Cocuán, el lugar de los tontos. De los atónitos -que sería lo mismo- como dice el cura Santamaría, de los que se quedaron enmudecidos y paralizados ante un estruendo, su propio grito al nacer. Este es el Cocuán, pueblo infame, mínimo y a la vez enorme, con un apetito rayano en gula, quizás por ello es que sus habitantes, la mitad de ellos, están como muertos, o quizás están muertos, o semimuertos. Todos en Cocuán viven como almas en pena, rodeados de rezos, letanías, mitos, supersticiones y magia. Todo eso con un mundo natural que les rodea, que se debate con Dios el poder de la creación de todo aquello. No sabemos si es el poder de Dios, la fuerza de la naturaleza, o la conciencia del ser.
Natalia García Freire construye con magistralidad una cosmogonía. Sí, una cosmogonía. No es solo un pueblo de leyenda, es más que eso. Mucho más. A través de una exploración exhaustiva del lenguaje y el trabajo de filigrana de la palabra, la autora logra crear una atmósfera místico-mágica con su propia narrativa que construye un mundo literario de una riqueza alegórica enorme. La perfecta conjugación de fondo y forma. O de forma que crea un fondo profundo, oscuro, impenetrable.
Se trata de una novela polifónica, dividida por capítulos nombrados con cada personaje, cuyas voces narradoras conforman un coro armónico y destemplado a la vez. No es la misma historia repetida varias veces desde un punto de vista diferente, de hecho, es el mismo punto de vista siempre pero con distintas voces, es la misma historia siempre pero con continuidades y desenlaces que se van desarrollando en cada capítulo, como un rompecabezas deforme, o más bien, terrible.
No cabe duda que Natalia García Freire es una gran narradora; esta es su segunda novela (la primera es Nuestra piel muerta, formidable igualmente) y sigue manteniendo el listón alto.