Vamos a valorar todo el cómic en general, no solo su contenido: desde su edición hasta su precio.
En primer lugar, el tebeo en sí: está bien, sin tirar cohetes. March es un dibujante competente y un buen narrador; sin duda, conoce bien a Batman y, por lo tanto, realiza un trabajo notable con el personaje. En cuanto al guion, decente, sin más. El misterio de la posible amnesia de Batman desaparece en dos segundos, puesto que resulta obvio el hecho de que absolutamente todo el mundo en Gotham ha de ser capaz de reconocer a Bruce Wayne en cinco segundos más o menos. Por lo tanto, el tipo amnésico no es el auténtico Batman. Pues ya está. La historia de complemento con guion de Dini, a pesar del breve espacio que ocupa, resulta más efectiva, a pesar de (o precisamente por) jugar la baza del sentimentalismo fácil. El dibujo de March es más suelto y expresivo, y la viñeta final es preciosa. El conjunto es, pues, más que aceptable.
La edición: traducción, sorprendentemente, correcta. Algunas páginas desenfocadas, lo que resulta inaceptable puesto que es un cómic moderno, con el material original en perfecto estado. ¿No tienen un editor decente en ECC que se fije en estas pifias? Mal. La tapa dura únicamente sirve para encarecer el producto. Más sobre esto, abajo.
Precio: ridículo. 16,50 por tres cómics americanos y un complemento de ocho páginas. Cualquier paperback americano con seis grapas más portadas, bocetos, etc. cuesta más o menos lo mismo. Un tomo de tapa dura original cuesta unos seis o siete euros más. Por el doble de cómics.
¿Esto qué es? ¿Hacia dónde nos lleva? ¿A que comprar cómics esté al alcance de cuatro ricachos y a que los pobres frikis del montón hipotequen su casa para poder continuar con su afición? ¿Se ha convertido Dolmen en la editorial de referencia, la que las demás admiran en secreto por su «popular» política de precios y aspiran a emular? ¿Es esto Mundo Bizarro, donde un cómic de 80 páginas que se lee en un cuarto de hora cuesta más o menos lo mismo que el primer tomo de la edición de Cátedra de Fortunata y Jacinta, que tiene casi 900 páginas? Pues nada, a ver qué pasa con todo esto. Para mí, las editoriales de este país están haciendo un trabajo ímprobo por implosionar a toda leche, sobre todo las que publican súpers, porque, no nos engañemos, este agotadísimo género está principalmente dirigido a nostálgicos y a chavales, y los primeros están en peligro de extinción, y los segundos salen disparados hacia el bareto más cercano tras comprobar lo que cuesta un tomito esmirriado como este. Con su pan se lo coman.