un trocito del ensayo que he escrito para clase con este libro como fuente bibliográfica principal:
Funes es «menos un ser humano que un espejo lleno por completo del mundo, alguien que solo disponía de unos pocos rincones oscuros y puntos ciegos para albergar un yo que fuera suyo» (Pressley, 2025, p. 311). De esta manera, busca consuelo en la única forma de olvido a la que aún puede acceder, en un intento por preservar el único elemento de ambigüedad y potencialidad que le queda.
Como bien establece Pressley (2025) en su comparación final, tanto Funes el memorioso como el hombre alemán perdieron la fe en su propia vida. El primero perdió su individualidad al tener un control pleno sobre un autoconocimiento siempre exacto y ser idéntico a sí mismo en cada instante de su vida. El segundo, al encontrarse atado a un pasado fijo accesible para todos, perdió la confianza en que su vida dependía de él. Del mismo modo, ambos recurrieron a distintas formas del olvido para mitigar o solucionar el exceso de conocimiento sobre ellos mismos y el mundo, Funes a sus casas indeterminadas construidas con tinieblas y el alemán a su derecho de supresión.
El recuerdo y el olvido son inherentes a la condición humana, su capacidad para destruir lo dañino y conservar lo fundamental nos permiten avanzar y poder disfrutar tanto del presente como del futuro (Martínez López-Sáez, 2022). Por ello, el derecho al olvido y toda su dimensión expresiva son esenciales en la actualidad, para construir una sociedad formada por individuos sanos y libres, capaces del cambio y la sorpresa, necesitamos cierto equilibrio entre el olvido y la información (Pressley, 2025). Una de las afirmaciones más conocidas del Oráculo de Delfos es «conócete a ti mismo», pero también «nada en exceso», o como bien dice el antiguo y eterno refranero español «ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre». Es necesaria una estabilidad que nos permita mantener la idea de que el mundo de la actividad humana es libre y abierto, que existen zonas de la existencia que escapan a la superficialidad de la información y hacen que merezca la pena vivir. Nada de reflejos perfectos llenos de mundo, sino los quiméricos museos de los que hablaba Borges, repletos de formas inconstantes y espejos rotos.