Una de cal y otra de arena es lo que me ha pasado este año, de momento, con doña Emilia Pardo Bazán. En enero me animé a leer “El Saludo de las Brujas”, una novela de corte romántico y cosmopolita, la segunda de la escritora gallega que leía después del descubrimiento que fue para mí el verano pasado “Insolación” (que, por cierto, si queréis empezar a leer a la autora, os recomiendo empezar por aquí). Y he de decir que no me gustó nada este libro. De hecho, creo que hasta la fecha es la peor lectura que he hecho en lo que llevamos de 2025 (más que nada por las expectativas que tenía con ella y que no se cumplieron, creo yo). Pero como sabía que doña Emilia es mucha doña Emilia, y que no por nada es una de las grandes de las letras españolas, no tenía ninguna duda de que, cuando me tocase enfrentarme a otro de sus trabajos, era muy posible que la experiencia fuera muy diferente. Y desde luego, no pudo haber sido más distinta la impresión que me ha producido una de sus novelas más famosas.
Publicada en 1887, “Los Pazos de Ulloa” forma una suerte de díptico literario junto a “La Madre Naturaleza”, una continuación de esta novela con algunos personajes comunes, publicada al año siguiente. La historia de la familia Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage, señores rurales gallegos de más rancio abolengo que medios, se inscribe en el más férreo naturalismo, ese género literario en el que se representa de la manera más minuciosa y cruelmente realista posible la vida cotidiana, y se defiende que las personas vienen determinadas por su contexto familiar y genético, por lo que el carácter está biológicamente condicionado. Así, la autora pone sobre la mesa una crítica ácida, burda y certera a muchos aspectos de la sociedad de la época, a través de una familia abocada a la tragedia por el maltrato, la mezquindad, el control de terceros y el incesto. Pardo Bazán trae a la literatura española las teorías literarias del determinismo francés de Émile Zola. Si bien, más que centrarse en todo su aparato filosófico, doña Emilia se enfoca más en lo formal, creando un naturalismo de sabor español y estilo propio, en el que tienen más peso el costumbrismo y el papel de la Iglesia como vehículo ideológico y estamento que controla la educación y las ideas de las masas.
Julián es un joven sacerdote que es enviado a los pazos de Ulloa para ayudar a su dueño, don Pedro Moscoso, a poner en orden sus finanzas, a la vez que se ocupa de la vida religiosa de los habitantes de la casa. Sin embargo, lo que el cándido y apocado sacerdote encuentra es una mansión marcada por la anarquía espiritual y económica, fruto de la deslealtad, la lujuria y el control que el sibilino siervo Primitivo ha conseguido ejercer sobre su señor y el resto de lugareños. Julián propondrá a don Pedro una piadosa solución para traer la tranquilidad cristiana a su hogar, pero, a la larga, esto solo se convertirá en un episodio más de las tragedias que están destinadas a germinar en los pazos de Ulloa.
Emilia Pardo Bazán nos lleva a un rincón apartado de la Galicia profunda, marcado por el oscurantismo, la brutalidad y la incultura. Desde las primeras páginas nos encontramos con un plantel de personajes trazados finamente por la incisiva pluma de la autora, siendo en sí mismos una muestra no solo de la sociedad rural gallega decimonónica, también de las zonas más oscuras y tétricas del ser humano. Encabezados por un hedonista e inculto señor, perfectamente conocedor de lo que es el poder y la crueldad, la llegada de un educado e inseguro cura solo pone en evidencia el choque entre dos formas de entender la vida en sociedad. Julián se ha criado con la familia materna de don Pedro en un Santiago de Compostela tranquilo y mesurado. Es un hombre de estudios y fe, realmente agarrado a sus convicciones cristianas. Pero le falta toda esa fuerza, poderío y cabezonería que, en don Pedro, podrían haber sido instrumentos para lograr cualquier propósito, aunque, por su falta de educación y de auténticos principios, por su incapacidad de controlar sus deseos, todo eso se convierte en energía desperdiciada.
