Con su serie de Santa Rita, Elia Barceló no solo ha creado un más que interesante grupo de noirs mediterráneos en los que la luz de la costa mediterránea contrasta con la oscuridad de los secretos que allí se esconden, si no que ha conseguido dar vida a un lugar que estoy convencido todos los lectores desearían poder visitar en la vida real, ya que regresar a Santa Rita y a sus habitantes una y otra vez se siente como volver a casa. La primavera y el verano han dado paso al otoño en esta tercera entrega, y quizás sea por esto que es un poco más oscura que sus predecesoras.
Santa Rita se prepara para celebrar el Día de Difuntos, pero este año la muerte ronda más cerca que nunca. La Inspectora Lola Galindo debe investigar la desaparición del líder de los Mensajeros de Ishtar, una secta a la que se ha unido la nieta de una de la habitantes de Santa Rita. Al mismo tiempo el descubrimiento de una soga colgada de un árbol en un antiguo invernadero y los secretos que guarda Sofía O’Rourke, la dueña de Santa Rita, impulsarán a su sobrina Greta a tratar de reconstruir la historia de la familia.
Siempre es un placer volver a Santa Rita y esta vez no ha sido la excepción. Les tengo ya tanto cariño a los personajes que perfectamente podría leer una historia acerca de su día a día sin misterio de por medio. Uno de los aciertos de la serie es que hace sentir al lector que es uno más de los miembros de la comunidad de Santa Rita, lo que facilita enormemente conectar tanto con la historia como con los personajes. La sensación de comunidad que allí se respira, el hecho de que todos vayan a una sin importar quién o por qué necesita ayuda en ese momento, crea un estado de confort que resulta de lo más gratificante.
Las grandes protagonistas de la historia de Santa Rita son las mujeres y, una de las cosas que más me gusta de la serie, es la amplía representación que hace de ellas, desde adolescentes hasta una nonagenaria. Sofía O’Rourke y su fascinante pasado familiar son el hilo conductor que vertebra todas las novelas. Este pasado y los temas que en él se abordan sirve para mostrar al lector la evolución que hemos experimentado como sociedad a lo largo de los años, aún cuando todavía queda mucho por avanzar. Estos paralelismos que se pueden establecer entre la trama de la pasado y la del presente, incluso cuando en apariencia pueden no tener nada que ver, me resultó de lo más interesante.
En Santa Rita todos sus habitantes son importantes por igual, y en las novelas no podía ser de otra forma, cambiando el foco de personajes en cada nueva historia, y otorgando mayor o menor relevancia a unos u otros en función de las necesidades de la historia.
En esta ocasión podemos encontrar una gran carga de crítica social hacia el abuso y la manipulación llevada a cabo durante siglos por las religiones o, en las últimas décadas, por sectas de reciente creación que utilizan la culpa como forma de intimidar, aprovechándose de la vulnerabilidad de ciertas personas para ir atrapándolas poco a poco en su redes, consiguiendo aislarlas totalmente del resto del mundo. Visto desde fuera es fácil identificar la toxicidad de ciertas creencias o discursos, pero cuando necesitas creer en algo y alguien con pocos escrúpulos te dice ese algo que necesitas oir, se puede llegar a entender por qué siguen existiendo este tipo de grupos.
En cada nueva entrega se hace un pequeño homenaje a alguno de los maestros del misterio clásicos, y en esta ocasión es fácil reconocer pequeños guiños a Patricia Highsmith y a su personaje más icónico, Tom Ripley, ya que la manipulación psicológica es uno de los elementos clave de la novela.
Con su prosa evocadora y descriptiva, Barceló no solo consigue transportar al lector a Santa Rita, hace que este VIVA Santa Rita. El final de la tetralogía se acerca y no sé si estoy preparado para despedirme de Santa Rita y todos sus habitantes. Nos vemos en invierno.