No ha sido la mejor novela histórica que he leído, pero siento especial cariño por Ibn Sina, o como hemos rebautizado los europeos: Avicena.
Me parece una historia brutal de un hombre tan avanzado a su tiempo. Un médico tan impresionante, tan consciente de la ciencia y tan cercano de la religión, sin que ello supusiera un problema. Fue un hombre coherente, bueno y un erudito en lo suyo. Me da mucha pena que el eurocentrismo que tenemos tan arraigado en todo, pero especialmente en la historia, deje a gente como él en el páramo del olvido cuando es abrumadora su aportación a la medicina.
Si bien es una novela, y no conozco tanto la historia de este gran médico como para pedir que es concreta y perfecta en sus datos, me ha parecido cuanto menos coherente. No conocía, pero me ha parecido lógico, como uno de los grandes problemas de este personaje histórico fue su choque una y otra vez con el poder. Los que gobiernan no quieren sabios, quieren borregos, salvo cuando los necesitan porque es su vida la que corre peligro. Creo que esa frase podría resumir casi toda la historia y otras muchas de personajes similares.
Por suerte he leído otras historias de esta época, o posteriores, donde se habla de los tratados, mejoras, avances, operaciones y de más que hizo a lo largo de su vida Ibn Sina. Fue uno de los traductores de Arisóteles y fiel seguidor de Hipócrates. Aquí, obviamente, queda retratado como eso, como científico, como amigo, amante, padre... porque por encima de todo era un hombre, y me ha gustado la forma del autor de hablar de esa humanidad. De los matices de gris. Sin ser una mala persona, tuvo sus momentos como todo, y creo que eso le da profunidad y realismo.
Si queréis conocer más al personaje o no habéis leído nada de esa época me parece una buena manera de empezar, es sin duda un libro interesante y que no cuesta leer. Se queda sin duda en mi colección de novela histórica.