Estos dos personajes son diferentes como el día y la noche, y nos hablan de dos altas clases gallegas: por un lado, la urbana, más cosmopolita, educada y perspicaz a su manera, pues ha aprendido a controlar su forma de comportarse de cara a la galería; por otro, nos encontramos con una clase más primitiva y burda, la de esos señores rurales acostumbrados a hacer lo que se les antoje. Dos clases que se diferencian principalmente por la manera en que han conseguido su poderío económico y social, y también por el nivel de educación que ostentan. Eso es algo primordial, creo, en esta novela, ya que Pardo Bazán habla en ella sobre el ser humano en su estado más puro; sobre cómo las bajas y altas pasiones humanas pueden llevar a la perdición y, sobre todo, traer la desgracia a todo el mundo a su alrededor. Se puede entender esta historia como la contrapartida española del “Emilio”de Jean-Jacques Rousseau y los preceptos ilustrados: en su estado natural, el hombre no es siempre justo, bueno y generoso por naturaleza. La falta de educación y de principios puede traer la degeneración y la desolación.
“Los Pazos de Ulloa” es una obra sobre la decadencia y el salvajismo humano y social. Sobre esa España profunda en la que las familias de rancio abolengo dirigían zonas rurales como si fueran sus cortijos particulares, tratando a quienes vivían en ellas como si también fueran parte de sus propiedades. Que ni siquiera fueran realmente ricos o nobles daba igual. Lo importante era la fama que poseían entre los lugareños, la importancia que se daban a sí mismos, y que el pueblo llano, desde la ignorancia y las costumbres heredadas durante generaciones, ayudasen a perpetuar con su mansedumbre este sistema. La novela, entre muchos otros temas, trata estas diferencias sociales entre ricos y pobres, entre señores y plebeyos, entre quienes controlan porque es lo que siempre han hecho y quienes son controlados porque no saben qué otra cosa hacer. El mundo rural gallego es mostrado por la ennoblecida Pardo Bazán como un microcosmos de costumbres incrustadas, un mundo en el que se supone que estos señores deben mantenerse por encima de todo y preservar su buen nombre mientras ostentan su posición privilegiada. Y así, el que un inteligente y ambicioso siervo y su casquivana hija acaben introduciéndose poco a poco en este orden establecido, por medio de su astucia y la lujuria, hasta hacerse con su control, rompe toda esta estructura, la pudre, trae la desgracia y mancha todo lo que se supone recto y puro. Quizás hoy seríamos más benevolentes con este malévolo Primitivo y su hija Sabel, y veríamos en esta historia un intento de subversión del orden por parte de los marginados; una especie de meritocracia pura y dura. Pero en la novela flota un aire oscuro, mohoso y denso, ese que tiene la brutalidad que va poco a poco formándose al socaire de la maldad humana y la falta de auténticos principios y bondad. La tormenta va poco a poco gestándose hasta caer en los últimos capítulos sobre los personajes. Y no por haber sido predecible es menos dura y cruel.
Y es que resulta curioso cómo, en “Los Pazos de Ulloa” , Pardo Bazán es perfectamente capaz de unificar tragedias domésticas y crítica social con momentos más humorísticos. De hecho, aunque siempre hay, desde las primeras páginas, una sensación de desasosiego, la novela no carece de momentos terriblemente cómicos que pueden hacerte soltar más de una buena carcajada. Porque el libro no es solo un vistazo a la sociedad de la época y al mundo interno de las personas. No pocas páginas están dedicadas a ese mal endémico que era el caciquismo, reflejado con todo lujo de detalles. Nos encontramos en el Sexenio Democrático, el momento posterior al exilio de la reina Isabel II a Francia, un periodo convulso en la historia de nuestro país, en el que parecía que, quizás, todo podía cambiar. Pero, como nos demuestra Pardo Bazán, el caciquismo estaba demasiado enraizado en las formas de la época como para ser erradicado así como así. Y gracias a esto, envuelve al lector en la crónica de unas elecciones, mostrando las injusticias y sinsentidos de las votaciones, la forma burda y directa en que todo se amañaba, las tensiones políticas de la época y cómo estas llegaban incluso a un recóndito terruño gallego. Así descubrimos las diferentes relaciones entre los habitantes más influyentes del lugar y los absurdos propios de aquel tiempo. Esto podría considerarse puro costumbrismo, pero, a la vez, sustenta la propia trama principal de la novela. Y nos regala algunos de los momentos más humorísticos de la lectura. Porque, como ya he dicho antes, sorprendentemente en “Los Pazos de Ulloa” hay mucha ironía y sátira, utilizadas como caramelos envenenados para criticar a la sociedad de la época.
