El libro es casi exclusivamente eso, un manual de Historia al uso, uno entre tantos, que se pierde en parrafadas irrelevantes para el cometido anunciado en el título: desmontar engaños, mentiras, bulos, manipulaciones. Y además, solo en contadísimas ocasiones se propone cumplir con él. Digo "se propone" porque ni siquiera este -digamos- 10% del manual consigue darnos lo que rimbombantemente pregona en la portada. Por ejemplo, es cierto que Augusto se sirvió de la propaganda para presentar como restauración de la república y las libertades lo que en realidad era una autocracia, un régimen monárquico o una dictadura militar (da igual cómo lo llamemos). Pero esto ya lo sabíamos todos los que leemos, y de eso eran conscientes en una fecha tan temprana como el siglo I los propios romanos, que se reían constantemente de esta burda manipulación (vana et totiens inrisa: Tácito, Anales, 4.9.1). Pero para justificar la existencia de esta publicación, el autor deberá aportarnos decenas de casos análogos. Pero no: no lo hace. Y no lo hace porque no puede. Luego explicaré la razón. Ahora veamos de qué manera fracasa en los contadísimos intentos de desmontar bulos que acomete.
Tras un extenso y tedioso repaso de cuatro capítulos a los orígenes del pueblo romano, Néstor F. Marqués concluye lo que una vez más desde siempre todo el mundo, excepto los profesores crédulos con vocación nula, sabía: "fueron la mentira y el engaño, forjados en forma de épicas leyendas, los que fijaron en la memoria colectiva de los romanos el recuerdo de los orígenes más remotos de su propio pasado", lo que no es óbice para que, pocas páginas antes, afirme: "Esta mezcla de pueblos se vio reflejada no solo en el mito, sino también en la realidad", incurriendo en un error bien conocido por los que hemos estudiado los orígenes y la función del mito: el racionalismo, que pretende hallar en los relatos míticos un núcleo de realidad histórica que con el devenir de las generaciones habría quedado alterado con adición de elementos más o menos fantásticos. Esta interpretación, tal como hacen constar Herbert Jennings Rose y Antonio Ruiz de Elvira, por poner dos ejemplos, es errónea, puesto que ignora la existencia de mentes dispuestas a forjar y creer cualquier historia ficticia sin ningún antecedente histórico que la ponga en marcha. A pesar de ello, prácticamente todos los historiadores, arqueólogos y filólogos siguen ingenuamente abrazando una y otra vez el racionalismo, como revela este libro a lo largo de sus primeros capítulos.
En consonancia con este espíritu cándido, no exento de un romanticismo cómplice para con el lector lego, señala, en referencia al derrocamiento del rey Tulo Hostilio: "Es difícil determinar si alguna de las dos versiones tiene visos de realidad". En realidad, ninguna de las dos versiones referidas los tiene, simple y llanamente porque sus propios protagonistas son invenciones de época tardorrepublicana. Como explican Tim Cornell y otros historiadores críticos, siete reyes son a todas luces insuficientes para rellenar casi dos siglos y medio de monarquía, y si alguna vez existió en Roma esta forma de gobierno, tuvo que contar -en la estimación más optimista- con el doble de reinados, como demuestra el cotejo con cualquier otro período histórico atestiguado por fuentes contemporáneas. Basta con ojear decenas de listas muy a mano ahora que vivimos en la era de la información: pero Néstor no lo hizo, sino que prefirió dudar y no asestar a la tradición el golpe contundente que se merece y que un libro como este prometía.
¿Por qué estamos tan seguros de que la tradición no merece crédito? Por una razón bien simple que escapa a los arqueólogos e historiadores sin formación filológica: la historiografía, como el resto de los géneros literarios, comenzó en Roma muy muy tarde, a finales del siglo III a. C., según el testimonio de los propios romanos, aunque es muy probable que se deba retrasar esta datación (de hecho, para encontrar textos de historiadores romanos tenemos que esperar hasta el siglo I a. C.). Esto significa que todo lo sucedido desde los orígenes de la Urbe hasta finales del siglo III a. C., incluida la Primera Guerra Púnica, se perdió para siempre en la oscuridad del período preliterario. Resulta difícil creerlo, ¿verdad? Tan difícil como a los propios romanos, que llevados por este horror vacui muy humano, no dudaron en rellenar ese inmenso y exasperante hueco inventando cientos de hechos que nunca tuvieron lugar. Para ello se inspiraron en la mitología griega, el folclore autóctono y la propia historia tardorrepubicana contemporánea de los analistas. Para detalles al respecto, léase Clio's Cosmetics de Timothy Peter Wiseman, por ejemplo. Es cierto que podríamos depositar un poco de esperanza en la tradición oral, pero os invito a hacer un ejercicio práctico sumamente desconsolador: ¿qué sabéis de vuestro tatarabuelo?
