Es una novela que se lee con agilidad y presenta una ambientación correcta, demostrando que la autora conoce el mundo del arte para construir su historia. La mayor fortaleza del libro radica en la dualidad de sus protagonistas, Amelia y Nellie, quienes, a pesar de ser muy diferentes, se complementan muy bien. Amelia es una mujer liberal e independiente, adelantada a su época, mientras que Nellie se ajusta a las normas sociales de 1890, desempeñando el papel «que debe».
Ambas protagonistas se ven envueltas en una investigación que, a título personal, es el aspecto menos convincente del libro. Resulta difícil creer que dos personas ajenas al sector policial o de seguridad inicien una investigación por su cuenta sin enfrentar consecuencias, a pesar de que el caso afecte al museo donde trabajan. Aunque hay una razón subyacente para que la investigación no progrese, revelada hacia el final, no parece lógico que ellas tengan la responsabilidad de resolver el asunto.
Además, considero que la «relación clandestina» de Nellie podría haberse explorado mucho más. Este personaje, para mí el de mayor profundidad, está desaprovechado, dejando un potencial narrativo sin explotar.
En cuanto a la trama, es predecible casi desde el principio. La historia sigue un curso demasiado lineal, con una sucesión de casualidades que facilitan el desarrollo de la narrativa. Sin embargo, a pesar de estos puntos débiles, sigue siendo una historia agradable y entretenida.