«Si mis padres estuvieran muertos, todo sería más fácil».
Hay ciertos libros que, sin saber muy bien por qué, te llegan de manera especial. Ya sea por la historia que cuentan o por la manera de hacerlo, sientes con ellos una conexión inmediata de forma que, ya desde las primeras páginas, sabes que su lectura va a ser una experiencia que te va a marcar. “También fuimos silencio” ha sido una de esas historias. Desde ese estremecedor comienzo hasta una última frase (en la que sigo pensando días después de terminar el libro), que duele, pero en la que se vislumbra una esperanza, la lectura ha sido un viaje repleto de emociones y sentimientos que se va directo a mi lista de mejores lecturas del año.
A punto de alcanzar la treintena, la vida del protagonista ha estado marcada por la vergüenza y la culpa. Su familia nunca ha sabido quién es realmente y sólo ha sido capaz de contarlo en una novela que ha quedado finalista en un certamen literario. Dispondrá de siete días antes de que se falle el premio y, tal vez, la verdad salga a la luz. Siete días para romper el silencio.
“También fuimos silencio” es una cuenta atrás. Una cuenta atrás en la que derribar todos esos muros levantados durante años a base de silencios, silencios que pesan, que se enquistan, y que pueden llegar a ser más ensordecedores que el mayor de los ruidos. En el silencio se puede encontrar seguridad, pero esa misma seguridad puede hacer que pases por el mundo sin ser visto, sin SER quien realmente eres.
Todos hemos sido silencio alguna vez por miedo, por el qué dirán, y es por eso por lo que resulta tan sencillo verse atrapado por la historia. El miedo que te paraliza y amenaza con asfixiarte puede llevarte a intentar huir, pensando que esa es la solución pero, como le ocurre al protagonista, no se puede escapar de uno mismo.
“También fuimos silencio” es una historia acerca de la familia y la identidad. De SER, de poder SER pero también de permitirte SER, ya que muchas veces el peso de lo que hemos vivido, de lo que nos han enseñado a lo largo de nuestra vida, es lo único que nos impide ser quien realmente somos, por encima del qué dirán los demás.
Con un estilo sencillo, envolvente, y cierto lirismo cargado de metáforas, la historia resulta conmovedora sin caer en el sentimentalismo fácil. Sensibilidad y dureza van de la mano y, tan pronto sientes el más reconfortante de los abrazos como que ocurre algo que se siente como un pellizco en las tripas, dejándote sin aliento.
Son los pequeños detalles que a lo mejor en un principio pueden pasar desapercibidos, los que en mi opinión elevan la novela. El personaje de Nicole, que con apenas un par de apariciones, se convierte en pieza clave de la historia; una guitarra rota que se convierte en el reflejo del protagonista; o un protagonista sin nombre durante prácticamente toda la historia, porque lo que no se nombra no existe (la primera vez que se menciona su nombre se me puso un nudo en la garganta).
La historia tiene algunas escenas muy duras, pero de enorme belleza al mismo tiempo. La despedida entre el protagonista y su madre en el hospital, que viene a mostrar la importancia de decir las cosas a tiempo ya que, en ocasiones, cuando queremos romper ese silencio, puede ser demasiado tarde; o esa última conversación entre padre e hijo, en la que por primera vez se ven realmente el uno al otro, son momentos que merecen más de una lectura por todo lo que encierran.
“También fuimos silencio” es la primera novela de Fran López Galán y, si este es su debut, no quiero ni imaginar lo que puede llegar a ofrecernos con el tiempo. Tenéis que leerlo.