Una apasionante crónica compuesta por la compilación de los correos electrónicos que Natalia Aguirre Zimerman, ginecóloga colombiana enviada por Médicos Sin Fronteras a Afganistán desde septiembre de 2002 a julio de 2003, escribió a sus parientes y amigos durante su estancia de casi 300 días en ese país. Gracias a estas páginas, escritas con una prosa espontánea pero con la dosis adecuada de humor negro y la única intención de comunicarnos sus observaciones personales, la autora consigue acercarnos a una visión de Afganistán muy distinta a la que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación. Un testimonio de primera mano de cómo viven los afganos su día a día, de sus costumbres, de sus modos de pensar..., pero del que no está exento el conflicto de un pueblo que lleva décadas soportando guerras e invasiones. La joven médica nos ayuda a entender Oriente de otra manera, desmitificando el rol de la mujer sumisa y reprimida por una sociedad machista, y nos refiere sus vivencias, las arduas condiciones en las que tuvo que trabajar y las dificultades de una sociedad. La crónica va acompañada de algunas fotografías que la propia autora tomó durante su estancia en Afganistán.
Súper, súper, súper bueno, una crónica casual (porque en principio fue escrita en modo mail para los amigos) de una ginecóloga colombiana que vive casi un año entero en Afganistán. Describe no solo su trabajo en la ONG donde está, sino que también los pequeños detalles de la vida diaria, tanto suya, como de los afganos y extranjeros otros con ella y siempre de un modo muy genuino. Spoiler: Realmente no le caen bien los franceses, jajaja.
A mí de verdad me gustó mucho. Es una de esas joyitas que uno no se espera, pero que suceden, muy inteligente e introspectivo, entretenido y genuino. Qué ganas me dieron al leerlo de hacer algo parecido, partir al mundo en toda suerte de aventuras como ella, que más encima después de eso se va a Sudán, pero... lo bueno de la literatura es que, de cierta forma, uno al menos puede vivir estas cosas a la distancia. Y a aprender a través de los demás.
Es una pena, eso sí, ver que el pueblo afgano ya sufría tanto en esos entonces (el libro es del 2006) y ahora con la vuelta de los talibanes al mando deben estar mucho pero mucho peor. Es especialmente muy triste pensar en ello, cuando uno ve "desde adentro" los esfuerzos, tanto del pueblo como de la ONG, en reconstruirlo todo. Más de la ONG que del pueblo, eso sí, porque cuando uno está tan metido en la guerra y desde hace tanto tiempo, como que se resigna un poco a vivir en ello :(
Unas pocas citas que destaqué, no necesariamente las mejores, pero muestra en general el tono del libro:
1. Los afganos son para los franceses una manada de hipócritas, pero para mí son unos sobrevivientes. Mejor dicho, para sobrevivir en esta tierra tan hostil desde todo punto de vista, este pueblo ha desarrollado conductas y estrategias inimaginables. Una especie de malicia indígena. Hoy piensan en una cosa y mañana en otra. O se adaptan o se mueren.
Los franceses repiten mucho en el trabajo que a los afganos les toma diez años aprender cosas (como ven, los franceses son bastante pretenciosos y arrogantes), pero yo pienso que ningún ser humano que haya sobrevivido veintitrés años en un país en guerra y desértico puede ser ni siquiera moderadamente bruto. Es más, a veces pienso que se burlan de los expat franceses. Tienen una actitud un poquito de "Sí mijo, sí mijo", pero en el fondo sin ninguna intención de hacer lo que se le está pidiendo. Saben que los expat son temporales y ellos permanentes.
2. Mi tiempo libre es en realidad muy escaso porque cuando uno vive en la misma casa del jefe le toca estar permanentemente en tónica laboral. Adicionalmente, las reglas de seguridad bajo las cuales nos tienen son extremas. Por ejemplo, no puedo salir a caminar sola ni con otra mujer. Tengo que rebuscarme un hombre que me saque a la calle por lo menos una vez cada dos días.
Como los perros cuando quieren salir a orinar, nos paramos junto a la puerta para ver quién va para la calle. Esta regla es absurda no porque no exista peligro, sino que porque somos muchas mujeres en casa y los únicos dos hombres son altos mandos, viven fundidos y obviamente no quieren ir a ver las promociones del súper, como cualquier hombre normal.
