Dos semanas después de leer tu Muros y vanos me sigue rondando la percepción de la dificultad que entraña escribir historias del género de ciencia ficción. Y el arrojo de cuantos, como tú, firmáis novelas que contienen una suerte de hipotética deformación de cuanto conocemos en clave futurista. Inventar un nuevo mundo, redefinir los usos y costumbres, aprovechar el argumento como un intento de crítica social y, por si fuera poco, revestirlo de belleza y respetar los moldes literarios constituyen un equilibrio de tantas dimensiones que lo habitual es que lector y autor no encuentren un punto en común. Y, fíjate, Pedro, ni con Orwell ni con Huxley —con el que yo te encuadraría— convergí en términos de forma y fondo. No obstante, con tu obra sospecho que en ciertos momentos hemos llegado a chocar y gentilmente me has levantado cuantas veces ha hecho falta.
De mano del abogado Màrius, nos haces viajar al futuro por espacio de un siglo, donde la sociedad futura se enfrenta a la gestión de la vida eterna. Entonces el protagonista se ve envuelto en una trama de un sistema represor, poetas disidentes, extramuros de resistencia y una avanzadilla androide que trata de desafiar al poder establecido. Bastaron pocos párrafos para que la sólida ambientación me deslumbrara, compuesta por multitud de detalles genuinos como la prolongación de la inteligencia artificial para el estamento judicial. Tal es la potencia de la luz de Muros y vanos que puede ser que con el paso de los capítulos me cegara. Podríamos convenir, estimado Pedro, que no estamos frente a una obra iniciática, de las que acompañan al incauto lector con sutiles recordatorios o tramas lineales, que esta obra es café para cafeteros, ciencia ficción de la hardcore. También es cierto que la leí en el metro y que el aire acondicionado pudo haberme resecado el entendimiento.
Cuando leo obras de ciencia ficción me suelo obsesionar con la sensación de que el futuro que plasman los autores sea, en ciertos aspectos, tan similar a nuestra cotidianeidad. Supongo que será una cuestión de no volver más loco al lector. Luego recuerdo que la historia no tiene intención de erigirse en predicción, sino en un artefacto con los fines clásicos de la literatura. Probablemente, los futuros habitantes se hagan preguntas existenciales similares a las nuestras o en la mayoría de casos las leyes científicas sigan rigiendo lo que quiera que sea el concepto de vida. Pero, no puedo evitar esbozar una sonrisa ante la idea de que permanezcan los bares y el café como lugares de socialización y conspiración o que por entonces aún siga en pie la sede física de la Real Academia de la Lengua.
Independientemente del detalle de que el elemento desencadenante del conflicto sea un haiku, es patente durante toda la narración de tu influencia poética, Pedro. El gusto por la musicalidad en las frases, las descripciones bucólicas y la colocación de adjetivos delata tu pasado. También te confieso que si no lo llego a leerlo en la solapa capaz que no me hubiera dado cuenta. Soy de esos patanes que si no le dicen que su bola de helado es de vainilla no le sabe a vainilla.
Lo que sí estaremos de acuerdo es que Muros y vanos señala acertadamente el imparable proceso de uniformización de pensamiento, amparado por los desarrollos tecnológicos y la entronización del capitalismo salvaje, que a consecuencia genera personas cada vez más carentes de sensibilidad y raciocinio. También en que probablemente sean estas las últimas oportunidades de no refrendar las tristes profecías que subyacen de la ciencia ficción. Y que la literatura, o la cultura en general, juega un papel fundamental antes de que se levanten los últimos muros y terminemos de convertirnos en seres vanos.
Muros y vanos es una novela corta de Pedro Homar, autor que hasta este momento se ha prodigado en la poesía, siendo esta su primera obra de ciencia ficción. Muros y vanos quedó finalista del I Premio Pedro Carbonero de Fantasía y Ciencia-Ficción y la ha publicado la editorial Malas Artes.
El argumento es enrevesado, original y surrealista. Màrius, un abogado de un prestigioso bufete, recibe un encargo en apariencia intrascendente: a un cliente se le ha denegado una prórroga de vida y quiere que el bufete presente un recurso. Aparentemente, no hay mucho donde rascar dado que la extensión de vida es una gracia, no un derecho. Sin embargo, la cosa se enreda porque el demandante es un escritor que ganó un premio literario por un haiku. Dicho haiku fue censurado y guardado a buen recaudo en las entrañas de la RAE debido a que era capaz de causar emociones casi sobrenaturales. Y hasta aquí podemos decir.
Estilísticamente, la prosa de Pedro Homar es de una gran belleza (imagino que los años dedicados a la creación poética habrán tenido mucho que ver). También goza de una buena variedad de registros, pues no falla en las descripciones, ni las voces interiores, ni los diálogos y cuando se pone técnico lo borda. Para tratarse de su primera incursión en el terreno de la ciencia ficción, maneja la verborrea tecnológica con soltura y efectividad. También se desenvuelve eficazmente con la terminología legal (recordemos que el protagonista es abogado). Esta riqueza de prosa y una imaginación desbordante le permite definir muy bien a los personajes de la obra en unos pocos párrafos.
Hay algo de crítica social, puesto que se hace notar las diferencias entre ricos y pobres y aprovecha hábilmente que nuestro protagonista se codea tanto con la elite como con los desheredados. No obstante, no es una novela donde prime la crítica social sino que desborda más por su imaginación y por su prosa. Contiene también algunas referencias metaliterarias que harán las delicias de los letraheridos.
Si tenemos que poner alguna pega a la obra, es que cuesta seguir su trama. Centrado en describir "el momento", el autor no nos lo pone fácil a la hora de seguir las andanzas de Màrius. Se entiende en conjunto, pero a mi modo de ver le falta el contexto, carece de la causa-efecto que ayudar a que la obra enganche. Puede que se trate de una elección deliberada del autor y hay personas que aprecian esta forma de narrar las historias. Avisados estáis.
En resumen, Muros y vanos es una notable novela corta de ciencia ficción. Contiene una prosa muy estilizada y variada y grandes dosis de imaginación. A pesar de su corta extensión, se trata de una obra exigente para el lector, lo que puede disuadir a los menos intrépidos.
Llamarlo distopía sería injusto, porque es algo más, es un ejercicio de estilo. Sorprende más por el cómo que por el qué, y mira que es curioso. Me lo he pasado muy bien.