Un sobrino que nació y creció en Perú preguntó en una visita si en Chile decimos "el papá, la mamá" o "mi papá, mi mamá", cuando hablamos de ellos en tercera persona con los hermanos. No recuerdo qué respuesta recibió, pero lo que yo no le dije es que el uso del artículo o el posesivo es una marca de clase en Chile: la clase alta habla de "el papá" o "la mamá", pero fuera de ese grupo resulta natural decir "mi papá" o "mi mamá".
En esta novela que habla de un padre, el uso del artículo es la norma, es decir, está escrito por alguien que usa el sociolecto de clase alta, tal como escriben Elizabeth Subercaseaux o Pablo Simonetti, por ejemplo. Parientes pobres, pero de los pobres de arriba.
Tenemos a un padre nonagenario internado con su hermana en un asilo, ya ambos han perdido la memoria, no saben que son hermanos y se han enamorado. El padre tuvo once hijos y la mayoría se encuentra en una serie de mensajes de Whatsapp, o así lo imagino yo, donde tratan el tema de qué hacer con los ancianos que están provocando problemas en el asilo, pero en esos mensajes hablan más de sus taras que del problema que los aqueja.
Las reuniones de chat (un chat ideal, eso sí, sin autocorrector ni frases incoherentes ni emotíconos) son el pretexto para lanzar largas reflexiones, recuerdos, anécdotas, justificaciones, aclaraciones, y sacadas de trapitos al sol, todo ello unido por distintas variantes de la frase que pretende darles término y que hace todo lo contrario: "Ya, todo bien, pero ¿qué hacemos con el papá?". Al final, pareciera que no tienen muchas ganas de deshacer el entuerto en que los tiene metidos el padre y la tía sino que usarlos como excusa para continuar un contacto medio enfermizo entre ellos mismos.
Eso no es todo, la familia tiene muchos secretos y hay muchas cosas que primero se insinúan en las conversaciones y luego se van descubriendo. Historias entre sórdidas y desfachatadas, o sea, historias tragicómicas. Es que las familias que se describen son de gente bastante loca. Locas de manicomio, quiero decir.
Tiene seis capítulos y no todo ocurre en un chat, también hay un relato en primera persona (o dos, creo) de la hija de Raimundo, otro de trabajos literarios de una de las hermanas que nos descubre a la mamá ausente, etc.
Al principio no me tincó mucho, con el insufrible hermano tirado a poeta-hippie-ecologista-idealista, la hermana que escribe bonito, la media hermana buena-ondita, etc., pero poco a poco va agarrando fuerza, aunque a ratos se pierde un poco el ritmo.
Me pareció también que para haber tantos personajes tan distintos unos de otros, sus voces eran bastante parecidas. Como variantes de una misma voz, con la excepción del hermano mayor, Rubén, que habla puras huevás. La hija de Raimundo, por ejemplo, está terminando leyes por lo que debe andar por sus veintitantos, pero habla como cualquiera de sus tíos.
Es la única novela que he leído de Rafael Gumucio y la encontré entretenida, el tema es novedoso y aunque el argumento no trata de familias ABC1 con los hijos vacacionando en el fundo del sur donde crecieron chapoteando en el río, igual se manda unas referencias por el estilo. Es que las novelas chilenas son tan latifundistas, no se pueden despegar de la casa de campo.