Me he comido este libro con huevos fritos y patatas, mojando pan, descalza en la cocina, con una camiseta ancha tan descolorida como gustosa y bragas, en la silla de mis propias cotidianidades de la niña de los 90 que fui y la adulta de los ahoras que soy. Es una metáfora concienzuda eh?
Este descubrimiento es como Manolito el Gafotas rajando tumbado en la consulta de Freud, entre moquetas marroquíes con una Cocacolita en la mesilla, que te sueltas carcajadas espectaculares del morro que tiene mientras, entre medias, filosofa o cuenta cosas muy serias con la inteligente ligereza de las burbujas del vaso. Y todo desde una distancia sanísima: abrazando las contradicciones, los lodos, la grandiosidad de nuestras mini-minucias de existencias y los brillitos centelleantes de las sombras de la noche que da paso al día y viceversa (que cantaban los Doors).
Porque el cariño-faro trasversal en nuestras biografías (rebusca que algo encontrarás si no lo tienes claro) no es algo moralista o ideal. Por eso sobrevive imparable, cabalga y va entre todos los colores de la paleta poniéndose perdido, sin atender a otras teorías perfectas o racionales que nos queramos contar. El " cari-ñi-to" (sic) es de algún modo bruto-poético. Como "el vestido de tierra de una patata" (sic) o cosas así.