Una prosa sofisticada que, si bien no llega a retratar a los vendedores ambulantes, ofrece una puerta al conocimiento de la complejidad psicológica que subyace a estos personajes, además de la imposibilidad de encontrar esperanza en medios no oníricos. La protagonista y narradora, Aurora Rojas, vive una multitud de vidas en ella misma: la de sus nonatos, de su tocaya, del Casimiro Barrios, de la Ángela Muñoz Arancibia, del Lalo e incluso de El Colombiano. Todos ellos atravesados por el mismo afán de reivindicar identidad y al mismo tiempo afirmar su pertenencia intrínseca a un lugar. Lo que ellos no saben es que sus almas solitarias se niegan a la comunión permanente y que la caminata a la moneda no es sino un pretexto para poblar sus mentes de una esperanza mística. Hacia el final se hace evidente que lo importante no es la meta, sino lo que esta posibilitó: las carreras clandestinas, las revueltas de los nonatos, las conversaciones con la tocaya mientras compartían un termo de café, el pensamiento de que los policías robaron mucho más que mercadería en los desalojos. Esa mercadería, sin embargo, no solo era para vender sino también para encapsular un poco del alma de sus comerciantes.