Es difícil hablar de Dora, porque soy muy fan de su historia y del universo que construyó Minaverry a lo largo de los años. Como es habitual, hay un inmenso cuidado del detalle en torno al contexto socio político y geográfico, para no romper el verosímil. Ignacio siempre hace hablar a la imagen. En las primeras entregas de Dora, muchas viñetas están llena de textos con fechas, lugares, nombres, recovecos en los que buscar. Datos, datos, datos. El hambre es voraz y es en esa invasión de letras en la viñeta pareciera emularse la experiencia de la protagonista de la historia: de abrumarse a la obsesión, sin escalas. Sin embargo, ahora, en esta última entrega, las viñetas hablan de otra forma. Algunas me recuerdan un poco el juego de Pedro Mancini con las texturas blanco y negro, ese minimalismo que lejos de enmudecer hace gritar a los contrastes y nos cuenta cómo es esa Italia en la que viven, pero también cómo es el vínculo que están construyendo con Geneviève y cómo confluyen ahí el afecto, la sexualidad, la memoria y las obsesiones.
Lo más importante: me quedé manija, necesito más, más, más. Estoy, como Dora, obsesionada con este trabajo.