El Eternauta reúne dos méritos de por sí raros para una historieta: es al mismo tiempo una obra querida y reverenciada por la cultura popular, y una que ha despertado el interés de la crítica académica – es decir, fundamentalmente, de la crítica literaria. En los más de 60 años transcurridos desde su publicación, se lo ha leído y reinterpretado muchas veces en clave política. Se transformó también en un símbolo de la resistencia ante poderes que parecían invencibles. Juan Salvo marchando pese a todo bajo la nevada mortal, abriéndose paso en un mundo muerto, o casi muerto, es la imagen misma de la resiliencia argentina, en el momento histórico que ustedes prefieran. (Y sí, esa postal puede ser una de las muchas cosas que arruinó el kirchnerismo).
El poder simbólico de El Eternauta está fuera de discusión. Si yo quisiera juzgarlo solo a partir de mi historia y mi experiencia personal con su lectura, me quedaría solamente con ese poder. Mi viejo me lo regaló cuando yo tenía alrededor de once años; la misma edición, ya amarillenta, que él había leído en su momento. Como la historia misma, ese libro rectangular me hablaba de una Argentina antigua y perdida, de un país aún digno de ser el blanco de una invasión extraterrestre, cuando las obras contemporáneas me mostraban, en cambio, que los aliens apuntaban sin excepción a Washington.
El Eternauta era también una apoteosis de la clase media argentina; la tranquila vida familiar, y próspera, antes de que irrumpiera el desastre. No me hubiese sido difícil encontrar un paralelo con mi entonces presente, ya que en el año 98 el bienestar ya empezaba, una vez más, a resquebrajarse. Recuerdo que toda la primera parte, la que giraba en torno a la nevada, me aterró. Sigue siendo mi favorita. No me vi venir lo de la invasión extraterrestre, y al principio me pareció un giro bastante brusco, pero de todas maneras disfruté las derivas que siguió la historia de ahí en adelante. El final, quizás, me decepcionó un poco, pero no sé si por lo inconcluyente o porque hubiese deseado que las aventuras siguieran. Después busqué las continuaciones, y las leí, y ninguna me gustó mucho, pero de eso ya hablaré en otro momento.
Durante mucho tiempo, mantuve la veneración del original, y lo releí varias veces. El Eternauta lo era todo a la vez; una historia de náufragos, de ciencia ficción, de aventuras, de guerra, y sobre todo una historia atravesada por el pesimismo argentino, y también por su contracara, el estúpido optimismo argentino – encarnados, respectivamente, en Favalli y en Juan Salvo. Los personajes salen de cada coyuntura siempre un poco más pobres, un poco más desprotegidos, y siempre siguen adelante. Aun las veces que parece que ya no queda a dónde ir. Ni siquiera la derrota final termina de ser una derrota, sino otro regreso al punto de partida.
Fácilmente esto podría leerse como una metáfora del Proceso, aunque ¿por qué no de cualquier otra parte de la historia argentina? El Proceso fue la más terrible, pero no la única. El Eternauta puede ser Malvinas, o el 2001, o la “macrisis”, o lo que ustedes quieran, y será muchas cosas más mientras no logremos escaparle a este samsara de recaídas y de injustificado optimismo que constituye nuestra tara nacional.
Pero dejemos el comentario político ahí y volvamos, por el momento, a la historieta. Hablamos tanto de lo que El Eternauta significa que muchas veces nos olvidamos de prestar atención a lo que es y lo que dice realmente. Como historieta, me sorprende decir, es bastante mala. Por empezar no se sabe por qué se llama El Eternauta, siendo que nunca vemos al protagonista “viajar por la eternidad”. Estoy seguro de que esa era la idea inicial de Oesterheld, pero claramente quedó por el camino. El autor dijo alguna vez que El Eternauta nació como una versión de Robinson, pero en clave moderna, y urbana, además de colectiva. La nevada mortal, disparador necesario para esta premisa, es una de las ideas más originales de Oesterheld, y sin embargo muy pronto es dejada de lado, a favor de un relato de invasión extraterrestre que no resulta particularmente llamativo en el contexto de los años 50. Siempre me pareció que la historia hubiese sido mejor de quedarse en esa situación inicial de supervivencia, sin soldados, sin monstruos, incluso sin explicaciones sobre el origen de la nevada. En toda la vorágine de la invasión, por ejemplo, los protagonistas nunca llegan a darse cuenta de que todas las plantas y animales, es decir todas las fuentes posibles de alimento, parecen haberse extinguido – es decir, de que el apocalipsis, más allá de lo inmediato, es terminal.
