Considero el subtítulo de la obra —otra novela sin héroe— bastante afortunado, a pesar de que la misma termina —y empieza— con un retorno, pudiendo asemejarse a la estructura del periplo del héroe de Joseph Campbell. Pero Lupe no es una heroína, la suya bien podría ser una historia de una joven inocentona que emprende un viaje desde su Marineda natal hasta el Nuevo Mundo vía el Atlántico —en un punto de la novela la joven se pregunta cómo puede ir y venir la gente a las ciudades sin mar— volviendo en su vejez a la ciudad que la vio crecer, pero convertida ya en toda una mujer hecha y derecha.
Pero esto no es así. Moisés bajó del Monte Sinaí con las tablas de la ley, Prometeo volvió del Olimpo con el fuego robado, Ulises regresa a Ítaca tras veinte años convertido en una persona nueva, Gilgamesh en su llegada a Uruk se reconcilia con la noción de mortalidad. Sin embargo, en la figura de una anciana Lupe volviendo a Marineda cincuenta años después no hay un solo atisbo de grandilocuentes historias ni épicas hazañas. La historia de esta joven gallega no puede ser de ningún modo la de un héroe, pero eso es precisamente lo que la convierte en una historia tan maravillosa. Prueba de ello es que en la novela la gran revelación —otra de las clásicas etapas del periplo del héroe— se da aquí al final del libro y no a mitad del mismo, como suele ser habitual en la estructura campbelliana.
A medida que nos hacemos mayores las historias fantásticas y heroicas pierden fuerza en nosotros, vistas en retrospectiva las historias que le contaba su padre no hacían ya el mismo efecto en Lupe, del mismo modo que yo no puedo vivir igual las historias que me contaba mi abuela cuando era pequeño. Quizá ya no podamos soñar con ser como Ulises o Luke Skywalker, pero podemos aspirar a ser como Lupe, que no es poco.