Aquí es donde entra en juego uno de los bulos más descarados de la historia romana, que Néstor F. Marqués no solo no combate, sino que abraza a lo largo de toda su obra, perdiendo una ocasión de oro para hacer honor al título: la antigüedad de los clanes patricios (gentes). Un simple vistazo a los linajes de todas las épocas, como los poderosos Aqueménidas, Alcmeónidas, Ptolomeos, Tudor o Habsburgo, revela cuán frágil es la preservación de un linaje, siempre expuesto a los avatares de las guerras, los golpes de Estado, los envenenamientos y la endogamia. ¿A nadie le extraña que ya en el siglo II d. C., con profusión de fuentes literarias, epigráficas y numismáticas, no sepamos nada de los Julios y los Claudios, pero que de sus andanzas a lo largo de cuatro o más siglos oscuros tengamos datos tan precisos como los nombres de sus fundadores, por ejemplo, Ato Clauso, clara invención a partir de un apelativo infantil y de una raíz Claud- más antigua? Precisamente fue este sumo interés de las familias patricias por sus antepasados lo que propició la invención de sus genealogías y de todo el acontecer histórico que en torno a ellas se desplegó. Para un romano, pocas ofensas tan graves había como la insinuación de que sus ascendientes fueran desconocidos y, por tanto, personas de ínfima reputación, por ejemplo, prostitutas o esclavos. De hecho, un noble se define precisamente por eso: nobilis significa ni más ni menos que "conocible". En fin, horror vacui + rivalidad de los patricios a la hora de presumir de rancio abolengo = invención hiperbólica del pasado. Cálculos filológicos demasiado complicados, ¿no? Es lo que tiene la LOGSE.
Pero, ya que estamos desmontando bulos ciertos que ni por asomo aparecen en el libro, ¿qué decir del más descarado de todos? El cometa que brilló durante siete días seguidos, "identificado en la actualidad como C/-43 K1". ¿En serio? ¿Por quién? ¿Por Íker Jiménez? ¿No "evidentemente una invención propagandística del poderoso Estado forjador de fake news"? ¿Para este viaje tantas alforjas? ¿También hemos de rastrear en los registros astronómicos la estrella que guio a los reyes magos? Cualquier lector de biografías antiguas conoce que todo autor que se preciara se complacía, por tradición literaria e inercia acrítica, en vincular el nacimiento o la muerte de un gran personaje a un acontecimiento cósmico, dada la συμπάθεια τῶν ὅλων, muy querida no solo por los filósofos estoicos. Ah, sí, lo olvidaba: el griego y el pánico-odio que suscita. A este tipo de credulidad quinceañera pertenece la asunción de que las frases atribuidas a César en el momento de cruzar el Rubicón y de expirar pueden contener un núcleo histórico -de nuevo el racionalismo- en lugar de lo que sí sabemos: el antiquísimo precepto literario de señalar para la posteridad un acto memorable con una frase lapidaria inventada con el propósito de poner un broche de oro no al personaje, sino a la obra escrita.
¿Cleopatra "reina egipcia", "una mujer, como tradicionalmente se ha dicho, con un gran atractivo, hermosa, sutil, pero sobre todo inteligente y resolutiva"? Plutarco y Dion Casio escribieron dos y tres siglos después de que viviera Cleopatra, y el único contemporáneo que la menciona, Cicerón, ni siquiera alude a su supuesta belleza. Pero, en fin, echemos un vistazo a su retrato en las monedas. En ella apreciamos una nariz de garfio, una barbilla prominente y unas facciones en general viriles, típico aspecto para nada femíneo que solemos encontrar en las dinastías europeas de todas las épocas. Y no olvidemos que en sus retratos una reina forzosamente tenía que salir favorecida.