3. Un país como Afganistán es una olla llena de aceite hirviendo, puesta sobre un fogón de leña, sin mango o agarradera, que se tambalea ligeramente a medida que su contenido se calienta y a la que no hay por dónde coger para evitar que se derrame. ¿Y si este aceite se derramara en medio del desierto a quién le importaría?
El problema es que cuando esto pasa hace desastres en el mundo occidental y sólo por eso súbitamente al mundo entero le dio por volverse humanitario. Durante veintitrés años de guerra a nadie le importaron los afganos, pero como se volvieron un "caldo de cultivo" para los "terroristas" y las Torres Gemelas se desplomaron, el resto del planeta de pronto se tornó muy sensible al sufrimiento de este pueblo.
¡Por favor! La reconstrucción de este país tiene más que ver con el temor occidental que con la solidaridad de la especie.
4. Mis limpiadoras son mujeres muy fuertes y muy sufridas. Se llaman: Momena, Mohbuba y Aua Gul (flor del aire). A las tres les mataron el marido en la guerra y dos de ellas tienen hijos muertos por rockets. Nunca habían "trabajado", pero cuando uno se mira las manos (propias) y luego las mira a ellas, se da cuenta de quién es la única que nunca ha "trabajado".
A veces me pillo que meten a lavar la ropa de los hijos junto con la de la maternidad porque son tan pobres que no tienen jabón y para sacar la mugre ponen una piedra y golpean la ropa con un palo y la enjuagan. Yo me hago la loca y las dejo contrabandear la ropa de los hijos.
Dentro de unos días nos va a llegar una lavadora que le pedimos a los alemanes y el trabajo se les va a hacer más fácil. Estoy llegando a la conclusión de que en Afganistán el estado civil más ventajoso es la viudez. Pueden trabajar, nadie les pega y tarde o temprano los hijos crecen y las cuidan hasta que mueren.
Me encantó su lenguaje tan familiar, tan casual y tan fácil de leer. Disfruté mucho las anécdotas, el humor negro, los análisis y las analogías que ella hace entre Afganistán y Colombia. Es una crónica espectacular y conmovedora.
Después de haber leído 300 días en Afganistán puedo decir que tengo una visión más amplia de aquél lejano país de Oriente Medio.
Desde las primeras páginas del libro, cuando la autora hace la descripción de la pista de aterrizaje uno se va dando cuenta que acaba de ingresar a otro mundo. Afganistán es un país tan golpeado por tanto tiempo que su gente ha perdido la capacidad de confiar en los demás, solo confía en su familia.
Hay tantas experiencias que Natalia (Natiján) nos narra que uno no deja de cerrar la boca del asombro de conocer la cultura afgana y su lamentable situación socioeconómica.
La autora hizo lazos de amistad con las mujeres afganas, las cuales son muy importantes en la sociedad. Son ellas las que deciden el futuro matrimonio de sus hijos. Algo revelador en su cultura es que se ponen tristes cuando nace una niña y felices cuando nace un varón. Las mujeres allá no tienen los mismos derechos que los hombres.
Desde el enfoque de la Salud Pública es preocupante saber que:
- La tasa de mortalidad materna es de las más altas del mundo, así como la tasa de mortalidad neonatal. - La esperanza de vida de las mujeres llega apenas a los 45 años. - No existen hábitos de higiene adecuados en la población. - Carencia de un sistema de agua potable y alcantarillado adecuado. - El sistema de salud es muy deficiente y si no fuera por las diferentes ONG que se encuentran en Afganistán todo sería mucho peor.
Y siempre sometidos a las continuas guerras, invasiones, parte de su territorio se encuentra minado por lo que muchos niños y adultos han perdido parte de sus extremidades debido a explosiones.
Loable labor de la ONG Médicos Sin Fronteras - Francia, organización que formó parte la autora del libro.
Dura realidad de aquél lejano país que hace pensar que los problemas de aquí son insignificantes si se los compara con los de Afganistán.
¡Que historias! No volveré a pensar lo mismo de Afganistán y los Afganos nunca. Aunque los hechos que se narran en este conjunto de micro historias ocurrieron en los años 90, la cultura debe seguir allí más o menos intacta.
