciente. Tampoco puedo abrazar sin más su afirmación rotunda y reverencial hacia la Transición, donde él certifica la victoria de la democracia. Ni la seguridad con la que asevera que VOX no reclama la figura de Franco...
Ojo, porque Daniel Rico parece olvidar que décadas de democracia no llevaron a ninguna resignificacion de los monumentos franquistas... ¿Cuanto tiempo hacía falta?¿Como puede ser puntilloso con el memorial de Hiroshima y no lo puede ser con los silencios de la derecha al respecto de los valores nacionalistas franquistas, hoy por hoy vigentes?
Y, con todo, reiteramos nuestro acuerdo con su tesis central. Una noción importante e inteligente que podría haber ganado más fuerza si no estuviera lastrada por un estilo rancio literariamente, así como por unas dosis de certeza embrolladas de los excesos que he comentado.
Estoy muy en desacuerdo con aspectos de este libro, y otros me han sorprendido gratamente y me han hecho reflexionar. Es un libro que me ha resultado tanto interesante, como frustrante. ¿Están muertos los apoyos sociológicos de la Dictadura? Una buena parte de ellos, sí. Pero no creo que lo estén en su conjunto. Sectores de la judicatura, del poder legislativo, incluso de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, beben de sus fuentes e ideales. No con cánticos o consignas como lemas de base. Pero si con una estructura y órdenes de origen dictatoriales. ¿Qué hacer ante ello? Pienso que es un problema que no se puede ignorar. Agradezco sus aportaciones críticas alrededor de la actual Ley de Memoria Democrática y sus flecos, que los tiene, y de los que no había sido en verdad consciente.
Ora sí, yo soy el primero que se posiciona en contra de la iconoclasia de los últimos años. Pienso que tirar una estatua al mar no es ningún logro social ni patrimonial, aunque sea fruto de una indignación y enfado social legítimos. Hay herramientas y formas de tratar el patrimonio, tanto desde la legislación como desde el arte, que pueden penalizar y anular la carga totalitaria de ciertos espacios públicos sin necesidad de alteraciones sustanciales al patrimonio que lleven a su desaparición. Los fantasmas del propio patrimonio del franquismo pueden llegar a alimentar su relato. La construcción de un contra-relato cívico, en un ejercicio de crítica histórica y política, puede ser un arma más eficaz a nuestro alcance.
Pero el riesgo del fantasma franquista está ahí. En el Congreso, en las cortes autonómicas, en las calles, restaurantes, concentraciones políticas... Está ahí, y está vivo. Más vivo de lo que deja entrever, yo creo, este libro. Comparto la reflexión de que mantener un monolito en un antiguo campo de batalla no va a alimentarlo. Pero pienso que hay que apreciar su terrible vitalidad, que, aunque sutil, amenaza con atacar nuestras libertades básicas.
No suele ocurrir a menudo, pero a veces llega alguien extremadamente inteligente y bien informado y te cambia los esquemas. A través de un estudio bien informado y estructurado, Rico analiza la vida de los monumentos conmemorativos, que con el tiempo se convierten en monumentos históricos y justamente pierden su valor conmemorativo. Tomando ejemplos de países como Alemania, Italia o Japón y de monumentos vinculados al fascismo europeo o a la II Guerra Mundial, el texto se plantea la idoneidad de la iconoclasia de las leyes de memoria españolas y defiende la conservación crítica de los monumentos franquistas, mucho más imaginativa y rica en significados que su mera eliminación del espacio público, un hecho que pretende hacer ver que eso nunca existió cuando es mucho más didáctico asumir su presencia y resignificarlos.
Mi casa de la infancia tiene una placa que la señala como vivienda de protección oficial del INV. La casa de mis abuelos también la tenía. También la de mi tía. Y las de mis amigas. Antes de saber quién era Franco, las flechas me señalaban los limites geográficos de mi barrio. Estas placas, aunque no un monumento, es uno de los muchos retazos que nos quedan del franquismo. Porque sí, aunque Daniel Rico se ampara en una supuesta desvinculación entre Franco y sus herederos ideológicos, a nivel práctico no creo que sea una cuestión tan sencilla.
¿Su punto fuerte? El análisis y crítica a las Leyes de Memoria Histórica y Democrática. Y que te hace pensar, como mencionan otras reseñas (aunque no estés de acuerdo con todo lo que dice).
La reflexión que hace es muy interesante y necesaria, desde un punto de vista distinto al que estamos (¿estoy?) acostrumbrados. No le falta razón en cuanto a fondo, pero en mi opinión peca de comprar de base el relato de la Transición y tratar al franquismo como una momia del pasado (casi equiparándolo con el Antiguo Egipto). Aún así, muy recomendable.
molt bon llibre per ampliar les mires d’una perspectiva històrica encara latent i present en el dia a dia. un final excel·lent del llibre que deixa ganes a més.