"Era mi propio caníbal. En eso debe consistir la penitencia de mi estirpe: el instante contra la eternidad. Cae vencida la eternidad antela infantil existencia del instante. El hombre común no lo sabe y es feliz."
Para comerte mejor condensa lo terrible y maravilloso de relatos folclóricos, donde no faltan chupasangres y fecundaciones ritualísticas, y donde además converge la especulación boliviana de lo que depara un futuro mezquino e intervencionista de cuerpos; enraizado en errores antiguos, potenciado por la excusa del amor.
Los cuentos de Rivero son extraños, perturbadores, a veces grotescos, pero sobre todo, sofisticados. ¿Mi favorito? Yucu, por mucho.
No obstante, todos develan una nueva versión del asombro, crean nuevos mundos e incitan la maquinaria de la imaginación al seleccionar la palabra correcta: estólido, aguachento, pergeñó, trépano, anomia, polucionar, vocinglería.
Claro, lo logran a través de personajes inmersos en cada nueva maravilla o terror: la joven sacrificio, el ente sin sombra, el astronauta recién llegado, la madre-implosión-de-necrosis, la joven que presencia la aparición.
Estos 11 relatos son el mejor punto muerto entre costumbrismo y futurismo; se internan en lo profundo del espacio o de la espesura y te arrastran contigo. Te dictan prestar atención, zambullirte en la atmósfera, leer entre líneas y atreverte a abrir los ojos. Te desafían a contemplar lo inminente.
Es decir, como la NASA, Rivero te prepara para la angustia negra; aquella que se siente en cuanto las pupilas se dilatan hambrientas ante la oscuridad masiva del espacio. Es cuestión tuya si serás capaz de tolerar dicha angustia.
Casi todos los relatos acontecen en una Bolivia distante pero familiar, aunque Kè Fenwa sucede en Puerto Príncipe y está más ligado a la espiritualidad y tragedia de Haití.
Cierto, a veces se ponen muy crípticos, y la punzada de inquietud que cargaba la narrativa se pierde y vuelve zarandeo de un barco naufragado. Tuve que releer.
Pero hay que tener la valentía de dejarse guiar por la brújula de la autora, soportar la violencia atávica, contemplar al niño de cuatro brazos, el restavek hambriento, el padre suicidado, el vampiro quemado en la pira o la niña preñada.
El único camino es hacia fuera, hacia abajo, a través. Es un hecho que no sales indemne de esta lectura.
"Escucho un chapoteo. Un repentino asco a las ratas o a cualquier especies desconocida que se geste en el underworld cruceño me hiela el cuajo. Son leyendas urbanas, me digo, imaginando anacondas infinitas y cocodrilos imposibles en la alcantarillas. A lo mucho, anguilas, me digo a modo de consuelo, aunque la idea no me tranquiliza."
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