Una lastima que la doctora Natalia Aguirre no haya escrito más cosas. Que vena de narradora tiene esta señora.
Libro #1 de 2019: "300 Días en Afganistán" de Natalia Aguirre Zimerman.
Mi primer libro de 2019 me ha tomado totalmente por sorpresa. Siendo una crónica acerca de la estadía de una ginecoobstetra Colombiana durante 300 días en Afganistán como miembro de la ONG Médicos Sin Fronteras, esperaba encontrarme con aquellas características que usualmente definen a este azotado país en los medios habituales: guerra, machismo, opresión. Pero lo que encontré fue todo lo contrario, lo cual llena de esperanza el corazón.
En este libro, Natalia Aguirre nos narra de una manera muy abierta y directa cómo es la gente de a pie en Afganistán, incluyendo sus costumbres, etnias, comidas, fiestas. Ella tuvo la oportunidad de experimentar de primera mano cómo estas personas, por más aisladas e ignorantes que nos puedan parecer, son también seres humanos de carne y hueso, con cualidades y valores, reales y soñadores.
Es un punto de vista no habitual de esta sociedad, y que creo muy necesario para quitarnos muchas vendas de los ojos ante este país, y cambiar conceptos erróneos que nos han inculcado durante años. Y de paso, es una gran oportunidad para aprender acerca de la humanidad, de qué cosas nos unen y nos separan como individuos y como grupos, y de valorar lo que tenemos y que a veces olvidamos agradecer.
Es un diario de viajero crudo, gracioso y amable. Lo sentí como una larga conversación con una amiga, que me enseñó que todas las naciones somos una y la misma en la vida y la muerte. Muy recomendado.
300 días en Afganistán trata de la experiencia de una ginecóloga colombiana que pasa casi un año en una de las zonas más conflictivas del mundo. A través de su perspectiva, somos transportados al corazón de Afganistán, donde el peligro es constante, pero también lo son la esperanza y la resiliencia.
Las descripciones son vívidas, casi como si estuviera viendo un documental en lugar de leyendo un libro. Además, ella no se limita a contar los hechos, sino que se adentra en las emociones y reflexiones que surgen en medio del conflicto, lo cual le da profundidad.
Recomendaría este libro a cualquier persona interesada en entender mejor los conflictos internacionales desde una perspectiva más humana. Es ideal para quienes disfrutan de la literatura periodística y los relatos basados en hechos reales.
“pero yo pienso que ningún ser humano que haya sobrevivido veintitrés años en un país en guerra y desértico puede ser ni siquiera moderadamente bruto.”
Hain da kontaketa pertsonala, hain lagunarteko hizkuntzan deskribatuta, tarteka, nire burmuinak azento kolonbiarrez irakurri dituela zenbait esaldi. Natalia Aguirre ginekologak ekarpena egin nahi dio munduari eta Kabul aukeratzen du horretarako. Bere kontaketetan energia arnasten da. Berak goizean goizetik eta gaueko erditzeak atenditu bitartean duen energia izugarria. Bertakoenganako enpatiaz jokatzeko duen energia. GKE-en zenbait ezintasunei buelta emateko daukan indarra. Urtebetean ikusi eta bizi izandakoa kontatzen dizu lagunei eta familiakoei bidalitako mezu elektroniko zatietan. Burka, odola, ahuntz esnea, haurdunaldiak, ezjakintasuna, tratu txarrak, usainak, janaria...dena umorez kontatuta. Egungo egoerak bultzatuta bilatu nuen liburu hau eta Nataliak afganiarrak nola, halaxe gordeko dut bere esperientzi hau bihotzean. Milesker argazki honengatik.
Este libro es una maravilla y haberlo leído después de A Sangre Fría lo hace aún mejor.
Leer la experiencia de Natalia en Afganistán deja el alma tranquila y el corazón contento. Como le dijo a ella una paciente “Que muchas flores aparezcan en tu camino”, este libro con seguridad es una de ellas.
Muy buen reportaje, de verdad me sorprendí con algunas de las curiosidades que Natalia nos presenta, pero igual hay que tener claro que es un país conflictivo.
Natalia Aguirre se sienta con cada uno de los lectores a contar su experiencia de 300 días en Afganistán. Un mundo tan distante y a la vez tan similar a occidente, tanto que la historia reflexiona en que si dejamos todo atrás, podemos convivir aún con aquellos que parecen ser opuestos a nosotros.
