La dictadura franquista se abre al exterior para sobrevivir. Es la España del desarrollismo, del 600, de la llegada de la televisión, del turismo internacional y de las grandes inversiones industriales. Y en un barrio del sur de Madrid, un monstruo inmortal nacido en 1816 ha conseguido por fin lo que siempre había deseado: llevar una vida tranquila entre personas que no sospechan que sus enormes manos llenas de cicatrices han segado la vida de muchos inocentes. El monstruo se ha jurado a sí mismo que no volverá a matar, que nunca dejará que el dolor y la rabia se apoderen de nuevo de él. Está en paz. Hasta que una noche, el monstruo escucha unos gritos, abre la puerta de su casa y se encuentra a una niña llorando en el pasillo.
A veces, el cómic es capaz de crear improbables alquimias metaliterarias en las que todo se reinventa a partir de lo ya existente. Este es el caso de Monstruo de David Muñoz y Andrés G. Leiva (Astiberri, 2024), una historia que nos presenta a un Frankenstein que ha pasado por muchos mundos y muchas vidas hasta instalarse en un barrio obrero del Madrid de los sesenta. Allí, este engendro acomplejado y bondadoso, entra en contacto con el lado más oscuro de la sociedad de la época hasta que su incapacidad para domar su fuerza y su corazón le empieza a meter en problemas.
Una revisión muy interesante de la criatura de Mary Shelley. Me parece muy buena idea ambientar la trama en la periferia de Madrid durante los '25 años de paz'. Ese entorno y la forma realista en la que se reconstruye favorecen el contraste entre la monstruosidad del protagonista y los monstruos cotidianos que lo rodean. Además, ese gris ambiente refuerza la sensación de soledad del personaje y su necesidad de relacionarse con otras personas. Por lo demás, la historia tiene muy buen ritmo y el dibujo es excelente.