La artista Hanna Stiltje presenta una nueva exposición en Estocolmo, pero lo que se supone que es una retrospectiva de su obra, conocida especialmente por sus esculturas con forma de ángeles, es en realidad la presentación de una enigmática cajonera hecha con objetos usados y el inesperado anuncio de que se retira. ¿Pero qué se esconde detrás de los materiales utilizados en esa pieza? ¿Y por qué Stiltje ha decidido que esta sea ‘La última obra de arte’ de su carrera?
Si ya has leído alguna reseña de esta novela de Sofia Lundberg, probablemente ya hayas leído que en esta historia cobran un papel fundamental los afectos y las familias escogidas, esas que no se crean en base a un vínculo de sangre, sino principalmente a la reciprocidad del cariño y a las ganas por ambas partes de formar un vínculo inquebrantable.
Tengo que confesar que creo que hubiese preferido que el presente tuviese más peso en el texto, ya que esta línea temporal es simplemente una excusa para introducirnos en la niñez de la protagonista, en la que la tragedia no se intuye: se palpa desde el primer momento. Su madre, con una fuerte adicción e incluso mayor negligencia, intentará arrebatársela a su abuelo, quien se hace cargo realmente de ella en un primer momento en una cabaña remota.
Curiosamente, para mí esta no ha sido tanto la historia de Hanna como la de Ingrid, una mujer que ha dedicado su vida, con muchos sacrificios y corriendo muchos riesgos, a acoger a menores procedentes de familias desestructuradas y con los mismos o similares problemas que la madre de Hanna, ofreciéndoles un refugio repleto de todo aquello de lo que carecían: amor, cuidados y estabilidad. También habrá adversidades, pero ese sentido de familia ganada hará que la balanza esté siempre inclinada hacia ese lado.
Ha habido algunas cosas de la novela que no me han convencido del todo. Como os avanzaba, la línea del presente no me ha terminado de enganchar. Son fragmentos muy breves entre capítulos y se me han hecho planos y repetitivos y, además, no he encontrado una justificación para esa arrogancia excesiva que demuestra el personaje de Hanna. Me hubiese gustado que un mayor dinamismo, que no se redujese básicamente a una ronda de entrevistas en la inauguración sino que abarcase más tiempo, que explorase las consecuencias de esa obra y el impacto en su reputación.
También por momentos me ha parecido que cae en una especie de moralina barata, que se ensaña excesivamente con las personas con adicciones al negarles la posibilidad de rehabilitarse, y con la distancia he visto ciertos simbolismos que no me han gustado especialmente.
Al margen de estas nimiedades, porque reconozco que es lo que son, me ha parecido una novela entretenida y con un mensaje global esperanzador y emotivo que vale la pena conocer. También es interesante el debate que puede generar alrededor de lo que se puede considerar o no arte, si todo vale mientras haya una intencionalidad detrás o si se deberían exigir unos mínimos de calidad y, en tal caso, cómo se podría aplicar un método objetivo a una disciplina que depende enormemente de la respuesta del público (individual e impredecible). ¿Y es la excelencia técnica suficiente cuando una obra puede resultar bonita a los ojos pero también completamente vacía?