Leí este libro por primera vez en el año 2004 en una edición de la revista El Malpensante, de la cual mis padres eran suscriptores. En aquel momento esta crónica me revolvió todo por dentro, yo estaba entrando en mi adolescencia y no podía creer que otras mujeres tuvieran que padecer lo que han padecido las mujeres y niñas afganas durante tantos años. Ahora lo vuelvo a leer en pleno 2021 con ocasión de lo que está ocurriendo actualmente en Afganistán, en donde las tropas estadounidense se retiran después de veinte años de una guerra sin sentido en la que las mujeres continúan perdiendo. Me emocionó leer otra vez sobre lo parecidos que pueden llegar a ser Colombia y Afganistán, más allá de que son países en guerra, hay algo que nos une y estamos a miles de kilómetros de distancia.
La autora escribe en el epílogo “a pesar de que {los hombres afganos} les peguen a sus mujeres”. No hay un a pesar, simplemente no es normal abusar de otro ser vivo (la mitad de la humanidad) y excusarse en la misma retahíla de siempre: es que la religión, la cultura, los tiempos... es muy cómodo tener esclavas y negarse a ver que la mujer parada frente al hombre solo tiene un sistema reproductivo diferente a él, pero que, en esencia, son exactamente el mismo animal.
¿Cómo una ginecóloga desestima tremenda situación? No es un asunto de poca monta, es el infierno en la Tierra que ha convertido la existenica de las mujeres en Afganistán en un imposible, donde solo la comunicación básica (siendo seres naturalmente sociales) está prohibida...
El tono de la autora me pareció, francamante, chabacano y forzado. El uso exagerado de la jerga paisa y los diminutivos me atosigó con rapidez, porque no sonaba para nada natural y en Medellín nadie (ni siquiera Maluma) mete una arepa entre cada párrafo. Ya entendimos que eres muy autóctona, Natalia, dame un break.
Nunca se me va a olvidar el horror que sentí cuando leí la parte de los niños y las minas antipersonas. La cito textual, como la anterior frase, porque es terible y burda y algo muy característico de los paisas que no pueden mostrar su cultura sino embutiéndola por la boca: “cuando {los niños afganos} se encuentran con una mina quiebrapatas o una granada sin explotar, también tratan de jugar con ella. Es en este punto cuando se vuelven mutiladitos, cieguitos, desesperaditos y finalmente resentiditos”.
Demasiado, demasiado irrespetuosa. Jurado que me dieron arcadas. Y lo peor es que podría seguir. Este es un libro perfectamente pasable.
Excelente relato. No recuerdo si la primera vez que me asignaron leer un fragmento del libro fue durante el colegio o la universidad; pero desde ese momento quedé atrapada y quise leerlo completo; por cosas de la vida solo muchos años después pude dejar de posponerlo y me alegra no haberlo olvidado.
Me encantó el nivel de detalle de las descripciones del entorno, la cultura, el trabajo médico, el funcionamiento de MSF, la religión, su visión personal.
Como médico me ha parecido bastante ilustrativo sobre las cosas que podríamos encontrarnos y vivir en caso de que considerásemos dedicarnos a este tipo de trabajo.
Me gustó mucho tener ese testimonio interno de una colega; creo que deberíamos contar más nuestras historias seguro que también para el lector no sanitario ha sido bastante explicativo y entretenido.
Lo único que no me gustó fue un tono un poco condescendiente que noté a veces en expresiones como “los afganitos” o cosas que nombraba en diminutivo, refiriéndose a personas ya adultas de allí.
Sé que intentó (o eso creo) mostrar un contraste de las vidas de quienes conoció y la suya; pero en ocasiones sonaba un poquito no muy humilde.
El resto me gustó mucho. No sé si escribió su relato de Sudán del Sur pero me gustaría muchísimo leerlo.
