Sabes que no se puede recomendar una colección de relatos con un título como Cuentos gatunos y su inocente cubierta. Es imposible, tan solo tienes que mostrarle la imagen que atesora la obra para que aquellos que la vean caigan inevitablemente rendidos ante sus garras. El rechazo está abocado al fracaso desde su concepción. Y es que aunar en un mismo trabajo el amor que tiene uno por los gatos y la inquietud que le genera el horror convierte esta recopilación en una apuesta ganadora.
Sin embargo, no todo el mundo tiene por qué rendir cuentas a su fascinación por los felinos y su necesaria aparición entre las grandes obras de género. El amor que se desprende de los mininos no implica tener que ir de la mano de los que podríamos considerar como una buena historia de terror. Craso error, si uno se platea que la mayor parte de los grandes autores de género los han introducido entre sus narraciones de una manera natural, como fuentes de horror, de misterio, respeto o por el simple hecho de la devoción que sienten por esos animales. De hecho, mis primeros recuerdos de amor por el género se originaron tras estremecerme en mi adolescencia leyendo El gato negro de Poe, uno de esas pequeñas obras maestras a los que nos terminó por acostumbrar el genio de Baltimore. Un relato en donde el mal se difumina agazapado tras los ladrillos aun frescos de una pared improvisada. De un modo más macabro, es el propio Lovecraft quien homenajea a los felinos en su extraordinaria y aterradora propuesta, esa en donde los gatos de la localidad de Ulthar se muestran pacientes para recuperar la deferencia perdida de los mortales que han olvidado quienes son las criaturas realmente.
Más desconocidas resultan las propuestas de Conan Doyle, en donde se nos presenta la fiereza de un animal que roza lo divino y que nos invita a pasear de la mano del demonio de la perversidad, o de de Sheridan Le Fanu, asociando la presencia de la criatura como augurio de todo lo funesto. Bram Stoker nos muestra uno de los más divertidos relatos con una narración que, no por previsible, resulta terriblemente adictiva. También Benson se atreve con una propuesta sobrenatural con la presencia de un pintor fascinado por la figura felina, cuento que se podría emparentar con el de Algernon Blackwood, que nos invita a adentrarnos en lo desconocido, en uno de esos viajes a una localidad que maúlla desde el mismo momento en que pones los pies en ella. Por último el maestro Ambrose Bierce también nos propone adentrarnos en las maldiciones que acompañan a estas fascinantes criaturas.
Todo eso convierte a esta recopilación en uno de esos placeres culpables para aquellos que disfruten de la presencia de estos seres dentro de la narrativa de terror, animales misteriosos e imprevisibles de los que, cuando terminas la antología, terminas por comprender que lo mejor hacia ellos tener que respetarlos, si es que aprecias tu existencia.