La vida y la carrera de Dani Benítez se pusieron del revés el 17 de marzo de 2014, cuando dio positivo en cocaína en un test antidopaje antes de un Granada-Betis y poco después supo que le caían dos años de sanción sin poder jugar. Para él fue un golpe monumental, un trastazo a su carrera, como si alguien le hubiera levantado el freno de mano a mitad de un acelerón. Hasta ese momento, había conseguido llegar a Primera y despuntar como un extremo habilidoso y decidido. Para el mundo del fútbol fue un shock inesperado. ¿Cómo podía ser que un tipo con la vida encarrilada lo hiciera saltar todo por los aires? ¿Por qué no había logrado contenerse ahora que se había asentado en la élite? De primeras, aquello parecía responder a la clásica historia del jugador talentoso pero rebelde al que sus malas decisiones acaban cortando las alas. Es un patrón que se repite y que, no vamos a negarlo, tiene su atractivo literario: los juguetes rotos del fútbol, esos genios que, pudiendo serlo todo, eligen no ser nada, hasta descender al purgatorio a la misma velocidad con la que antes habían alcanzado la cima. En los medios abundan esa clase de relatos, y los narramos con unos códigos tan parecidos que por un momento parece que todas las historias sean la misma, y solo cambie el nombre del que las protagoniza. Éxito prematuro, presión desmedida, peso de las expectativas, mala gestión de la fama, las tentaciones del dinero y de la noche, caída a los infiernos. Hay algo en esas tramas dramáticas y explosivas que nos atrae, hasta el punto de que nos quedamos atrapados en ellas, o todavía peor: las deshumanizamos. Benítez nunca volvió a ser el que era. Cuando regresó de la sanción las lesiones se le echaron encima y pronto descubrió que su fútbol no volvería a brillar. Pero si este libro, Mi historia la cuento yo, en el que pasa revista junto a Héctor García a todas sus experiencias, tiene un valor especial, es precisamente ese: viene a llenar los espacios en blanco que acompañan esas narraciones sobre genios malditos e idealizados. Es necesario que Benítez hable, por ejemplo, para descubrir los bofetones que su padre le daba en la infancia, para entender por qué el fantasma de la depresión lo alcanzó cuando cumplió su sueño o para saber que sus problemas con las adicciones aumentaron, justamente, durante el tiempo en el que estuvo suspendido. Para esquivar el morbo y contemplar el cuadro completo con todas sus complejidades. Nadie pierde sin razón. Nadie elige hundirse si puede evitarlo. ---- Puedes encontrar esta review en el #Panenka138. Disponible en tienda.panenka.org.