Una lectura ad hoc para nuestros tiempos. Es bueno leer textos que hablen de la historia formal para entender los conflictos, pero es mejor cuando esas historias se cuentan desde lo personal y cotidiano. Historias de una ginecóloga en Afganistán. Una doctora colombiana de Médicos Sin Fronteras nos cuenta sus experiencias en Afganistán, desde septiembre de 2002 a julio de 2003. En ello nos hace mucho más tangible una realidad de aquellos años de la intervención de Estados Unidos, nos muestra, ahora que vivimos el regreso de los Talibán, que hay pueblos que no dejan de respirar por más complejo que se les haga el entorno. Afganistán es una tierra de nadie, pareciera, un botín de todos pero que a la vez nadie se hace responsable de su gente. Las personas tienen que seguir su vida, en la mejor de las formas, dentro del horror que es la pobreza, la corrupción, el dolor y las minas que destrozan existencias. Esa es la breve historia de estos largos 300 días. Un buen texto, cotidiano, fluido y sin pretensiones, pero llego de detalles pequeños que llenan la página.
Aunque no fue una lectura por elección propia sino por sugerencia de una profesora, me alegro mucho de haber leído estas crónicas que nos muestran la realidad que se vive en Afganistán y países de medio Oriente que no es ni de cerca a la idea que nos hacemos en la cabeza. Prácticamente vivimos casi que en un paraíso a comparación con la situación de ese país, también me hizo caer en cuenta que tenemos que valorar más lo que tenemos, allá ellos no cuentan con mucho empezando por el agua pero a pesar de todo luchan por salir adelante. Es bastante triste también que la mayor tasa de mortalidad es la de maternidad debido en parte a la gran crisis de salud pública que se tiene. En fin, disfruté mucho está lectura, conocer como se vive allá, sus creencias, la comparación que hacía con Colombia, es una lectura que aporta bastante y la recomendaría 100%.
Este libro es bastante interesante, trata sobre las vivencias de una ginecóloga colombiana, que a través de médicos sin fronteras viaja a Afganistán a tratar a mujeres y niños desfavorecidos de este país. Me ha encantado descubrir un mundo nuevo que desconocía, Natalia ,la autora nos cuenta desde sus propios ojos muchas cosas que le suceden en Afganistán, sus pensamientos sobre el país y también lo compara algunas veces con su país natal Colombia. Lo cierto es que me ha parecido muy ameno, muy como diría yo casolano, y hasta gracioso en algunos momentos. Lo recomiendo fervientemente. No me lo esperaba así.
Real, crudo, entretenido y personal. Un libro que nos hace poner los sentimientos en otro continente en el que se está pasando aún por una época de violencia, invasión, y al mismo tiempo internamente luchan contra tradiciones que desgraciadamente reprimen y violentan la dignidad de las mujeres. Este escrito es una de las mejores formas para poder entender lo que se vive en Afganistán, la crudeza de la guerra, las formas de pensar, los tabúes y las similitudes que tienen con el pueblo colombiano.
Cuando leo a Natalia, siento un poco como si hubiese escrito yo esas historias.
Me siento muy cercana a su visión, siento que si hubiese estado allí, hubiese descrito las cosas tal cual cómo ella lo hizo, me hubiese conmovido por las mismas situaciones que ella se conmovió.
Es todo muy colombiano, aún cuando ella está en Afganistán.
Un libro precioso que me hace pensar que de alguna forma, todos los países del tercer mundo, sin importar la latitud donde se encuentren, están hermanados.
Con el valor de ser un testimonio directo, un libro que no pretendía ser tal, sino que se monta con los correos electrónicos que envió esta enfermera colombiana con sus observaciones e impresiones de su estancia en Afganistán. Así, encontramos una visión particular e interesante del país y del papel de las ONGs, con una prosa de la calle, incluyendo bastantes vocablos característicos de su origen colombiano.
Me encanta y a todo el que he podido recomendarlo lo he hecho, la autora te lo cuenta como si una amiga te está contando su último viaje, es verdad que a veces hace saltos de temas, pero vale mucho la pena leer este libro
Definitivamente, un libro expectacular. Tener la oportunidad de poder imaginar las cosas como Nataján lo dice es una experiencia lo mas de conmovedora. Uno llora, rie, sonrie, se asombra y comprende la empatia realmente. Lo leí en dos dias y fue maravilloso, Natalia, gracias
¡Súper recomendado! Ya lo he leído dos veces y siempre encuentro en estas mágicas historias la esperanza de que el ser humano fue traido a la tierra para un propósito. Hermoso libro.