Bueno, si el libro defrauda porque aporta casos de manipulación tardorrepublicana e imperial que nos eran archiconocidos y pasa por alto los que jamás comprenderá la plebe, no podremos decir lo mismo del punto que al menos a mí más expectación me despertaba: la caracterización negativa de los emperadores del siglo I. Va a ser que no. Veamos por qué razones, así, en plural. Si leemos a Tácito, Suetonio y Dion Casio, enseguida comprendemos que no les movía ningún afán "malévolo", como gratuitamente afirma el autor. No porque no pudieran albergar antipatías contra determinados tipos humanos: ninguno las ocultaba cuando hablaba de un adulador, un cobarde, un traidor, un disoluto o una manipuladora. La razón por la que no es posible hallar en ellos animadversión hacia esos emperadores es que no tenían motivos para ella: escribieron décadas y siglos después de que estos vivieran, y tenían absoluta libertad de expresión al respecto. Sé que Néstor excluye en sus comentarios a Dion Casio, pero resulta que este en nada se distingue de los otros dos: los tres, poniendo en práctica uno de los rasgos más preciados en los historiadores antiguos, la imparcialidad, se limitan a registrar los actos y las actitudes atribuidos a cada figura histórica, y de acuerdo con el propósito moralizante, a elogiarlos y censurarlos según el caso y los valores imperantes en la Antigüedad.
Por poner un ejemplo que no canse al lector: los tres coinciden en caracterizar a Tiberio como un hombre inconsecuente, que ponía en práctica justo lo contrario de lo que decía. Dion Casio es el más explícito y prolijo en su descripción (Historia romana, 57.1), y Suetonio el más benévolo, llegando a creerse -eso al menos se desprende de su lectura- las virtudes que inicialmente el emperador exhibía en público (modestia, tolerancia y flexibilidad), cuando es evidente que formaban parte de las retorcidas estratagemas con las que pretendía -y logró- adelantarse y aniquilar a todos sus enemigos. Los tres coinciden, asimismo, a la hora de describir las muertes de Germánico, Druso, Sejano y los dos jóvenes hijos del primero, pero sorprendemente los tres se muestran muy reservados con respecto a los rumores de que el primero había sido envenenado por orden de Tiberio; ni siquiera mencionan la probabilidad -alta, teniendo en cuenta su talante reiteradamente acreditado- de que estuviera tras la muerte de su propio hijo Druso (a los que había adoptado de Germánico los colmó de alabanzas y honores para después matarlos de hambre, mientras que las confesiones de envenenamiento hechas por el eunuco Ligdo carecen de credibilidad, porque fueron arrancadas por medio de la tortura). Dicho de otro modo: Tácito y Suetonio, si pecaron de algo, fue de ingenuidad.
Podríamos reponer que los romanos eran menos bárbaros. Cierto: en la propaganda oficial y en el ideal literario (opprimere acerbum), porque en el mundo real su crueldad era igual de despiadada (vae victis!, frase citada en el libro pero no aplicada). El clemente César cortó las manos a todos los galos que habían empuñado las armas en Uxellodunum, con el fin de dar escarmiento y ejemplo (Guerra de las Galias, 8.44.2: quo testatior esset poena improborum). Cualquier jefe que se propusiera conservar durante más de un día el poder sabía que debía ganarse el respeto y temor de sus suborbinados (oderint dum metuant, otra cita desaprovechada). Los romanos no necesitaban que se les explicara esto: vereor significaba "respetar" y "temer". De hecho, ellos no entendían otro lenguaje que el de la mano dura, dado que cualquier otra actitud era signo de debilidad o de engaño. Sabían que la clemencia, por ejemplo, era en el fondo una manera suave de esclavizar, y en la superficie una mera estrategia propagandística. Sabían que en boca de César pedir era un eufemismo de exigir.
Resumiendo, Fake News de la antigua Roma es simplemente un manual de historia romana, uno más, innecesario, dado que ya hay muchos, y, por cierto, todos rancios como este, puesto que no saben trasladar a la actualidad lo que de imperecedero hay en el pasado. Este que nos ocupa decepciona aún más que los tradicionales, en la medida en que falta a lo que promete: incurre en más falsas concepciones de las que combate, puesto que solo en contadas ocasiones se propone desmontar bulos. Cuando acierta, descubre el Mediterráneo, y cuando se atreve a innovar, zozobra en las procelosas aguas de las carencias filológicas. Para dar apariencia de lo contrario, adjunta textos originales en griego y latín, y los deja ahí apartados como meros adornos desligados del resto, como libros impresos que rellenan la estantería del lector impostado. Salta a la vista que el desconocimiento de esas dos lenguas le impide sumergirse en el océano de riquísimos matices que se perdieron con el naufragio de aquella civilización. Solo el conocimiento exhaustivo de ellas hasta sus últimas raíces, aplicado al análisis de los textos y demás restos materiales, nos permite rescatar la brutal sinceridad alojada en sus pecios.
José Antonio Castilla Gómez
Licenciado en Filología Clásica por la Universidad de Sevilla
Profesor de Educación Secundaria