El gran problema en la organización narrativa de El Eternauta es su lógica folletinesca. Originalmente se lo publicó por partes, a lo largo de tres años. El formato exigía un ritmo sostenido, situaciones de suspenso, y giros argumentales súbitos. En la versión completa, todo esto hace que a la historia le falte cohesión y direccionalidad, además de que por momentos se torna bastante repetitiva. De desarrollo de los personajes ni hablar. En ningún momento vemos al cándido Juan Salvo convertirse en el Eternauta que cuenta la historia. Esta transformación, debemos suponer, ocurrió en los interesantísimos viajes interdimensionales de los que no se nos muestra nada.
¿Y el mensaje social de la historia? El Eternauta no nos da muchos indicios de las inclinaciones políticas de Oesterheld. Si tuviéramos que adivinarlo, parece tirando a centrista. Es verdad que el grupo de supervivientes que se forma alrededor de Juan Salvo es variopinto, que incluye un obrero y un profesor de física, pero no nos olvidemos de que, al final, el líder y el único que se sobrevive es el propio Juan Salvo, dueño de una fábrica de transformadores. Y que sea justo el pequebú quien sobrevive no es una casualidad, sino una decisión explícita del grupo: Juan es el que merece ser salvado, porque es el único que tiene una familia y por lo tanto representa algo así como la única esperanza de supervivencia para la especie argentina.
De cuestiones de género ni hablemos. Las famosas Elena y Martita, las únicas dos mujeres de la historia, no sirven para otra cosa que para darle una motivación al protagonista –y de paso para que sea el sobreviviente designado. La familia tipo de los años 50 se reconfigura para pervivir en la nueva situación; en vez de esperar a que papá vuelva del trabajo, lo esperamos a que vuelva de una expedición de saqueo bajo la nevada mortal. De paso, Elena en particular sirve como obstáculo irritante y débil a los devaneos viriles del protagonista. No lo deja salir a la nevada, no lo deja ir a la guerra. En resumen: no lo deja ir a jugar a la pelota con los amigos.
Despu��s tenemos a los militares. Se los pinta como heroicos y ocasionalmente ineptos, lo que probablemente se correspondería con la visión pequeñoburguesa de Juan Salvo, y con la del propio Oesterheld en los tardíos años 50. No podemos culparlos, ya que hasta 1976, al menos, buena parte de la sociedad argentina, de todas las tendencias políticas, supuso que las Fuerzas Armadas eran la última línea de defensa, lista para salir a resguardar la patria en momentos de necesidad, y nadie quería sospechar que esa misma noción nos llevaría al desastre colectivo. ¿Lo intuía, al menos, El Eternauta? Tengo mis dudas. Hay un pasaje en el que el líder del ejército decide sacrificar al pelotón de voluntarios comandado por Juan Salvo, y la decisión suena estúpida, pero no necesariamente malvada. Sí es cierto que finalmente las tácticas del ejército se demuestran infructuosas, y es en cambio el pequeño grupo de los protagonistas, practicando un estilo de guerra asimétrica, el que logra hacer un daño al invasor. Quizás la intuición narrativa de Oesterheld supo lo que terminaría ocurriendo incluso antes de que Oesterheld lo supiera conscientemente.
¿Da cuenta El Eternauta de una visión antiimperialista? Tengo más dudas aún en este caso, ya que parece claro que las distintas potencias de la Tierra se unen para combatir a los invasores. Si destruyen Buenos Aires es precisamente porque la ciudad es la base de operaciones extraterrestre. Y hablando de eso: ¿en qué medida el éxito de El Eternauta se debe a su ambientación desenfadadamente porteña? Hoy en día no podría hacerse algo así, no sin caer en la burda y deprimente autoparodia, del tipo “los aliens nos invaden pero quedan varados en un piquete, ja ja…” El Eternauta aborda la invasión con una seriedad admirable, presentándonos una sucesión de escenarios familiares pero transformados por el horror. Nuestro nacional sentido de importancia se regocija en la idea de que los aliens pudieran establecer su base en Buenos Aires y confirmarnos que nuestra capital es, en efecto, el ombligo del mundo.