Qué gusto da leer a una autora con tanta calidad literaria, en serio os lo digo. Leer a doña Emilia es una auténtica gozada, por lo bien que se maneja con las letras. Al igual que me pasó con “Insolación” al principio, me costó un poco conectar con la manera en que estaba escrita la historia. La pluma de Pardo Bazán es depurada y elegante, incisiva y lírica. Pero, sobre todo, muy, muy inteligente. Su forma de narrar está llena de arabescos, marcada por muchas palabras y elementos típicos de su época. Y, especialmente, por numerosos galleguismos. Por eso, al principio puede hacerse un poco pesada. Pero, poco a poco, a medida que te vas acostumbrando, su prosa te envuelve totalmente. Es maravilloso cómo se recrea en cada uno de los acontecimientos de la obra, en las descripciones, en transportar al lector al sentir de sus personajes. Y para ello no escatima en recursos literarios: cada palabra que aparece en el papel tiene su propio sentido dentro de la novela. En esta ocasión, doña Emilia se recrea en las descripciones de paisajes y entornos gallegos, y lo hace de una manera atmosférica, casi opresiva. Uno puede sentir la belleza de estos parajes y lo engañoso de su aparente placidez. Es como una bonita flor que en su interior esconde una abeja: hay algo malévolo, siempre acechando a la vuelta de página. Una sensación de opresión y pesadez que, en muchos momentos, se apodera de toda la narrativa. Y la manera en que muchas veces el propio clima y los elementos naturales se convierten en símbolos de lo que está ocurriendo en los pazos de Ulloa hace aún más evidente esa intención. Quizás, a veces, tanta descripción resulte un poco densa (aunque esto puede ser más una apreciación personal, ya que reconozco que no soy muy fan de las descripciones, aunque me trago todas las que leo). Pero tienen su sentido dentro de este libro tan naturalista y gallego. Lo que realmente puede ralentizar la lectura es lo plácido de su ritmo y que haya ciertos elementos que resulten demasiado previsibles. Pero cuando cierras la novela, te deja el mejor sabor de boca posible, teniendo en cuenta lo que acabas de leer. De hecho, el único pero que puedo ponerle a “Los Pazos de Ulloa” es que me ha faltado que se enfatice más en ciertos personajes secundarios, conocerlos mejor, saber qué es lo que realmente sienten o piensan. Esto me ha pasado especialmente con algunos que creo que son muy importantes para la trama, y me ha parecido un poco injusto, porque me da la impresión de que han ocupado más páginas otros personajes más terciarios dentro de la historia.
Espero que este aspecto mejore un poco en la segunda entrega, “La Madre Naturaleza”, que, si todo va bien, ya os anticipo que será una de mis lecturas de verano, pienso leer próximamente. Estoy deseando sumergirme en ella, ya no solo por haberme animado a leer, por fin, uno de los libros que más pendientes tenía desde hace tiempo y por lo bien que me ha salido la jugada. También porque he leído por internet opiniones muy diversas sobre esta continuación: hay gente que la prefiere a la primera, y a otros se les ha hecho más pesada. Solo por eso, ya me inspira muchísima curiosidad.