Dudo, paso días dudando sobre si decir algo o no acerca de “Yeguas exhaustas”. Pienso que estoy un poco cansada de la autoficción, que no siento que sea una obra redonda, que le falta algo. Pero al mismo tiempo, no hacerlo, me pesa. Siento que de algún modo mi silencio puede deslegitimar el discurso de las mujeres, en este caso un ejercicio autobiográfico que es colectivo. Es un repaso por la historia de Beatriz, mujer maltratada, hija de emigrantes andaluces en Valencia, son los de abajo, los que no pueden permitirse ni un día parados (“El gran pecado mortal para la clase baja es la pereza, porque es el que de verdad te cuesta la vida”), peor si eres ella (un pobre no puede permitirse dejar de trabajar o trabajar menos ni un solo día de su vida. Una pobre, menos”). Habla de clase, de cuáles son los caminos por los que acabamos tomando conciencia de clase; habla de la pobreza como columna vertebral de la identidad moderna y de “la sensación de seguir siendo los de abajo aunque nos llenemos de títulos académicos” porque la maquinaria está perfectamente engrasada: “Viví durante casi toda mi existencia convencida de que eso solo me pasaba a mí, a mi familia. Convencida de que era un problema individual. Mi cabeza tejía toda una serie de explicaciones para justificarlo: mis padres eran más mayores de lo que deberían ser y pertenecían a otra época, habían nacido en una zona de España especialmente deprimida a nivel económico o, sencillamente, habían tenido mala suerte. Otros mil puntos para el sistema que consigue aislar y, por tanto, desactivar la conciencia de clase y la de género”.
Habla la protagonista de lo rural, de cómo lo que comemos y cómo lo hacemos delata nuestro origen. De cómo nos cuesta a los de pueblo navegar por los mares de las referencias culturales cuando llegamos a la universidad y empezamos a escuchar los nombres de escritores o músicos de los que nadie nos había hablado. De cómo nos miraron por sabernos las letras de Camela. De la sensación de no ser suficientes, jamás. “El autoodio, más o menos matizado, fue nuestra herencia”.
Habla de cómo se retuercen algunos términos (lo rural, por ejemplo) para acomplejarnos, para despreciarnos. “Miro el ceño y la nariz que se fruncen sutilmente al hablar con un poco de asco de la playa y me siento como si aludieran directamente a mí. La suciedad y la inseguridad siempre se asocian a los lugares que son de todos. El bienestar siempre está en otra parte.”
Ahora que se habla de la inexistencia de la violencia de género y la desigualdad, me resuenan muchas de las palabras subrayadas en este libro. (“Crecer consistió en ir entendiendo los motivos por los que mi madre casi siempre estaba seria y triste. El principal de ellos era sencillo, sencillo y apabullante: estaba cansada. No cansada metafóricamente, no cansada del mundo y sus problemas, de la incomprensión o de las peleas. No. Estaba literalmente cansada, físicamente cansada. Reventada de tanto currar, como una yegua siempre exhausta al final de una carrera que no se acaba nunca. El agotamiento de la supervivencia no deja espacio a todo lo demás.”)
Habla, y mucho, del miedo (“El sistema laboral en el que vivimos ha conseguido que nosotros seamos nuestros mayores censores, no hace falta que nos prohíban las cosas porque la dictadura del miedo a perder el sustento nos hace quedarnos calladitos. Esa cultura de agachar la cabeza se hereda y yo no podía evitar agacharla como lo hacía mi madre aunque no me cansara de despotricar contra el sistema laboral”). Así es que lo recomiendo, porque estoy segura de que a muchas les hará falta para reconocerse, si es que aún no lo han hecho.